miércoles, 25 de noviembre de 2020
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Hay tres parábolas sobre la perseverancia al orar, dijo el Papa

Son las del amigo inoportuno, la de la anciana y el juez inicuo, y la del fariseo y el publicano.

Ciudad del Vaticano (12/11/2020 09:07, Gaudium Press) En su catequesis de la Audiencia General, ayer, el Papa habló sobre la perseverancia en la oración.

Para ello, dijo el Papa, Jesús propone tres parábolas: la del amigo inoportuno, la de la anciana y el juez inicuo, y la del fariseo y el publicano. La primera es la de alguien que insiste en su pedido, hasta que su amigo lo atiende. La segunda es la de un juez que no le importaba nada, ni Dios ni los hombres, pero para librarse de la molestia de la viuda le hace justicia. Si así obran los hombres, Dios lo hará mucho mejor. Y la tercera, es la de alguien que casi que va a cobrar de Dios lo que Dios le debe, el fariseo, y el publicano, que se sabe indigno, pero recurre a la misericordia del Señor.

La oración debe ser constante

La enseñanza del Evangelio es clara: hay que rezar siempre, incluso cuando todo parece vano, cuando Dios aparece sordomudo y parece que perdemos el tiempo. Aunque el cielo se nuble, el cristiano no deja de rezar. Su oración va de la mano con la fe. Y la fe, en tantos días de nuestra vida, puede parecer una ilusión, un trabajo estéril. Hay momentos oscuros en nuestra vida y la oración parece una ilusión. Pero practicar la oración también significa aceptar este esfuerzo. ‘Padre, voy a rezar y no siento nada… Me siento tan, con el corazón seco, con el corazón seco, que no sé…’. Pero debemos continuar, con esta fatiga de los malos momentos, de los momentos en que no sentimos nada”, dijo el Pontífice.

Incluso, cuando en la oración sintamos cierta aridez, debemos tener la conciencia que Dios reza con nosotros. “Nos acoge en su oración, para que podamos rezar en Él y a través de Él. Y esto es obra del Espíritu Santo”.

“Sin Jesús, nuestras oraciones se arriesgarían a ser reducidas a esfuerzos humanos, la mayoría de las veces destinados al fracaso. Pero ha tomado sobre sí cada grito, cada gemido, cada júbilo, cada súplica… cada oración humana. Y no olvidemos al Espíritu Santo. El Espíritu Santo reza en nosotros. Él es quien nos lleva a orar, nos lleva a Jesús: Él es el Don”, expresa Francisco.

El Papa concluye diciendo que “por eso el cristiano que reza no teme a nada, se confía al Espíritu Santo, que nos fue dado como un regalo y que reza en nosotros, despertando la oración. Que el mismo Espíritu Santo, Maestro de la oración, nos enseñe el camino de la oración”.

Con información de Vatican News

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