jueves, 21 de enero de 2021
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La Inmaculada Concepción: historia de un dogma

Hubo un tiempo en que mucho se discutió esto que hoy es una verdad de fe.

Redacción (09/12/2020 11:01, Gaudium Press) Ayer la Iglesia celebraba la Inmaculada Concepción de María, algo que debería constituir una alegría para todos los fieles. Después de todo, ¡es un dogma de fe! Sin embargo, en los casi dos mil años que precedieron a su proclamación, se han producido feroces disputas a causa de ella.

La lucha por el tema no fue fácil ni rápida de resolver. Para que os hagáis una idea, en el lado opuesto había figuras como: ¡Santo Tomás de Aquino, San Bernardo de Claraval, San Alberto Magno!

Pero toda esta polémica tiene una explicación – y una solución, por supuesto – completamente razonable.

La Inmaculada a lo largo de la historia

La devoción a la Inmaculada se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Passaglia, en su De Inmaculato Deiparæ Conceptu, cree que a principios del Siglo V la fiesta de la Concepción de María (con el nombre de Concepción de Santa Ana) ya se celebraba en el Patriarcado de Jerusalén. Sin embargo, el documento fehaciente más antiguo sobre esta fiesta es el canon compuesto por San Andrés de Creta, en el S. VII.

Las primeras celebraciones de esta fiesta en España también datan de este siglo, y 200 años después, en Irlanda.

En tiempos del emperador Basilio II (976 – 1025), la fiesta de la Concepción de Santa Ana comenzó a aparecer en el calendario oficial de la Iglesia y del Estado, en el imperio bizantino.

En el siglo. XI, se extendió a Inglaterra y Francia. Hasta aquí, en general, la aceptación y expansión de la fe en la Inmaculada Concepción no había encontrado mayores obstáculos y había crecido sin problemas. Hasta ahí, porque pronto la situación empezaría a cambiar …

La oposición de los gigantes

En el siglo XII y más aún en el XIII, las polémicas sobre el tema comienzan a gestarse. Entre los que dudaron, hay hombres sabios y virtuosos: ¡San Bernardo, San Buenaventura, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino! [1]

La explicación de esta oposición es relativamente simple: ¿cómo reconciliar la Inmaculada Concepción con la Redención universal de Cristo? Después de todo, si Nuestra Señora fue una excepción a la regla, entonces la Redención no fue universal, no se extendió a todos los hijos de Adán. Ahora bien, como esto es imposible, una vez admitida la Redención universal, se descartaba la hipótesis de la Inmaculada.

La lucha se fue intensificando hasta el S. XIV, cuando el venerable Juan Duns Escoto – siguiendo los pasos de su maestro, el franciscano Guillermo de Ware – encontró una solución: la doctrina de la Redención Preventiva.

La tesis de Escoto es básicamente la siguiente: hay dos formas de redimir a alguien. Uno es pagando el rescate para sacarlo del cautiverio, el otro, pagándolo por adelantado, para que ni siquiera arresten al beneficiario. Esta última forma es más propiamente una redención, ¡incluso más profunda que la primera! Y fue así como se aplicaron a su Madre los infinitos méritos de Nuestro Señor Jesucristo. [2]

De vuelta a la paz

Con la solución de Duns Escoto, los partidarios de la Inmaculada, tanto en el ámbito de los teólogos como entre el pueblo, comenzaron a ganar fuerza, hasta el punto que, el 27 de febrero de 1477, el Papa Sixto IV, mediante la bula Cum Præexcelsa, aprobó la fiesta y el oficio y le concedió indulgencias.

Sin embargo, la disputa aún no estaba del todo resuelta: este mismo Papa, por ejemplo, tuvo que publicar en 1483 una Constitución (Grave Nimis) que prohibía a los de un lado llamar herejes a los del otro.

Ni siquiera el Concilio de Trento, convocado prácticamente un siglo después, quiso intervenir. Se limitó a ratificar las decisiones de Sixto IV.

En cualquier caso, el sensus fidelium tendía cada vez más a proclamar el Dogma. La recién fundada Orden de los Jesuitas se unió al partido de los favorables. Influenciado por la Compañía de Jesús, desde 1554, esta fiesta comenzó a celebrarse en Brasil.

En el S. XVII, más adeptos en el ámbito laical: varios gobernantes pidieron a los sucesivos Papas que publicaran la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción: el emperador Fernando II de Austria; Felipe V, rey de España, Segismundo de Polonia; Leopoldo, archiduque de Tirol; Ernesto de Baviera, entre otros.

Proclamación de Dogma

Pero la Iglesia, sumamente sabia, nunca toma decisiones apresuradas. Pío IX, el 2 de febrero de 1849, estando exiliado en Gaeta, envió la Encíclica Ubi Primum a todos los obispos del orbe, preguntándoles sobre la devoción de sus súbditos a la Inmaculada Concepción. De los 750 cardenales, obispos, y vicarios apostólicos con que contaba la Iglesia en ese momento, más de 600 pudieron responder a la pregunta del Papa. De estos, solo cinco dudaban de la idoneidad de una declaración dogmática.

Para Pío IX, fue más que una confirmación. Finalmente, el 8 de diciembre de 1854, durante una misa muy solemne, en presencia de 54 cardenales, 42 arzobispos y 98 obispos de los cuatro rincones de la tierra, conmovidos hasta las lágrimas, se proclamó:

Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina de que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso, en atención a los misterios de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, esta doctrina fue revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles”[3].

Con eso, y con la Bula Ineffabilis Deus, el Papa puso fin para siempre al debate. La Inmaculada Concepción se convirtió en una verdad de fe. A partir de ese momento, todo aquel que se pretendiese católico tendría que admitir este privilegio a la Santísima Virgen [4].

Notas

[1] Muchos creen que Santo Tomás, al final de su vida, volvió a defender el privilegio de la Inmaculada Concepción, como ya lo había hecho al inicio de su carrera teológica. (Cfr. GARRIGOU-LAGRANGE, Réginald. La Mère du Sauveur et notre vie intérieure. París: Du Cerf, 1948, p. 56)

[2] BLAIS, Hervé (org.). La Vierge Immaculée: Histoire et doctrine. Montreal: Franciscaines, 1954, 145-148.

[3] CHANTREL, J. Histoire Populaire des Papes. 2. ed. París: Dillet, 1856, v. 24, pág. 160-164. Misma fórmula que utilizó el Pontífice en la bula Ineffabilis Deus (Cf. DH, 2803).

[4] Los datos de este artículo a los que no se hace referencia fueron todos extraídos del trabajo de Mons. João Scognamiglio Clá Dias: O Pequeno Ofício da Imaculada Conceição Comentado. 2. ed. São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2011, v. dos.

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