jueves, 06 de agosto de 2020
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La Pandemia avanzando y el mundo sin agua bendita

Santa Teresa de Jesús y el agua bendita.

Redacción (02/07/2020 17:40, Gaudium Press) El agua bendita tiene un gran poder exorcístico, y no poco. Santa Teresa de Jesús, siempre mística y apostólica, viajando de lado a lado por España – aunque monja Carmelita de clausura – fundando monasterios de Descalzas y dejando en cada lugar el aroma de su combatividad que parecía oler a miel de cera, incienso y pólvora, se vio obligada a hospedarse en muchos lugares, incluso a descampado.

El demonio se le manifestaba

A todas partes llevaba su crucifijo, una imagen de San José y bastante agua bendita. Su combate espiritual – que ella concebía como una campaña militar permanente – estaba asediado con frecuencia por la acción y manifestación visible de demonios. Al punto que ya ni le hacía mella verlos merodeando a su la alrededor, gruñendo, amenazando, ultrajando e intentando agredirla.

Serena y calmadamente apenas les echaba una mirada de reojo, mientras rezaba su oraciones o leía algo, les hacía el signo de la cruz o los espantaba de otra manera. Una de ellas era el agua bendita de la que decía ser la mejor arma para aterrar demonios vagabundos y ponerlos en fuga. Descubrió eso una noche sentada a su rústica mesa leyendo en la celda de un convento a la luz de una vela pronta a consumirse, mientras la aguerrida santa le sacaba los últimos reflejos para acabar la lectura con avidez.

En aquella ocasión la lectura estaba interesantísima y ella casi en el arrobo del amor de Dios.

Al poco rato sintió la presencia del nauseabundo ser mirándola de muy cerca con un odio indescriptible. Escuchaba ella algo así como la propia respiración del monstruoso ser y sentía el mal aroma que despedía. Con serenidad lo volvió a mirar e hizo una bendición que lo alejó tan solo un metro. Y ella siguió leyendo hasta que se dio cuenta que éste apenas se había retirado un poco. Entonces tomó su crucifijo y con él hizo una bendición ante la cual el maldito retrocedió hasta la puerta cerrada pero siguió mirándola con rabia a ver si la atemorizaba. Santa Teresa estaba muy interesada en su lectura y viendo que el demonio no se iba tomó de un pequeño cuenco en su mesa agua bendita, se mojó bien los dedos y se la arrojó encima con fuerza y resolución sin mediar palabra. Entonces, parece que el abyecto ser se hizo algo así como una espesa nata oscura y se deslizó hacia afuera por debajo de la puerta.

Santa Teresa habló en su autobiografía sobre el poder del agua bendita

El agua bendita tiene un poder tremendo dijo ella después en su autobiografía. Todas las aguas del mundo quedaron ungidas por la presencia de Jesús cuando fue bautizado por San Juan Bautista con las aguas del legendario río Jordán. De allí en adelante y desde ese momento ellas van al mar y el mar las recibe con lo cual de alguna manera también este se beneficia de esa unción. El agua es la vida biológica de la humanidad pero Jesús le quiso también dar el poder de proteger nuestra vida espiritual e incluso la física.

La bendición del agua por parte de un sacerdote católico tiene su corto ritual que frecuentemente algunos no lo aplican sea por andar siempre de afán o sencillamente porque no creen en ese sacramental poderoso cuya simbología se remonta al instante en que Dios creó y separó aguas al inicio de la creación. Las tres cuartas partes de nuestro planeta son agua y así se dice que también está constituido nuestro cuerpo.

Al bendecir el agua, el sacerdote reza un exorcismo

La bendición del agua es para recordarnos precisamente que ellas fueron hechas por Dios y ungidas por el bautismo de Jesús. Que ella, como todos los elementos de la naturaleza pertenecen exclusivamente a nuestro Creador y los aplicamos en nombre de Él para obtener una protección especial. Sin embargo en la bendición el sacerdote siempre reza un breve exorcismo, pone uno de sus dedos consagrados dentro de ella y la agrega una pizca de sal bendita ya también exorcizada, no solamente para preservarla de una eventual corrupción diabólica sino porque la sal es purificadora y símbolo del apostolado cristiano. Una cosa es agua bendita y otra agua simplemente bendecida.

Nunca dejar de llevar un pequeño frasco de agua bendita era la recomendación que daba el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira a sus discípulos. Alguna vez dijo que no entendía un católico que no llevara siempre consigo un rosario y agua bendita. Lamentablemente en estos tiempos post-conciliares de la Iglesia, la poderosa costumbre se fue acabando poco a poco y hoy hasta las pilas de agua bendita que siempre estaban a la entrada de las iglesias han ido despareciendo. Probablemente es por eso que a la salida del templo, terminada la Eucaristía, algún demonio apostado tranquilamente en el umbral de la puerta, se encarga de hacernos olvidar en el acto las lecturas y la unción sagrada de lo que fue la participación en la Santa Misa. A la salida y a la entrada el fiel católico mojaba los dedos en el agua bendita de la pila para darse la bendición.

Ya ahora, con las pandemias, esta costumbre definitivamente quiere ser totalmente abolida si leemos detenidamente los nuevos protocolos que nos han mandado cambiar completamente de hábitos en la participación Eucarística, entre ellos no usar agua bendita que algunos ni siquiera la mencionan, pues ciertamente la van a considerar un foco de infección, y quizá lo pueda ser…pero precisamente cuando no está realmente bendita.

Por Antonio Borda

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