domingo, 28 de junio de 2026
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La Iglesia y los filósofos que alimentan la IA que gobierna a los que dejan de pensar

Los grandes laboratorios de inteligencia artificial están contratando filósofos para programar los valores que guiarán a millones.

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Redacción (28/06/2026 07:55, Gaudium Press) Hay noticias que parecen paisaje pero que terminan siendo presagios. Esta semana The Economist ha abordado el importante asunto de que los grandes laboratorios de inteligencia artificial —Anthropic, Google DeepMind, OpenAI— están contratando filósofos a un ritmo inusitado.

Ya no es una rareza académica: Askell es filósofa residente en Anthropic; Gabriel y Shevlin trabajan en DeepMind; y Altman llegó a afirmar que OpenAI emplea “cientos de filósofos morales” para diseñar las reglas de ChatGPT.

Después de un tiempo en que muchos creían que la filosofía era una ciencia de museo, ligada a la era en que se vestía túnica y se comían dátiles mientras se caminaba discursando, el dato estadístico que acompaña la noticia muestra que la Historia siempre nos sorprende con sus reviravoltas: en Estados Unidos, un graduado en filosofía tiene hoy más probabilidades de encontrar empleo que uno en ciencias computacionales.

Pero para alguien como yo, que gusta cada tanto vivir de las añoranzas de los bellos tiempos, en que los que lo que se cocinaba en el cerebro, o se conversaba con charme en los salones valía más que lo que producía un milennial publicista, sabe que la noticia de The Economist no es el triunfo de la filosofía. Es más bien una advertencia.

Recordemos, la máquina nunca piensa, ni siquiera las machine learning: hay otros por detrás

El primer dato que conviene retener es antropológico, no tecnológico: la inteligencia artificial, por sofisticada que sea, no tiene criterio propio. Necesita que alguien le diga qué es bueno, qué es justo, qué debe priorizar cuando los valores entran en tensión.

La IA no sabe por qué rama tiene relación con árbol: solo sabe que están cerca en los mapas cibernéticos; la IA no sabe por qué ‘morder perro’ no tiene nada que ver con ‘perro morder’: ella solo ve por estadística que el orden de las palabras es usado en contextos muy diferentes.

Los ingenieros sí saben de esta mecanicidad ignorante de sus machine learning y por eso buscan filósofos. Lo que llaman alineación —ese proceso por el cual los modelos aprenden a comportarse conforme a los valores humanos— es, en el fondo, un ejercicio filosófico disfrazado de matemática. Anthropic, por ejemplo, ha construido lo que internamente denominan su soul doc: un documento que combina fuentes tan dispares como Immanuel Kant, los términos de servicio de Apple y la Declaración Universal de Derechos Humanos, para moldear el carácter de su IA. Pero fue “Alguien” el que eligió esos textos, el que decidió qué peso darle a cada uno, como podía haber elegido la Biblia, o el manifiesto comunista de Marx y Engels. Ese Alguien, se proyecta como con un poder de influencia en las mentes que ningún legislador o pensador del siglo XX tuvo jamás.

No existe Alguien que haya pensado las filosofías del hombre como lo ha hecho la tradición filosófica cristiana: el ser humano es el único animal que pregunta por el bien y por la verdad; por su destino, por su origen, por muchas cosas, y a estas preguntas nadie ha dado más respuestas que ese Alguien llamado tradición cristiana. El hombre piensa, y Aristóteles lo llamó animal racional. Santo Tomás añadió que esa racionalidad es participación en la razón divina, satisfaciendo así la sed de infinito de ese animal, que es racional pero que tiene ventanas hacia el infinito. Ningún algoritmo, por mucho que imite el lenguaje humano, se acerca a esa dignidad. La máquina procesa; el hombre comprende. La máquina correlaciona; el hombre juzga con conciencia, y siente con su emocionalidad, y se encamina a su destino eterno. La máquina ejecuta; el hombre decide y, lo más importante, responde por sus actos, y responderá un día de forma definitiva al Creador que lo creó.

Quien programa los valores gobierna las conciencias

Pero aquí comienza la advertencia que ningún entusiasta tecnológico quiere escuchar. Si la IA necesita ser alimentada filosóficamente, entonces quien controla esa alimentación controla, en última instancia, el pensamiento de quienes delegan en la IA su capacidad de discernir. Y el riesgo no es abstracto: ya hay indicios de que la investigación filosófica contratada por los laboratorios se convierte en una extensión de su función de márketing, o puede ser la posibilidad de un control a lo George Orwell. Un filósofo que cobra su sueldo de una empresa cotizada en bolsa no es libre con la misma libertad que un filósofo que busca la verdad. Lo señaló con claridad el propio debate generado por el artículo de The Economist: si una compañía con fines de lucro firma tu cheque, tu investigación puede quedar comprometida.

Imaginemos el escenario completo. Una plataforma de IA consultada por cien millones de personas a diario responde preguntas éticas, orienta vocaciones, sugiere lecturas, moldea opiniones políticas y religiosas. Detrás de esas respuestas hay un equipo de filósofos que ha codificado ciertos valores y descartado otros. Si esos valores son los de una cosmovisión secular, materialista o relativista, tendrá la influencia de un confesor sin fe, la de un maestro ignorante de la verdad, porque al final la verdad es la que se ajusta a la verdad cristiana.

Los habitantes de esta sociedad que cada vez más parece de borregos, no llegarán con cámaras de vigilancia a ver quien está detrás, quien es ese Alguien. La tendencia es a ir aceptando suavemente, las respuestas fáciles de una ‘inteligencia’ a la que están cediendo su racionalidad.

Pero menos mal existe la Iglesia, que habló ahora por boca de este Papa quien ha puesto el foco en el tema, y de paso el dedo en la llaga. La dignidad humana, por encima de cualquier otra consideración, y tal como la entiende la Iglesia, no ha perdido su ciudadanía, y reclama de los gigantes de la Inteligencia Artificial su espacio. Ellos ya se saben gigantes, pero saben que la Iglesia es también gigante.

¿Será que nos va a tocar crear una gigante IA católica?

La ‘batalla’ ya está planteada: si los gigantes nos excluyen, pues la Iglesia, que es inmortal, no se va a dejar excluir, porque no se puede dejar excluir. O los gigantes la incluyen, o la Iglesia buscará su espacio. Y ella en los tiempos de la IA sigue teniendo una influencia enorme: no es sino ver lo que acaba de pasar en España con la visita del Papa. No es sino ver quien estuvo al lado del Papa presentando Magnifica Humanitas.

Lo que sí no puede hacer la Iglesia es renunciar al debate: si, bajo los efectos de cierta anestesia publicitaria y de la moda, deja que otros decidan qué valores codifican las máquinas que hablarán y ‘educarán’ a nuestros niños, habrá cedido algo mucho más grave que un mercado o una industria: habrá cedido el territorio donde se forman las conciencias. Pero ocurre que la Iglesia fue instituida por su fundador, Dios, como la maestra inmortal de las conciencias.

En cualquier caso, pensar en el mundo que se viene, ya va siendo un acto de resistencia. Y hasta el momento, la institución que más sabe de resistencia es… la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Por Carlos Castro

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