viernes, 23 de febrero de 2024
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Pía la Shitzu, Madame Vigée Lebrun y la verdadera felicidad de los hijos de Dios

“… la cultura Hollywood, normalmente frenética, de meras sensaciones, tiene como “mentalidad” y norma que el placer que conduce a la felicidad está en muchas sensaciones…”

800px Self portrait in a Straw Hat by Elisabeth Louise Vigee Lebrun

Mme. Vigée Lebrun, autorretrato

Redacción (10/02/2024 09:11, Gaudium Press) El hombre de nuestros días, enviciado en la cultura y en los ritmos Hollywood, tiene un estilo de felicidad falso —acentuado en los últimos años por los contenidos vehiculados en las redes sociales— que por lo demás no solo lo lleva al vicio sino que lo termina frustrando.

Resumiendo, la cultura Hollywood, normalmente frenética, de meras sensaciones, tiene como “mentalidad” y norma que el placer que conduce a la felicidad está en muchas sensaciones, intensas, aceleradas, y que la plenitud de la vida se encuentra en un estado permanente de este tipo de sensaciones.

Estos placeres de las sensaciones —de acuerdo a los padrones americanizados— no deben ser meditados, ni analizados, ni siquiera ‘degustados’, casi que ni siquiera queridos; solo sentidos, ‘vividos’.

El hombre moderno, lamentablemente, se volvió esclavo de esas sensaciones, al final de un proceso que lleva ya décadas.

***

En octubre pasado en casa había muerto el perrito que nos acompañó por muchos años, más de 17, un caniche al que en un arrobo de espíritu pío mi madre le había puesto Jonás, como el profeta, pero que los años, los usos y la costumbre terminaron por rebautizarlo como Honey (sí, la omnipresente influencia americana…).

Fue llorado, se hizo el ‘duelo’, tras el cual mi padre sentenció que ya no quería más perros en la casa.

Sin embargo la voluntad de los hijos se impuso a la autoridad paterna, también la de mi madre, y ya a inicios de diciembre llegaba una pequeña ‘chica’ Shih Zut de dos meses, a quien también en vuelos místicos se le bautizó como ‘Pía’, aunque yo quiero que se le llame Juana, en recuerdo a la límpida doncella que salvó a Francia.

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Pía es realmente un encanto. Combina que es aún cachorrita, pero su pelo es ya largo y esponjado de tonalidades marrones, cafés, amarillas y blancas, y que es muy mimosa, cariñosa, a diferencia de Honey que en el último lustro de su existencia hacía gala de la venalidad de la edad madura, y de lo huraño y antipático de quien ya solo piensa en sus dolores y en sus achaques, pobrecillo. Hasta mi padre ya le empieza a tomar cariño a Pía, a preocuparse por sus vacunas, remedios, etc.

La más beneficiada con la presencia de Pía, sin duda, ha sido mi mamá, pues Pía la acompaña en los tiempos de su oratorio con sus rezos, en la soledad de su costurero con sus bordados, cuando llegan las visitas que normalmente se encantan con la cachorrita, y la recibe batiendo la cola y con mil muestras de cariño cuando regresa de cualquier salida; es ella ya la dulce compañera inseparable de sus años de plata.

Pero la bella Pía es una esclava.

Cuando estamos desayunando, Pía puede querer todo lo posible a mi madre, pero si yo le muestro un pedacillo de jamón, indefectiblemente se dirige hacia mí y monta guardia a mi lado hasta el momento en que se lo doy: mi madre queda olvidada. Ella es esclava de su instinto de comer, es esclava de sus instintos, es una mimosa y linda esclava, pero no deja de ser prisionera de lo que su sensibilidad le dicta. Por lo demás es ‘feliz’, porque así la hizo Dios: Esclava de sus instintos.

Entre tanto nosotros no somos ‘Pías’. Dios nos dio sensibilidad sí, pero una que alimenta con sus informaciones nuestra inteligencia y nuestra voluntad libre, facultades estas que no son esclavas o que por lo menos no deberían serlo, que no deberían estar subyugadas por la sensibilidad.

Pensemos por ejemplo en un pintor, pensemos en Madame Vigée Lebrun —la amiga de María Antonieta y la más famosa pintora del S. XVIII— cuando hizo el bello autorretrato que encabeza estas líneas: usó de su libertad, su inteligencia, su sensibilidad, empleó todas sus facultades con esfuerzo para que prevaleciera su creación libre, empeño que le costó, pero que se vio premiado con un cuadro que es una maravilla, y que ciertamente le produjo mucho reconocimiento y felicidad.

Es claro, ella antes bien usó de su libertad, ella que había nacido en una familia humilde, para primero educarse pictóricamente, ciertamente con buenos maestros, probando, fallando, aceptando indicaciones, luchando para que su técnica se perfeccionara, porque cualquiera, por más que tenga mucho talento, es solo un diamante en bruto mientras no se pule con el esmeril de la dedicación y la paciencia.

Porque si Madame Vigée Lebrun hubiese sido una de esas ‘chicas tiktok’ de hoy, de pronto hubiese preferido quedarse encerrada en su cuarto viendo los videos de cualquier red social, que ir a la escuela de pintura donde estaba el amable pero exigente Monsieur Vernet, que aunque la apreciaba le exigía el compromiso, para que emplease esforzadamente su libertad en aprender y mejorar.

No obstante después de aprendido y perfeccionado su arte, Madame Vigée Lebrun podía haberse dedicado a tomar el té con sus amigas de la pequeña burguesía, a pasear con el dinero que ya ganaba, o a los mil placeres que la vida del dulce Antiguo Régimen ofrecía. Pero ella se siguió perfeccionando, a pesar de la oposición masculina fue recibida en la Academia Real de Pintura y Escultura, fue a los países bajos y aprendió las técnicas de Rubens y ni siquiera la persecución de la Revolución Francesa que la odió por monárquica pudo opacar el brillo de su arte, que terminó siendo reconocido y admirado en países tan lejanos como Rusia, donde fue pintora de miembros de la familia de Catalina la Grande.

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Madame Elisabeth de Francia, por Mme. Vigée Lebrun

Cuando publicó sus memorias al final de su vida, ciertamente al lado de los momentos de sufrimiento pudo contemplar muchos de felicidad, y ciertamente gozó de la felicidad de haber realizado una bella carrera en la vida.

Pero volvamos al hombre de hoy, enviciado y esclavo de los placeres sensibles. Él cree, mientras goza de esos placeres, que es feliz, pero después se da cuenta que son pasajeros sus placeres, que solo atendieron y mal a una parte de su alma, la sensibilidad, mientras que las otras se fueron volviendo raquíticas por desuso, amarradas y encadenadas por una regorducha sensualidad tirana, que cada vez fue pidiendo más, y más, y más. Y al final el hombre enviciado en los placeres sensibles es la promesa de una personalidad que no se realizó, es el jade que quedó en bruto, escondido en el oscuro, húmedo y frío suelo, frustrado…

Sin embargo, desde que existió la Virgen, todo tiene solución: a los hombres y mujeres de hoy, sin ganas de realizar ningún esfuerzo creador, verdadero constructor de los talentos, de las capacidades, de la virtud y la personalidad, ahí está la Madre de Dios, pronta para atender nuestras oraciones y a darnos la fuerza que no tenemos.

Rezar a Ella, rezar mucho a Ella, y luchar, porque en esta vida todo se consigue luchando, hasta la propia felicidad. Rezar a la Virgen primero para alcanzar la virtud cristiana, sin la cual no hay ningún tipo de verdadera felicidad.

Por Saúl Castiblanco

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