lunes, 19 de abril de 2021
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La co-Pasión de María, socia singularísima de la Redención

Como afirma Mons. Juan Clá, los dos corazones, de Jesús y María, vivieron la Pasión del Señor como uno solo.

Redacción (29/03/2021 15:26, Gaudium Press) Que María Santísima sufrió como ninguna otra criatura, salvo el Dios-Hombre, es algo que se cae de su peso, pues ella, la mejor de todas las Madres, asintió, contempló, se condolió y dolió como ninguno con el dolor del más perfecto de todos los hijos, Jesús el Redentor.

En su magnífica obra ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres, (1) Mons. Juan Clá Días, EP, dedica especialmente el capítulo 12 del Tomo II a adentrarse en lo que él llama la “Pasión de la Madre del Redentor”.

Son muchas y profundas las magníficas consideraciones que hace Mons. Juan sobre el dolor inconmensurable de la Virgen, que él va tejiendo a lo largo de la Vía Dolorosa. Aquí solo damos una visión de conjunto de ellas:

El alma de Nuestra Señora murió con Jesús”

Se puede decir, figurativamente, que el alma de Nuestra Señora murió con Jesús. Nadie más que ella era capaz de abarcar la grandeza de aquel misterio, al cual se acrecentaba el hecho de que ese mismo Dios era su Hijo amadísimo… Consumida por el infortunio y vertiendo copiosas lágrimas, faltó poco para que perdiera los sentidos ante la consumación del divino holocausto, lo que hizo que las Santas Mujeres se aproximaran para ayudarla. Una vez más, no obstante, ella permaneció de pie, al lado de la Cruz, como un estandarte victorioso que proclama la fe en las glorias de la Resurrección, que solamente en ella perseveraría encendida con perfección en las próximas treinta y seis horas”.

Verdaderamente, la Virgen participó de la inmolación de su Hijo:

¿No sería más bello si María estuviese prosternada o arrodillada? No, porque ella participaba de aquella inmolación. Su postura significaba que vivía la Pasión junto a su Hijo, en cuanto socia privilegiada de la Redención, buscando servirle de sustento y de consuelo”.

Transida de tristeza, padecía en sí todos los dolores, siendo considerada por el populacho como la más despreciable entre las mujeres de la tierra, la Madre de un gusano crucificado. ¿Qué tragedia mayor podría advenirle? Ver a Jesús llagado de alto a bajo, sin fuerzas y erguido en el madero: dolor dilacerante que, sin una gracia especial, ¡la habría postrado por tierra!”

Como afirman con mucha propiedad San Bernardo y San Alfonso María de Ligorio, todos nosotros, cuando pasamos por algún drama, encontramos alivio al dirigir nuestra mirada al Divino Crucificado. La única criatura humana privada de ese aliento fue María, una vez que contemplarlo consistía para ella en un motivo más de sufrimiento.”

El gran consuelo de la co-Pasión de la Virgen

Es claro, María Santísima constituyó el gran consuelo de Cristo en la Cruz. Pero ese consuelo no era solo por la presencia sublime de la Virgen, sino porque Cristo veía ahí reflejado su propio dolor:

“La actitud de Nuestra Señora constituyó un gran consuelo para el Hombre-Dios: su compasión lo fortalecía, sus lágrimas suavizaban su Sagrado Corazón, su firmeza lo animaba a proseguir hasta el fin. En ella veía la perfecta correspondencia a todo lo que había dado a la humanidad desde la Encarnación. En ella su sangre rendía frutos a plenitud. Pero sobre todo, ¡en el Inmaculado Corazón de María encontraba reflejada su propia Pasión! Ambos Corazones, que forman uno sólo, fueron juntos clavados en la Cruz y allí aguardaban la gloriosa Resurrección”.

Se podría decir pues, que así como se habla de un solo corazón, en ese momento esos corazones unidos, los de Jesús y María, sufrían juntos una ‘co-Pasión’.

Un dolor conjunto, intensísimo, desde el momento en que la Virgen encontró a Cristo en el camino de dolor, pero también previo a ese encuentro, e incluso – en la Virgen – también posterior a la muerte del Señor:

“Dios Padre pediría aún a Nuestra Señora un sacrificio final por el nacimiento de la Iglesia. Cuando en el divino Cuerpo no restaba más sangre a ser derramada por la Redención de los hombres, Longinus hirió con su lanza el costado adorable de Jesús, traspasando el Sagrado Corazón, y en consecuencia, también el Corazón Inmaculado de María. Repleta de dolor, ella sintió consumarse la profecía de Simeón, cuyo gladio le arrancaba el último gemido”.

Completaba ella su Pasión recibiendo ese Cuerpo divino que era todo él una llaga. Limpiándolo, ungiéndolo, perfumándolo, preparándolo perfectamente para la Resurrección.

Por Saúl Castiblanco

(1) Mons. Joao Scognamiglio Clá Días, EP. Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens. Tomo II – Os mistérios da vida de Maria: uma esteira de luz, dor e glória. Arautos do Evangelio. Sao Paulo. 2020. Todas las citas son tomadas de esta obra. Las traducciones son propias.

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