domingo, 05 de julio de 2020
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Misas pos-confinamiento: ¿Seguir al asno o seguir al hereje?

Muchos ya proponen una Iglesia menos “sacramentalizada” y más evangelizadora. Por ejemplo ¿cómo distribuir la Eucaristía? ¿Con máscaras? El problema es…no dejarla caer.

San Antonio, el hereje y el burro – Museo de Arte antiguo, Lisboa

Redacción (16/05/2020 13:36, Gaudium Press) Las misas públicas ya están retornando. Alemania, Italia, España y otros países ya adoptaron protocolos para la celebración eucarística pos-cuarentena. En otros cuadrantes sin embargo, continúan celebraciones adaptadas a nuestro tiempo pestilencial: Misas sobre techos de iglesias, en estacionamientos y, claro, vía internet o televisión. En este contexto algunos ya están pensando en la Iglesia y su liturgia pos-pandemia ¿Cómo será?

Algunos articulistas vislumbran ya una Iglesia menos “sacramentalizada”, menos “ritualizada” para darle lugar a una más “evangelizadora”, y vaya a saberse bien lo que esto significa. Abogan por una reducción al culto prestado a la Eucaristía, interpretado este casi como si fuera una contradicción entre Sacramento y Evangelización. Pues bien, si Jesús exhortó a sus apóstoles para “hacer discípulos en todas las naciones, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19), es innegable que es porque existe un vínculo íntimo entre Sacramento (en este caso el Bautismo) y la evangelización. Al menos en la visión cristiana…

¿Quién sabe, tal vez una Iglesia renovada?

En cualquier caso, prefiero pensar que las restricciones de salud nos llevan a reflexionar mejor sobre otros aspectos de la vida de la Iglesia. Quizás, por ejemplo, sobre la importancia de tener una iglesia limpia y bien ventilada. Prefiero pensar en una mayor diligencia para purificar los vasos sagrados, cambiar periódicamente los implementos, etc. Prefiero pensar que se pueden evitar abrazos excesivos de paz y abusos litúrgicos de todo tipo. Prefiero pensar que el silencio sagrado será más valorado… después de todo, es necesario mantener una distancia segura.

Pero los cazadores de devotos de la Eucaristía nunca razonarán de esa manera. Su intención parece ser burlarse de las almas bien intencionadas que solo desean recibir la Sagrada Comunión con dignidad.

Acordemos: si es posible celebrar la Misa, lo mínimo que se requiere es una celebración digna. Debe recordarse, por ejemplo, que los sacerdotes confinados en campos de concentración en Dachau (durante la Segunda Guerra Mundial), incluso en esa situación irritante, buscaron celebrar la Eucaristía con el mayor decoro posible. Incluso los miembros de otras religiones los respetaron por eso.

Misa en el campo de concentración de Dachau

Ahora, en la situación de post-confinamiento por causa del covid-19, ¿la distribución de la Eucaristía en bandejas de plástico (en un estilo de autoservicio) o por medio de bolsas, demostraría una reverencia efectiva por el Santísimo Sacramento?

Distribución de la Eucaristía en la isla de Madeira

¿Cómo distribuir la comunión? San Francisco de Asís nos lo enseña

Volvamos a lo básico: la premisa más importante es que la Comunión debe ser suministrada y recibida de manera digna, porque allí Jesús está presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Es lo que nos enseña el catecismo más básico. No fue menos importante para San Francisco de Asís – tan justificadamente recordado por su pobreza y simplicidad – exigir que “cálices, adornos corporales, de altar y todo lo que pertenece al sacrificio” sea precioso, y que el “santísimo cuerpo del Señor […] ser puesto en un lugar precioso […] y llevado con gran veneración y administrado a otros con compostura”. [1] ¡A Dios los mejores honores!

El martillo de los herejes” y la máscara de los herejes

Para reflexionar mejor sobre nuestra actitud hacia el Santísimo Sacramento, vale la pena recordar el famoso episodio del hijo espiritual más famoso de “Il Poverello”: San Antonio de Padua.

El santo franciscano alguna vez polemizó con un hereje sobre la presencia real de Jesús en la hostia consagrada. El hereje luego le propuso a Antonio un desafío: se trataba de poner un burro confinado (sí, confinado) en un establo durante unos días sin comer. En una fecha determinada, el animal hambriento sería llevado a una plaza frente a un fardo de heno, mientras que el santo franciscano traería el Santísimo Sacramento. Si el animal se arrodillaba ante la Eucaristía e ignoraba la comida, el hereje garantizaba su propia conversión.

En el día acordado, Antonio se presentó al anfitrión junto al heno, exhortando:

“Por el poder y el nombre del Creador, que yo, aunque indigno, realmente tengo en mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y listo para la debida veneración”.

Cuando terminó la fórmula, el burro, para sorpresa de la multitud, se arrodilló e inclinó la cabeza ante el Santísimo Sacramento. El montón de heno fue totalmente ignorado por el hambriento animal.

Milagro del burro – Iglesia de Santa Clara, Borja – España

Antonio, el “Martillo de los herejes” -como lo llamó el biógrafo franciscano João Pecham- demostró que ante la Eucaristía es necesario primero que todo tener respeto y veneración. Que ¡incluso las bestias alaban al Señor! (Dn 3.81).

Finalmente, entre los herejes con la máscara de sabios y los asnos devotos de la Eucaristía, prefiero la posición de estos últimos. Aquí está el problema con las máscaras utilizadas en estos tiempos: se desgastan… y un día se caen …

Por Luis Fernando Ribeiro

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(1) San Francisco de Asís, Carta a los custodios, 3-4.

Ver también: Tiendas abiertas e iglesias cerradas: ¿qué es realmente esencial?

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