lunes, 26 de octubre de 2020
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La Virgen del Rosario, la que venció en Albi, la que triunfó en Lepanto

San Pío V no necesitó correo que le informara: una visión le mostró que los cristianos habían vencido en la batalla en la que se decidía el futuro de la Cristiandad, y por esto instituyó la fiesta a la Virgen del Rosario.

Redacción (07/10/2020 08:16, Gaudium Press) Hoy conmemoramos los católicos, con suma alegría, a la Virgen del Rosario.

Recordemos que la Virgen le enseñó a Santo Domingo de Guzmán, por vuelta del año 1208, la recitación del Rosario, como medio por el cual se convertirían muchas almas y se combatiría de forma eficaz la herejía albigense, en el sur de Francia.

Pero la razón por la que hoy es la fiesta de esta advocación se debe a un hecho histórico, del que dependió el futuro de las naciones cristianas.

Era Papa San Pío V, papa también de la familia espiritual de Santo Domingo, enérgico, quien había convocado a los reyes cristianos para defender Europa de la amenaza turca.

No obstante, no fueron muchos los monarcas que respondieron a su llamado, dadas las divisiones y luchas que los separaban. Pero al final el gran y serio Felipe II de España ofreció tropas y buques capitaneados por un medio hermano suyo, Don Juan de Austria, los que se sumaron a las fuerzas de Génova, Venecia y a las de los Estados pontificios. Sin embargo la desproporción seguía siendo inmensa con relación a los turcos.

Y así como hizo Santo Domingo de Guzmán y el ejército antes de una de las principales batallas contra los albigenses, los soldados antes de la Batalla de Lepanto rezaron el rosario.

Era un 7 de octubre de 1571 cuando se encontraron las dos flotas, en el Golfo de Corinto. En esos momentos San Pío V también rezaba el rosario. La batalla duró interminables horas; hechos ‘misteriosos’ ocurrieron en el camino, como cambios de vientos de forma intempestiva, y algo que cuentan algunas crónicas musulmanas, de que muchos marinos vieron una señora vestida de armadura que los miraba con rostro fiero y que les devolvía las balas de sus cañones. Finalmente vencieron los cristianos, y la amenaza musulmana sobre la Cristiandad quedó herida de muerte. Todo un 7 de octubre.

San Pío V no necesitó un correo que le avisara de la victoria.

Ese mismo día, tras salir de la capilla, anunció a los presentes que la Virgen había concedido la victoria a los cristianos, algo que fue confirmado después por el parte de victoria enviado por Don Juan de Austria, el 21 de octubre. El Papa mirando por su ventana, había tenido una visión de la batalla victoriosa que había acabado de concluir.

En agradecimiento, San Pío V instauró la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, que después Gregorio XIII transformaría en fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

Tras la batalla de Temevar, en la que el príncipe Eugenio de Saboya derrotó nuevamente a los turcos, Clemente XI extendió la fiesta de Nuestra Señora del Rosario a la Iglesia universal, pues atribuyó también esta victoria al auxilio de esta advocación de la Virgen.

Es clara la predilección de la Virgen misma por esta devoción. En Lourdes, en Fátima, Ella apareció con un rosario en la mano. En Fátima fue demasiado explícita, hablando de los beneficios de esta oración, que muchos han llamado como devoción de predestinados.

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