miércoles, 21 de febrero de 2024
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La virtud de la castidad, diamante, hay que luchar por ella

Cada uno, a su manera, está llamado a practicar la castidad; ya sea en la vida matrimonial o en una vida consagrada a Dios. Escuchemos algunos comentarios de San Alfonso María de Ligorio sobre la virtud angélica.

Santalfonso

San Alfonso María de Ligorio

Redacción (16/05/2023 08:59, Gaudium Press) “Nadie mejor que el Espíritu Santo sabrá apreciar el valor de la castidad. Ahora bien, Él dice: ‘Todo lo que se estima no puede compararse con un alma continente’ (Sir 26,20), es decir, todas las riquezas de la tierra, todos los honores, todas las dignidades, no son comparables a ella. San Efrén llama a la castidad ‘la vida del espíritu’; San Pedro Damián, ‘la reina de las virtudes’; y San Cipriano dice que por ella se logran los más espléndidos triunfos. Quien vence el vicio contrario a la castidad, fácilmente triunfará sobre todos los demás; quien, por el contrario, se deja dominar por la impureza, caerá fácilmente en muchos otros vicios y será culpable de odio, injusticia, sacrilegio, etc.

La castidad hace del hombre un ángel. ‘Oh castidad, exclama San Efrén, haces al hombre como los ángeles’ (De cast.). Esta comparación es muy precisa, ya que los ángeles viven libres de todo placer carnal; son puros por naturaleza; almas castas, por la virtud. ‘Por el mérito de esta virtud, dice Casiano, los hombres se parecen a los ángeles’; (De Coen. Int., 1. 6, c. 6) y San Bernardo: ‘El hombre casto se diferencia del ángel no en la virtud, sino en la bienaventuranza; si la castidad del ángel es más dichosa, la del hombre es más intrépida’. (De mor. et off., ep., c. 3) ‘La castidad hace al hombre semejante a Dios mismo, que es un espíritu puro’, dice San Basilio (De ver. virg.).

El verbo escogió vírgenes como cercanos

El Verbo Eterno, viniendo a este mundo, escogió a una virgen por madre, a un virgen por padre adoptivo, a un virgen por precursor, y amó con predilección a San Juan Evangelista porque era virgen, y por eso le encomendó a su santa madre, así como él entrega al sacerdote, por su castidad, la santa Iglesia y su misma Persona.

Con toda razón, pues, exclama el gran doctor de la Iglesia, San Atanasio: ‘¡Oh santa pureza, tú eres templo del Espíritu Santo, vida de los ángeles y corona de los santos!’ (De virg.).

Grande, pues, es la excelencia de la castidad; pero también es terrible la guerra que la carne nos hace para arrebatárnosla. Nuestra carne es el arma más poderosa que tiene el diablo para esclavizarnos; es, pues, cosa muy rara salir ileso o incluso vencedor de este combate. San Agustín dice que ‘la lucha por la castidad es la más feroz de todas: se repite a diario, y la victoria es rara’ (Serm. 293). ‘Cuántos desdichados que pasaron años en soledad, exclama san Lorenzo Justiniano, en oraciones, ayunos y mortificaciones, no se dejaron llevar finalmente por la concupiscencia de la carne, abandonaron la vida devota de la soledad y perdieron, con castidad, al mismo Dios !’

Por lo tanto, todos los que quieran conservar la virtud de la castidad deben ser extremadamente cuidadosos: ‘Es imposible que permanezcas casto, dice San Carlos Borromeo, si no te cuidas continuamente, porque la negligencia trae consigo muy fácilmente la pérdida de la castidad’”.

Extraído de: SANTO AFONSO MARIA DE LIGÓRIO. Escola da Perfeição Cristã. 4 ed. In.: Compilação de textos do Santo Doutor pelo padre Saint-Omer. Trad. Pe. José Lopes. Petrópolis: Vozes, 1955, p. 186-204.

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