La Misa es una síntesis admirable del acto de religión.
Redacción (26/06/2026 14:26, Gaudium Press) Los biógrafos del San Juan María Vianney subrayan que el santo cura tenía una inteligencia limitada y que fue mal sucedido en algunos de sus estudios de seminario, especialmente en filosofía y latín, al punto que sus formadores llegaron a considerar la posibilidad de que no fuese ordenado sacerdote ¡Lo que hubiéramos perdido!
Entretanto, veamos la acuidad y comprensión que demuestra esta reflexión suya sobre la Misa: “Todas las buenas obras de todos los hombres y de todos los tiempos reunidas no valen lo que vale el santo sacrificio de la Misa, porque ellas son obras de hombres y la Misa es obra de Dios. El martirio no es nada en comparación (con la Misa), pues es el sacrificio que el hombre hace a Dios de su vida; la Misa es el sacrificio que Dios hace al hombre de su Cuerpo y de su sangre”. Vemos en este pensamiento la precisión del espíritu francés, la sutileza de un teólogo y el amor apasionado de un santo.
Retomemos esta idea “Todas las buenas obras de todos los hombres y de todos los tiempos reunidas”. Es una afirmación radical y definitiva, que no admite excepciones ni matices. Ahora ¡qué cosa lastimosa! inclusive profesando esta verdad ¡cuántos bautizados se desentienden de su obligación dominical! Nunca será suficiente recalcar el valor de la celebración eucarística; para ella son ordenados los sacerdotes y de ella vive la Iglesia.
La Misa es una síntesis admirable del acto de religión: Se pide perdón (Yo confieso), se alaba a Dios (Gloria), se escucha la Palabra (lecturas), se proclaman los dogmas centrales de la fe (Credo), se implora por las necesidades (oración universal), se ofrecen los dones y nuestras propias vidas (ofertorio), se glorifica al Señor (Santo, santo, santo y hosanna), se invoca al Espíritu Santo (epíclesis) se consagran las ofrendas (transubstanciación), se reza por la iglesia, por los vivos y por los muertos (mementos), se recita la oración que Cristo nos enseñó (Padre nuestro), se recibe al Señor (comunión sacramental) y se sale con la bendición de las tres Divinas Personas.
Al recorrer cada domingo esta admirable secuencia de actos cultuales, el fiel se renueva y fortalece en su fe.
En la inauguración de la Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Aparecida, Benedicto XVI apuntó: “Es necesario dar prioridad, en los programas pastorales, a la valorización de la misa dominical. Hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Señor resucitado”. ¡Cuánta actualidad tiene esta exhortación… ¿apenas válida para América Latina el Caribe?
Y más recientemente, León XIV así se expresó al recibir a un grupo de monaguillos franceses: “(La Misa) Es el acontecimiento más importante de la vida del cristiano y de la vida de la Iglesia, porque es el encuentro en el que Dios se entrega a nosotros por amor, una y otra vez. El cristiano no va a misa por obligación, sino porque lo necesita absolutamente; ¡necesita la vida de Dios que se entrega sin pedir nada a cambio!”. Y puntualizó: “¿Cómo no sentir alegría en el corazón en presencia de Jesús? Pero la misa es, al mismo tiempo, un momento serio, solemne, impregnado de gravedad. Que su actitud, su silencio, la dignidad de su servicio, la belleza litúrgica, el orden y la majestuosidad de los gestos introduzcan a los fieles en la grandeza sagrada del Misterio”.
¿Cuál es el ideal de la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia? Fiel a su lema “Adoremus in aeternum Sanctissimum Sacramentum”, así reza su Carta de Presentación: “Al considerar que la celebración y adoración eucarística es el poder más grande del universo, capaz de transformarnos a cada uno de nosotros y capaz de cambiar la faz de la tierra, la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia pretende constituir esa gran familia Eucarística a nivel internacional con el fin de transmitir esa fe en la presencia real de Cristo hacía los demás, que crea unos lazos de unión y fraternidad únicos”.
El Santísimo que adoramos en los altares, en los sagrarios y en las custodias, es consagrado durante la celebración eucarística, solo en la Misa y nunca fuera de ella. Cuánto querríamos que las Misas fuesen celebradas como las describe nuestro Papa en la alocución citada: “…un momento serio, solemne, impregnado de gravedad. Que su actitud, su silencio, la dignidad de su servicio, la belleza litúrgica, el orden y la majestuosidad de los gestos introduzcan a los fieles en la grandeza sagrada del Misterio”.
Alguno – ajeno a nuestra familia, claro – podrá pensar que es falta de originalidad que citemos tan asiduamente pronunciamientos del Magisterio eclesiástico con cosas ya sabidas o supuestas, pudiendo elucubrar libremente sobre la Eucaristía algunas intuiciones nuevas que la conciencia o el entorno nos sugiera en cuestiones de disciplina, de ritos o de lengua (latín o vernáculo).
Tanto se ha abusado y confundido al pueblo de Dios en estas materias, que tenemos un particular gusto el poseer como referencia permanente la roca infalible de la Cátedra de Pedro y de los pastores en comunión con ella, siempre con el cuidado de que la verdad inmutable del dogma sea creída y no sea entendida en sentidos equívocos. Fue en ambigüedades y relativismos que las herejías y los cismas tuvieron su caldo de cultivo a lo largo de la historia.
Por el P. Rafael Ibarguren, EP
(Publicado originalmente en www.opera-eucharistica.com)






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