miércoles, 28 de octubre de 2020
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Para proclamar la verdad desde las azoteas

De mármol o de madera, en piedra rústica o tallada, en algunas partes recubierto de plata e incluso con piedras preciosas engastas, el púlpito era la manifestación y presencia visible de la voz de Dios.

Redacción (11/10/2020 10:45, Gaudium Press) De mármol o de madera, en piedra rústica o tallada, en algunas partes recubierto de plata e incluso con piedras preciosas engastas, el púlpito era la manifestación y presencia visible de la voz de Dios en una iglesia o en el refectorio de un monasterio. Desde allí se proclamaba la verdad clara, simple y sin exageraciones.

Los púlpitos son tan cristianos como el Evangelio. Su origen viene desde los tiempos en que se comenzaron a construir las basílicas. Se trata de una plataforma pequeña y elevada casi siempre sobresaliendo de una de las fuertes columnas de la iglesia al que se accede por una corta escalera. La plataforma está rodeada de un pretil y sobre este hay un atril para colocar el libro de lectura. Arriba a manera de un dosel está el tornavoz cuya finalidad era ampliar el sonido y hacer resonar en un eco nítido la palabra del lector o del predicador.

Las ciudades y los pueblos eran silenciosos. No se escuchaba por ninguna parte el ruido de motores ni había edificios de concreto y hierro armado, en los que hoy retumban los sonidos de la calle y parece vibrar la ansiedad de la pobre gente que transita por ella preocupada con las deudas del mes, a la espera del salario insuficiente del esclavo consumista de estos días que pretenden apagar sin gloria la cristiandad, encaminando la humanidad al socialismo del estado de cosas que imponen las pandemias; gentes sin poder oír una voz de consuelo en ninguna parte, porque ya no hay púlpitos ni grandeza ni para leer desde allí una encíclica siquiera.

Del púlpito manaba la verdad como una fuente de agua pura y cristalina, dulce, mansa, a veces increpando el pecado o convocando a la penitencia, a la esperanza, y señalando el camino para el Cielo o también el que lleva al infierno.

Nadie se atrevería hoy día a negar la belleza artística de muchos de ellos, elaborados en su mayoría por anónimos, por gentes del pueblo, por simples artesanos de fe y sin pretensiones.

Objeto del desprecio de un turismo sin admiración ni trascendencia

Muchos de ellos son objeto hoy día de miradas turísticas vacías, sin admiración ni trascendencia. Exactamente como si un pesado animal cebado pasara ante una catedral o un palacio maravilloso. Cuando más, se saca allí una foto que quedará archivada y un día desparecerá sin dejar siquiera un desteñido recuerdo de esa visión maravillosa.

Al púlpito subía – dijo alguna vez el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira – un predicador que irradiaba paz y certeza. Un silencio expectante antecedía su paso que hacía crujir los escalones. Allá arriba lo esperaba el Divino Espíritu Santo y desde abajo la feligresía. No podía ser un hombre cualquiera porque aquel lugar demandaba una acción de presencia inmersa en el coraje, la resolución y la certeza de la fe. Para estar en el púlpito se necesitaba grandeza, este no aceptaba mediocres o tibios. Era un contacto de alma a alma con la audiencia sin nada de por medio, un contacto que se amplificaba y extendía inmenso desde aquel punto del templo y arropaba las conciencias.

Cátedra de donde emanaban grandezas

Desde púlpitos se convocaron cruzadas, se derribaron gobiernos inmorales, se congratularon hazañas humanitarias. Pero sobre todo, se catequizó y educó en la fe al verdadero pueblo de Dios. Un auditorio por reducido que fuera, salía enardecido a multiplicar el mensaje con fuerza, como no lo logra hoy día ningún medio de comunicación. Era el poder de la gracia propulsada por la elocuencia, el Espíritu Santo y el ángel del predicador.

A la espera de una nueva efusión de gracias pentecostales, como las profetizó desde los púlpitos de las campesinas iglesias de la Vandée el gran predicador San Luis María Grignion de Montfort, los católicos de hoy confían que otra vez desde los púlpitos volverá tronar con más potencia que antes, la verdad mayúscula y dorada como lo prometió la Virgen en Fátima: ¡Por fin mi Inmaculado Corazón Triunfará!

Por Antonio Borda

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