viernes, 14 de agosto de 2020
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Hoy celebramos al Apóstol Tomás, aquel que primero no creyó en la Resurreción, pero que después dio testimonio de ella

Hoy la Iglesia Católica celebra la memoria de Santo Tomás, aquel que metió el dedo en el costado del Señor Resucitado.

Redacción (03/07/2020 07:14, Gaudium Press) Hoy la Iglesia Católica celebra la memoria de Santo Tomás, aquel que metió el dedo en el costado del Señor Resucitado.

Las tradiciones que nos llegan afirman que murió en la India el 3 de julio del año 72. Se dice que evangelizó el Oriente y algunos ven en figuras mitológicas de América como por ejemplo el Bochica de los chibchas, al gran Santo Tomás, que habría enseñado muchas cosas a los aborígenes, entre ellas la incipiencia de la fe.

Su nombre significa “gemelo”, por eso también la Escritura lo llama el Dídimo, que significa gemelo en griego, pero no se sabe a ciencia cierta el por qué del apelativo de gemelo.

En tres episodios del Evangelio Santo Tomás es co-protagonista.

En el primero, narra el evangelio de San Juan (11, 16) que el Señor regresaba a Judea, donde los judíos ya habían querido apedrearle; es decir, ese viaje que era para resucitar a Lázaro e iniciar la última etapa de su vida, representaba un alto riesgo visible. En eso momento dijo Tomás: “Vayamos también nosotros a morir con él”. Es decir, sus palabras mostraban ya cuán unido se encontraba a Jesús, tanto que quería incluso compartir un muy posible fin trágico.

Santo Tomás pregunta, y el Señor da una sublime respuesta

En el segundo episodio, también narrado en el evangelio de San Juan (14, 5), estando el Señor en la última cena, les dice a los discípulos que Él partirá pronto a la Casa del Padre, y que allá les reservará una morada. Agrega Jesús que ellos “ya conocen el camino del lugar adonde voy”. El Apóstol Tomás, hombre de mentalidad positiva como dice Mons. Juan Clá en Lo Inédito sobre los Evangelios, pregunta con claridad al Cristo: “Señor no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?”. Y a esa pregunta, sincera, Jesús da una de las más maravillosas respuestas y expresiones que registra la Escritura: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Además de la gran enseñanza que deja Jesús en esas palabras (enseñanza trinitaria pues muestra que él es camino hacia el Padre y el Espíritu Santo, enseñanza también espiritual porque manifiesta que nuestra verdadera vida es vivir en él), el pasaje nos ofrece otra sublime instrucción: cuando es del caso, y sin timidez, debemos preguntar. Es probable que varios de los que escucharon la pregunta del Apóstol creyeran que sabían la respuesta y se hubieran molestado un tanto con la intervención de Tomás. Pero la sublime respuesta del Salvador, muestra que el interrogante del Dídimo tenía todo propósito. Pregunta el que quiere saber y no es tan orgulloso de creer que ya conoce todas las respuestas.

Señor mío y Dios mío”

Y el tercer episodio en el que aparece Tomás en la Escritura, es el de su duda en la resurrección de Cristo, y su posterior confesión de fe cuando ve al Resucitado, que lo hace exclamar “Señor mío y Dios mío”.

Santo Tomás no estaba con los discípulos en la primera aparición del Resucitado. ¿Por qué? Si lo imaginamos solo con sus angustias por la muerte de aquel que tanto amaba, eso ya sería un defecto. La fe se transmite y se fortalece en la comunidad, y aunque nuestra tendencia sea la de ensimismarnos en nuestras cuitas, hemos siempre de fortalecer las buenas relaciones con nuestros hermanos en la fe y con aquellos que tienen la autoridad en la fe para guiarnos. No nacimos solos y no debemos vivir solos.

En todo caso, Tomás sabía de la rectitud de sus hermanos los apóstoles en cuanto a la persona del Salvador: ¿Por qué poner en duda su testimonio? “El principal error de Santo Tomás es ése. No creyó el testimonio de San Pedro y de los demás Apóstoles, que habían visto y tocado, como si dijera: ‘No acepto lo que el Papa afirma ni lo que todos los Obispos afirman junto con él; sólo creo en lo que constato’. Al haber reaccionado así, a Santo Tomás no le cupo el mérito de los que acatan la palabra de la Iglesia. Así pues, al declarar bienaventurados a los que creen sin haber visto, el Señor subraya nuestra dependencia en relación con la infabilibilidad pontificia y la necesidad de acogernos a la Tradición de la Iglesia transmitida a través de los legítimos sucesores de los Apóstoles”, 1 afirma Mons. Juan Clá.

Entonces, ni nacimos sólos ni nos enseñamos sólos a nosotros mismos: ahí está todo el depósito de la Fe, las Escrituras y Tradición de la Iglesia de la cuál Dios quiere que usemos para fortalecer nuestras mentes, y hacer que esos principios asimilados nos lleven a la vida eterna.

Bien es cierto sin embargo que Santo Tomás reconoció su error, y selló con su vida esa penitencia anunciando al Señor y probablemente muriendo mártir. Su firme creencia en Jesús resucitado, Salvador de los hombres, estaba probada.

1 Mons. Joao Scognamiglio Clá Dias, EP. Lo inédito sobre los Evangelio. Libreria Editrice Vaticana. 2014. p. 291

Con información de EWTN

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