domingo, 10 de mayo de 2026
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Las iglesias góticas: puerta hacia lo divino

Frente al adormecimiento en la fe, queda más claro que nunca el descubrir uno de los elementos primordiales, que actúe como aguijón en una sociedad cerrada a los valores trascendentes. Una invitación visible y contundente, con una grandiosidad que exprese a los fieles la presencia de Cristo y del Misterio: la belleza del verdadero arte sacro, principalmente en los edificios religiosos.

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Redacción (10/05/2026 09:38, Gaudium Press) El ambiente que nos rodea está “caracterizado por el ruido, por la distracción y por la soledad” (Benedicto XVI, 25-3-2011); por eso, no pocas veces, nos dejamos apabullar, quedando impedidos de elevar nuestros pensamientos a las cosas celestiales; como que se entorpece la “constante comunicación que Dios ha querido establecer entre los hombres y Él” (Benedicto XVI 12-9-2008).

Al vivir en un mundo así “ateizado”, el relacionamiento con Dios se hace más difícil, teniendo como efecto inmediato que la fe disminuya, pues todo lo que no se practica, se debilita. Se va perdiendo la sensibilidad a la voz de Dios. La influencia de los ambientes secularizados subyuga a los pueblos, produciendo una “sordera” sobrenatural. No se tienen “oídos” para oír la voz de Dios. La humanidad de hoy, en su crisis de valores, tiene el corazón embotado, es dura de oídos, ha cerrado los ojos (cf. Isaías, 6, 9).

No obstante, en medio de esta descristianización, se perciben signos de una búsqueda del misterio y lo sagrado, una sed de lo religioso. Es el momento de llevar al hombre moderno a elevar sus pensamientos a las cosas del Cielo. ¿Cómo?, pues mostrando el esplendor y belleza a través de iglesias y celebraciones dignas.

Frente al adormecimiento en la fe, queda más claro que nunca el descubrir uno de los elementos primordiales que actúe como aguijón en una sociedad cerrada a los valores trascendentes. Una invitación visible y contundente, con una grandiosidad que exprese a los fieles la presencia de Cristo y del Misterio: la belleza del verdadero arte sacro, principalmente en los edificios religiosos. A ello se unirá el perfume del canto sacro, la presencia “sonora” del silencio que “habla” a los corazones, la oración y la contemplación, la Eucaristía y los Sacramentos, la adoración a Jesús Sacramentado y la veneración a María. Y, a todo esto, se unirá: un amor entrañado al Santo Padre, el Papa.

Fue en tiempos de la Edad Media que comenzara a difundirse la arquitectura gótica, con el impulso vertical de sus arcos ojivales y su luminosidad, invitando a la oración. Era una “enseñanza” a los pueblos de esos tiempos: la “Biblia de los pobres”. A través de los vitrales, como también de esculturas reflejando episodios del Evangelio, momentos del año litúrgico o la figura de un santo. Era, y lo es aún, para nuestros días, la via pulchritudinis –el camino de la belleza– para acercarse al misterio de Dios. En concreto podríamos decir que las catedrales góticas evangelizan con su presencia.

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Viene a la memoria el hecho ocurrido a un joven de apenas 18 años, posteriormente conocido como destacado escritor, el francés Paul Claudel (1868-1955). Cuenta su experiencia. Era un incrédulo en esos momentos. Relata que su Primera Comunión “había sido buena”, pero fue, como para la mayor parte de la juventud de su tiempo, “la coronación y, al mismo tiempo, el término de mi práctica religiosa” (Ma conversion). En su joven edad “creía en aquello que la mayor parte de las llamadas personas cultas de aquella época creía”.

Él mismo cuenta que, asistiendo en la catedral de Notre Dame a las Vísperas del día de Navidad de 1886, encontró el camino hacia una experiencia personal con Dios: “Allí se dio el acontecimiento que domina toda mi vida. En un momento, mi corazón se sintió emocionado, y tuve fe”. Fue precisamente durante el canto del Magnificat – que recuerda el fiat de la Virgen María, “he aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38) – en que Dios iluminó su alma.

Era la primera vez que pasaba los umbrales de esta bella catedral gótica, su intención era encontrar argumentos contrarios a la fe católica. Da su impactante testimonio: “En un instante, mi corazón fue tocado y yo creí. Creí con tal fuerza y adherencia, con tal elevación de todo mi ser, con tan poderosa convicción, con tanta certeza sin dejar lugar para ningún tipo de duda, que desde entonces todos los libros, todos los argumentos, todos los incidentes y accidentes de una vida ocupada han sido incapaces de sacudir mi fe, ni afectarla en forma alguna”.

El canto sagrado, en las bóvedas de Notre Dame, fue testigo de la constante comunicación de Dios para con los hombres. El Espíritu Santo penetró, como un dardo, en el corazón del joven Paul Claudel, llevándolo a su conversión plena al catolicismo.

Millones de personas, en sus viajes, visitan hoy las grandes catedrales de Europa. Notre Dame, recientemente restaurada, atrajo en el primer año a once millones de visitantes. La hermosura del gótico medieval de este espacio santo es como una puerta hacia lo divino, al entrar, penetran en un ambiente diferente de su vida cotidiana; su mente y corazón son elevados hacia Dios.

Hay que llevar hombres y mujeres a un reencuentro con la belleza, para que se abran los oídos y los ojos del alma. Para eso, necesitamos iglesias hermosas. La secularización, las hostilidades al mensaje evangélico, el hedonismo y el relativismo, se presentan ante los hombres de forma avasalladora. Es apremiante dar al mundo testimonio de santidad, para que se haga realidad el pedido de la oración por excelencia, el Padre Nuestro: “Venga a nosotros Tu Reino, hágase Tu voluntad, en la tierra como en el cielo”.

Esta renovación espiritual solo podrá ser lograda con el auxilio de la gracia. Pongámonos, pues, en manos de María Santísima, que es la Medianera universal de todas las gracias, cooperadora en la restauración de la vida sobrenatural de las almas (LG, 61).

(Publicado originalmente en La Prensa Gráfica de El Salvador, 10 de mayo de 2026)

Por el P. Fernando Gioia, EP

www.reflexionando.org

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