lunes, 27 de septiembre de 2021
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La Virgen, Madre de la ‘psicología’ de Cristo, Madre de la psicología de los esclavos de María

¿Generó la Virgen sólo el cuerpo del Divino Infante?

Redacción (23/07/2021 11:00, Gaudium Press) ¿Generó la Virgen sólo el cuerpo del Divino Infante? Ya sabemos, es dogma, que la Virgen es Madre de Dios, pues quien es madre de Cristo es Madre de esa Persona Divina, que es Uno pero también Trino. Pero el tema en el que queremos ahondar aquí al inicio es algo más profano, alejado de la teología, y que sin embargo puede tener bastante repercusión sobre todo en la espiritualidad.

Trataba un día Plinio Corrêa de Oliveira, repitiendo a Pío XII, de las leyes misteriosas de la herencia, que aunque un tanto oscuras a la manera de bosque tupido, sin embargo era evidente que los padres transmitían a sus hijos algo mucho mayor que un parecido corporal, que también había una transmisión de personalidad.

De hecho, como constatan especialistas en la materia como Papalia, Wendkos y Duskin (1) “los fenotipos [expresión visible] de la mayoría de rasgos normales complejos que tienen que ver con la salud, la inteligencia y la personalidad están sometidos a fuerzas tanto hereditarias como ambientales”. Incluso, hay toda una ciencia, bastante desarrollada, que se llama genética de comportamiento, la cual realiza una “estudio cuantitativo de las influencias hereditarias y ambientales” en la expresión no solo del aspecto meramente físico, sino también de inteligencia y personalidad. Inclusive se estudian “los genes que gobiernan rasgos específicos” (2) de personalidad. Algunos llaman a esta disciplina como “psicogenómica”. (3)

Es claro que hay que evitar un cierto tipo de ‘determinismo genético’ en todos estos campos – pues no es fácil deslindar que es gen y qué es ambiente en la ‘producción’ o manifestación de un conjunto de rasgos de personalidad – pero a medida que avanza el conocimiento del genoma humano se comprueba el importantísimo aporte de la ‘carga genética’ en la psicología de una persona.

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Pero resulta que Nuestro Señor Jesucristo no es solo Dios, sino también Hombre, y como hombre su ‘carga genética humana’ – con todas las respectivas influencias en sus rasgos de ‘psicología humana’ – le venían de la Virgen y solo de la Virgen, según lo creemos quienes profesamos la fe católica. Por ahí se ve claramente que, en muchos aspectos, la Virgen no era solo ‘causa’ de las características físicas del Salvador, sino ‘causa’ (es claro, no la única) de lo que llamaríamos rasgos de personalidad humana del Salvador. Bien sabemos que él no es persona humana, sino Persona Divina, y que la unión entre la Madre y el Hijo es también por la gracia y al nivel de la unión hipostática relativa; pero es maravilloso ver cómo también en estos campos, la gracia perfecciona la naturaleza.

Se entiende así entonces más, el que Dios quisiera que ese ser sublime, que sirvió de Arca Matriz del Redentor, fuera perfecto, perfectísimo, al máximo entre otras cosas por la influencia que su herencia tendría en la psicología del Salvador. Se explica incluso desde este ángulo, lo arquetípico de la Inmaculada Concepción, de que la Virgen no tuviera ni el más mínimo ‘átomo’ de pecado original, que pudiera tocar la herencia bendita que Ella trasmitiría a su Divino Hijo. Pensar en eso nos ayuda a entender también que quien veía al Hijo veía de muchos modos a la Madre, y quien veía a la Madre también veía de muchos modos al Hijo.

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El misterio de la Encarnación del Verbo Eterno en el claustro virginal de Nuestra Señora, es eso, un misterio, y aunque mucho se sabe mucho aún se desconoce. Pero ciertamente cualquier profundización que los tiempos vayan haciendo de esa verdad, pondrá en evidencia la sublime y entrañable unión que hay entre la Virgen bendita y Jesucristo.

Profundización que, decimos, deberá tener repercusión grande en la espiritualidad marial.

Juan Pablo II

Recordaba San Juan Pablo II, en carta a la familia Monfortiana, que el pensamiento mariológico de San Luis María Grignion de Montfort “está basado en el misterio trinitario y en la verdad de la encarnación del Verbo de Dios”. [Subrayado nuestro]

Recordaba en esa ocasión el Papa polaco la expresión del Santo de Montfort que trata de la unión admirable entre el Hijo y la Madre: «de tal modo está ella transformada en vos por la gracia, que no vive, no existe, sino que sólo vos, mi Jesús, vivís y reináis en ella… ¡Oh! si fuere conocida la gloria y el amor que recibisteis, Señor, en esta admirable criatura… María os está tan íntimamente unida…”. Es claro que el inicio de esta unión se dio desde el momento de la Encarnación, cuando por 9 meses, madre e hijo eran literalmente una sola carne.

Pero resulta que – como también recordaba Juan Pablo II profundizando en el santo de Montfort – María también quiere de cierta manera generarnos a nosotros los hombres: “En Cristo, Hijo unigénito, somos realmente hijos del Padre y, al mismo tiempo, hijos de María y de la Iglesia. En el nacimiento virginal de Jesús, renace de algún modo toda la humanidad. A la Madre del Señor ‘se le pueden aplicar, con más verdad que a san Pablo estas palabras: ¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros (Ga 4, 19). Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo, mi Hijo, se forme en ellos en la plenitud de su edad’ (Tratado de la verdadera devoción, 33, o.c., p. 31)”. (4)

Es decir, así como ella generó al Salvador en el tiempo, quiere generar los hermanos del Salvador. Y esto ocurre, de forma mística, en el seno de la Virgen, como en el seno de la Virgen se gestó al Niño Dios, que allí era su esclavo.

Pidamos a la Virgen que Ella nos genere de esa manera. Que ella sea la fuente de nuestra vida a la gracia, incluso la madre generatrix de una nueva personalidad nuestra santificada, una personalidad en la que Ella formará, como solo ella lo sabe hacer, la imagen del Verbo Encarnado.

Por Saúl Castiblanco

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(1) Papalia, D.E., Wendkos, S. Duskin, R. Desarrollo Humano. 8va. Ed. McGrawHill. Bogotá,. 2001. p. 78

(2) Ídem.

(3) Cfr. Corr, P. J. Psicología Biológica. McGrawHill. México, D.F. 2008. pp. 363 y ss.

(4) Carta del Santo Padre Juan Pablo II a la Familia Monfortiana, n. 5

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