Las narices también tienen mucho que decir. Y la nariz que se convirtió en protagonista de este cuadro nos enseña algunas verdades sobre muchas mentiras.
(22/06/2026 08:21, Gaudium Press) El cuadro que tienen ante sus ojos es obra del célebre artista Rembrandt van Rijn. Y el personaje que inmortalizó en este lienzo es el mismísimo Rembrandt van Rijn.
Estimado lector, está viendo un autorretrato. Un autorretrato que casi podríamos calificar de altorrelieve, ya que el pintor logró imprimir profundidad y saliencias en ese lienzo plano.
Pero la elevación que más llama la atención —que casi nos impacta— es esta nariz que parece emerger del marco.
La nariz de Rembrandt
Desconocemos qué consideraciones tenía Rembrandt respecto a su apéndice nasal. La única información confirmada que tenemos al respecto es que sin duda la consideraba colosal; algo así como una nueva Torre de Babel, o como la trompeta del apocalipsis.
Además, si nos aventuramos a estudiar los demás autorretratos de este hombre —que conforman una respetable galería de arte— encontraremos esta nariz en todas sus fases de formación geológica con una peculiaridad eterna: siempre es enorme.
Los críticos de arte, con un considerable sentido del realismo, a menudo honran esta península facial de Rembrandt con versos dirigidos a la nariz melodramática de Cyrano de Bergerac:
«Caballero: ¿Es esto un gancho al gusto moderno?
¡Cuélguele un sombrero, que quedará bien puesto!
Enfático: ¿Qué viento, salvo un poco de mimo,
podría, oh nariz, darte un resfriado completo?»[1]
Convengamos, sin embargo, en que, percha o no, esta nariz es fruto del talento artístico de Rembrandt. La técnica que emplea no es del todo inusual —veremos más adelante que se usa con demasiada frecuencia en nuestra época—, pero lo importante es que quizás ningún otro pintor la haya puesto en práctica con tanta elocuencia.
Esta técnica se llama impasto. El artista, con el fin de resaltar un objeto y darle volumen o luminosidad, crea una capa gruesa de pintura sobre el lienzo. Luego aplica una nueva capa sobre una costra de pintura seca y, una vez más, cubre la zona con otra capa, y luego otra, y otra.
Repitiendo una y otra vez, la pincelada construye este balcón que el espectador ve en el cuadro y hace que la nariz de Rembrandt parezca sobresalir del marco.
En resumen, como ya hemos dicho en otra parte, esta práctica pictórica sigue vigente en nuestra sociedad. La cuestión es que ahora se oculta en otros ámbitos además de los retratos y autorretratos.
Voltaire: Debemos mentir como el diablo.
Esta estrategia del impasto siempre reaparece con cada repetición.
Repetición… quizás no haya nada tan poderoso como la repetición.
Lo repito: nada es tan arrogante, tan imponente, tan efectivo como la repetición.
Si consideramos nuestra mente como un lienzo, cada repetición es una nueva pincelada sobre capas de pintura seca; cada repetición aumenta el muro de una convicción, un miedo o un prejuicio.
Por eso, en este artículo abusamos de la repetición: para que el lector sienta la naturaleza potencialmente devastadora de este método. El propio Napoleón repetía que la mejor arma de la retórica es la repetición.
Porque una repetición nunca se repite. El segundo golpe de martillo clava el clavo un poco más. Una mala acción cometida diez veces es un vicio. La recurrencia de sílabas se llama tartamudeo. Una novedad reiterada se convierte en tradición. Un rumor re-publicado entra en la historia como verdad.
Y aquí llegamos a un punto importante. Es posible revestir una mentira de «veracidad», colocando, re-colocando y re-colocando sobre ella los retazos de la repetición.
La falsedad crece, se fortalece y, en poco tiempo, está lista para enfrentarse a la realidad.
Este era el método de Voltaire, como se lo describió a sus compañeros:
«Hay que mentir como el diablo, no con timidez, no por un tiempo, sino con audacia y siempre. […] Mentir, amigos míos, mentir; algún día os recompensaré».[2]
Mintiendo y mintiendo, algo permanece.
