lunes, 24 de agosto de 2026
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La lección del humo

¿Cuántas veces vemos el humo de los problemas, los conflictos o las falsas urgencias y, presas de una obstinada audacia, caminamos directamente hacia él?

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Foto: Sandie Peters/ Unsplash

Redacción (24/08/2026 07:47, Gaudium Press) De vez en cuando, la vida nos invita a redefinir el ritmo de nuestros días. Hace unos meses, decidí dejar atrás el ajetreo de la gran ciudad, el ruido constante que me molestaba y la contaminación que asfixiaba mis pensamientos. Me mudé al campo, uniéndome a una pequeña comunidad de amigos que, como yo, envejecen mientras cultivan la lectura, la oración, las verduras, las flores y las frutas. Es un lugar donde, por fin, podemos pisar la tierra y sentir su fuerza, alzando la vista hacia un cielo azul que nos devuelve la paz interior.

Confieso que, al principio, me costó dejar el ajetreo de la ciudad. El silencio del campo me parecía demasiado denso. Pero, poco a poco, me fui acostumbrando. Hoy, lo único que rompe la calma es el canto del gallo al amanecer, el eco lejano de un perro o el batir de las alas de los dos tucanes que han elegido un árbol de nuestro jardín como hogar.

Desde mi juventud, he adoptado como lema la famosa máxima de San Benito: Ora et labora (Ora y trabaja). Trabajé los años necesarios, cultivé afectos y formé una buena familia. Pero, en el ocaso de mi vida, comprendí que las prisas ya no tenían sentido. Por eso, me embarqué en esta última y hermosa aventura en el campo, donde aprendí a silenciar el mundo para escuchar lo esencial.

El Rosario en el camino y el desvío inesperado

Entre las costumbres que cultivamos en la comunidad, destaca nuestro paseo matutino. Caminamos hablando poco, pues el silencio del paisaje nos invita a la introspección. Casi sin proponérmelo, adquirí la costumbre de salir con el rosario en el bolsillo; pronto me di cuenta de que otros compañeros hacían lo mismo. Así, por las mañanas, apenas nos dirigíamos la palabra, pero caminábamos juntos hablando con Dios y la Virgen María, rezando el Rosario.

Siempre seguimos un antiguo camino de tierra, bordeado de exuberante vegetación y montañas lejanas donde el sol se eleva majestuosamente. Tenemos cuidado de dar la vuelta antes de que el camino comenzara un descenso muy pronunciado, porque la sabiduría de la edad nos enseña que bajar es fácil, pero subir de nuevo exige un aliento que ya no tenemos.

Sin embargo, una de estas mañanas, el destino nos deparó una sorpresa. Divisamos una gran columna de humo más adelante y comenzamos a oler el olor acre que impregnaba el aire, provocando tos y estornudos. Comprendimos que insistir sería imprudente: desconocíamos la magnitud del incendio, y cruzar muros de humo asfixiante era un riesgo innecesario que dañaba los ojos y los pulmones.

Decidimos regresar, pero aún nos quedaba bastante camino por recorrer. Entonces alguien sugirió que cambiáramos completamente de ruta.

La rejilla para el ganado y el claro secreto

Como la carretera principal estaba llena de coches, tractores y autobuses, giramos a la izquierda por un sendero secundario hasta que encontramos una rejilla para el ganado: una estructura rústica hecha de vigas de madera espaciadas sobre una zanja, muy común en zonas rurales para impedir que el ganado y los caballos crucen de una cerca a otra, permitiendo el paso únicamente a peatones y vehículos.

Cruzamos la rejilla y encontramos una entrada sin puerta que daba a un amplio y verde césped, rodeado de árboles autóctonos, como un verdadero claro secreto. Allí, en medio del paisaje, una escena inusual: un poste con cableado eléctrico, aunque aún sin bombilla, un pozo artesiano, un tanque de agua y algunos postes de eucalipto tratado, apilados en el suelo, presagiando la futura construcción de una casa.

Sin embargo, el detalle más conmovedor estaba estratégicamente ubicado: un gran banco de piedra rosa, situado justo en el centro de aquel paraje natural providencial. Como si hubiera sido colocado allí esperándonos, el banco nos acogió a todos. Nos sentamos en silencio a contemplar las suaves colinas, los árboles y las montañas azuladas en el horizonte, cuyos secretos yacen ocultos tras sus cumbres.

La lección del humo y la gracia del camino

Al contemplar aquel paisaje indescriptible que se desplegaba ante nosotros tan inesperadamente, reflexioné profundamente sobre la vida misma. ¿Cuántas veces vemos el «humo» de los problemas, los conflictos o las falsas urgencias y, presa de una obstinada audacia, caminamos directamente hacia él? Queremos enfrentarnos al fuego a toda costa, terminando por quemarnos, abrasarnos y asfixiarnos con el humo de la vanidad y la ansiedad, cuando la sabiduría exigiría prudencia y retirada.

Por el contrario, el fuego evitado —o el humo que nos obliga a cambiar de rumbo— puede conducirnos a un verdadero paraíso de paz, como aquel rincón apartado que descubrimos en aquella mañana piadosa.

La vida suele ser así. Nos entregamos a mil esfuerzos, luchas y batallas estériles que no nos llevan a ninguna parte, mientras que las verdaderas respuestas, los auténticos encantos y la paz interior están mucho más cerca de lo que imaginamos, esperando solo que tengamos la humildad de volver la vista atrás y seguir el camino de la serenidad.

Hoy, ese camino descubierto gracias al humo se ha convertido en nuestra ruta favorita. Y me doy cuenta de que, incluso en el ocaso de la existencia, Dios todavía nos reserva paisajes capaces de renovar nuestra esperanza en la Tierra, dándonos una pequeña muestra de la belleza que un día encontraremos en el Paraíso Celestial.

Por Alfonso Pessoa

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