martes, 29 de septiembre de 2020
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Pedir, desde la humildad, los dones del Sagrado Corazón. Y recibidos, no apropiárselos

Eso un día le fue advertido a la gran Santa Margarita María Alacoque.

Redacción (05/06/2020 16:25, Gaudium Press) Estamos en el mes del Sagrado Corazón de Jesús, y aunque específicamente este año la fiesta será celebrada el 19 de junio, tradicionalmente durante todo este mes se recuerda a ese “Corazón que tanto ha amado a los hombres” y que de los hombres no recibe nada más que ingratitud, según cuenta Santa Margarita María Alacoque le dijo el propio Cristo, un 16 de junio de 1675.

¿Por qué los hombres no acuden al amor de Cristo, a la bondad de su Corazón?

Pero, ¿por qué los hombres no acuden a ese amor infinito de Cristo? ¿por qué lo olvidan, particularmente muchos cristianos? Es porque o no se creen necesitados de ese amor – lo que es orgullo, o porque sintiéndose en necesidad no recurren a Cristo por un olvido de tintes demoníacos, o porque sabiendo de la omnipotencia de Cristo creen consciente o subconscientemente que Él no los ayudará sino que los desprecia en su pecado.

Sin embargo, como muchas veces lo ha manifestado Jesús en revelaciones a sus santos, lo único que pide el Señor para ayudarnos es que el hombre pecador reconozca su miseria y acuda a su Bondad, que se refugie en su Corazón, que no tiene asco del pecador humilde.

Es más. Dios tiene cierta inclinación bondadosa hacia la debilidad: no la debilidad que se enorgullece de su pecado, sino de la debilidad que necesita ayuda y pide ayuda.

Las videntes del Sagrado Corazón: miserables, pero por ello, objetos del amor de Dios

Santa Margarita María Alacoque – ¡qué gran santa! Pero miremos lo que le dijo un día el Sagrado Corazón:

Ella, por humildad, no quería atender la orden de Jesús de escribir su vida. No obstante el Señor le responde que todos sus intentos de hacer que esta quedase oculta serían inútiles, pues Él quiere dar a conocer al mundo “la profusión de gracias de las cuáles he tenido el placer de enriquecer una tan pobre y débil criatura”. 1 Esto es algo muy parecido a lo que Cristo le diría después a Santa Faustina Kowalska. Sin embargo, es justamente esta condición de miserable, humilde, de quien reconoce su miseria, la que atrae los dones de Jesús: “Quédate tranquila, hija Mía – dijo Cristo un día a Santa Faustina, precisamente a través de tal miseria quiero mostrar el poder de Mi Misericordia”. 2

El peligro de la apropiación

Por lo demás, el alma humana tiende constantemente al orgullo, incluso cuando ha sido palpable objeto de las bondades de Dios. Cuando es receptáculo de esas bondades, de esas gracias, de esas misericordias, puede creer que son suyas, querer “apropiárselas”, que no es otra cosa que querer robárselas al Señor.

Por eso, siempre hay que prevenirse de este grave mal, porque quien se apropia de las gracias de Dios, aleja al propio Dios. Esto incluso se lo advirtió Jesús a Santa Margarita María Alacoque: le dijo que quería que ella escribiese la historia de las bondades de Dios en su vida, para “enseñarte que tú no debes apropiarte de estas gracias ni ser tacaña de distribuirlas a los otros”. 3 Si eso le podría pasar a la gran vidente del Sagrado Corazón, que podremos decir nosotros…

Resumiendo:

– Cristo nos ama, pero no le hemos retribuido como merece.

– Si reconocemos desde nuestra miseria, la necesidad de su amor y de sus dones, está presto a ofrecérnoslos, de manera infalible.

– Si una vez recibidos los dones, tenemos la tentación de apropiárnoslos, cuidado, no son nuestros, son de Él; lo nuestro es la miseria.

– Si reconocemos que los dones de Dios en nuestras vidas, son de Él, y son obra de su misericordia, habremos preparado el terreno para más dones de Dios.

– Si hemos recibido dones de Dios, debemos ofrecerlos también a nuestros hermanos. En el apostolado.

Al final, lo que conquista el corazón de Dios es la humildad que le clama desde su miseria.

Por Carlos Castro

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1. Sainte Marguerite Marie – Sa vie par elle-même. Ed. Saint-Paul. París. 1993. p. 32

2. Santa Faustina Kowalska. Diario – La Divina Misericordia en mi alma. n. 133

3. Santa Margarita María, op. cit. p. 32

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