Y de ese algo nace la tormenta.
Pues bien, esta arma llena muchos y variados arsenales. Y lo más extraño es que la mayoría se vuelve contra la Iglesia.
Lo demuestro con algunos estribillos que, al repetirse tanto, pueden cansar ya al lector.
Algunas narices que se convirtieron en torres
Se insistió en ello ayer, se repitió hoy y se reiterará mañana sobre el tema de las Cruzadas. No entraremos en los méritos del asunto. Solo les recordaremos que la retórica dirigida contra ese siglo y medio de Cruzadas jamás menciona el milenio y medio de la yihad…
Otro ejemplo. Existe un vehemente debate contra la Inquisición española, que supuestamente ejecutó a miles de personas —como máximo, a unas 4000 condenadas, de entre más de 10 000 casos juzgados en veinte años[3]—, pero se olvida la Revolución Francesa, que provocó la muerte de 600 000 franceses en cinco años;[4] y tampoco se recuerda que el comunismo asesinó a más de 94 000 000 de personas en todo el mundo.[5]
También menciono otra “nariz de Rembrandt”. Les escandaliza la pedofilia de ciertos eclesiásticos, supuestamente numerosos. Nunca se menciona que la inmensa mayoría de los crímenes en este ámbito son cometidos por los propios familiares y allegados del niño. La participación de miembros del clero es un porcentaje insignificante. Pero, ¿quién repite este “pero”?
Paso ahora a un hecho reciente: la quincuagésima cuarta capa de pintura sobre esta “península nasal” aún no se ha secado. Se trata del caso de Kamloops en Canadá.
Los medios bombardearon la mente canadiense milímetro a milímetro, y el país creyó que una escuela católica albergaba los restos de 215 niños indígenas en fosas comunes. Insultaron a la Iglesia, calumniaron a los cristianos, exigieron venganza. Finalmente, decidieron buscar las benditas fosas comunes y —¡sorpresa!— no encontraron nada. Todo terminó, finalmente, después de unos cuantos años, con algunas disculpas insulsas de ciertos sectores de la prensa.[6] Reparar la buena reputación de la Iglesia, eternamente vilipendiada, no parecía necesario… Sería un gesto cortés, decente, honorable. Pero no exijamos tanta amabilidad a los medios.
Y así, durante milenios, muchos Voltaires construyeron, mintiendo y repitiendo con sus lenguas diabólicas, incontables torres contra la Iglesia; sobre ellas colocaron toda su artillería y dispararon contra la Esposa Mística de Cristo.
Las torres se derrumbaron, las lenguas se pudrieron y, sin ser derrotada, la Iglesia continuó su camino milenario, pisoteándolas.
Por Calisto Soares
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[1] ROSTAND, Edmond. Cirano de Bergerac. Trad. Carlos Porto Carreiro. 7.ed. Rio de Janeiro: Irmãos Pongetti, [s.d.], p.56: “Cavalier: ‘Quoi, l’ami, ce croc est à la mode? / Pour pendre son chapeau, c’est vraiment très commode!’ / Emphatique: ‘Aucun vent ne peut, nez magistral, / T’enrhumer tout entier, excepté le mistral!’”
[2] Carta de Voltaire a Thiriot, de 21 de octubre de 1736. Texto original: “Le mensonge n’est un vice que quand il fait mal. C’est une très grande vertu quand il fait du bien. Soyez donc plus vertueux que jamais. Il faut mentir comme un diable, non pas timidement, non pas pour un temps, mais hardiment et toujours. (…) Mentez, mes amis, mentez, je vous le rendrai un jour”.
[3] Cf. LLORCA, Bernardino. La Inquisición em España. 3.ed. Barcelona: Labor, 1954, p.80-86.
[4] Cf. LAGNIAU, Jean. Combien de morts? In: Historia, n.409 bis, 1981, p.121.
[5] Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 9. ed. São Paulo: Arautos do Evangelho, 2024, p.250.
[6] Cf. Cuidado con las afirmaciones de cierta midia contra la Iglesia: Globe and Mail de Canadá hace ‘mea culpa’ | Gaudium Press






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