Debemos estar atentos para no «dormirnos» respecto a nuestro propósito en esta vida.

Jesús enseña a los Apóstoles – Catedral de Lisieux (Francia) – Foto: Sergio Hollmann
Redacción (19/07/2026 08:35, Gaudium Press) El Evangelio de este decimosexto domingo del Tiempo Ordinario nos presenta la parábola del trigo y la cizaña, narrada por el Divino Maestro. Esta parábola nos invita a reflexionar sobre dos aspectos fundamentales de nuestra vida espiritual: la pureza de intención y la vigilancia.
Contexto de la parábola
En primer lugar, es necesario tener presente el contexto en el que se encuentra Nuestro Señor. El domingo pasado, el Evangelio nos presentó la secuencia de siete parábolas del Salvador (cf. Mt 13,1-23), pronunciadas a orillas del Mar de Galilea, donde ni el rugido de los motores ni el bullicio del mundo moderno podían competir con la voz de Jesús. Solo el murmullo rítmico de las olas y el soplo del viento ofrecían el humilde acompañamiento musical a sus palabras salvadoras.
Dado que el riego de la región favorecía la agricultura en aquellos alrededores, es probable que la audiencia estuviera compuesta por personas familiarizadas con las imágenes que Jesús utilizaba. Aprovechando los elementos ya empleados en la parábola del sembrador —como vimos el domingo pasado—, Jesús continúa desarrollando otra, para dilucidar algunos misterios más del Reino de los Cielos.
El odio del enemigo contra el agricultor
«Jesús les contó otra parábola: “El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras todos dormían, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue”» (Mateo 13, 24-25).
Es importante destacar que el enemigo llegó después de que la semilla ya había sido sembrada. ¿Por qué el adversario no actuó antes de sembrar, dañando directamente la tierra para impedir el cultivo? Porque su odio no era contra la cosecha en sí, sino contra quien la cuidaba. De manera similar, el diablo actúa con nosotros mezclando la cizaña del orgullo con el trigo de las buenas obras.
Puede suceder que alguien haga algo muy bueno y digno de alabanza, pero sin pureza de intención. Por ejemplo, una persona que se dedica al estudio del Catecismo no con la intención de glorificar a Dios y hacer el bien a las almas, sino para ser alabada por su conocimiento.
¿Cómo podemos saber si una acción se realiza con pura intención? «Todo buen árbol da buen fruto, pero el árbol malo da fruto malo. Un buen árbol no puede dar fruto malo, ni un árbol malo puede dar fruto bueno. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7, 17-20).
Por el contrario, si, a pesar de nuestros esfuerzos por practicar la virtud y evitar el pecado, sentimos que la cizaña brota en nuestro interior, ¡no perdamos la confianza! Esta prueba es necesaria porque, a través de ella, reconocemos que dependemos completamente de la gracia y la ayuda de nuestro Creador, sin las cuales el germen del orgullo arraigado en nuestros corazones no puede ser vencido. Además, es a través de dificultades como estas que Dios da valor a nuestra vida espiritual, purificándola como el oro se prueba con fuego (cf. 1 Pedro 1, 7).
Nuestro propósito en esta Tierra
Otro aspecto importante de esta parábola es que el enemigo solo llegó mientras la gente dormía. Nuestra alma también es un campo de siembra que debemos cuidar constantemente. Debemos estar vigilantes para no descuidar nuestro propósito.
¿Cuál es el fin último de todo ser humano? Como nos enseña el Catecismo, debemos amar, alabar y conocer a Dios, y mediante esto, salvar nuestras almas. De ahí la importancia de la vigilancia sobre nuestras acciones e intenciones a lo largo de nuestra existencia.
Que la Santísima Virgen, modelo arquetípico de pureza de intención, interceda por nosotros ante el Señor de la mies, para que siempre estemos atentos a nuestras intenciones y nunca nos desanimemos ante ninguna dificultad o tentación.
Por Kaio Calixto





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