martes, 05 de mayo de 2026
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¿Qué hacen religiosas españolas transportando conejillos gigantes? Pues los salvan de la extinción

En el Convento de San Antonio de Padua, en Toledo, la rutina diaria de sor Consuelo Peset Laudeña tiene un inicio especial.

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Redacción (05/05/2026 12:43, Gaudium Press) En el Convento de San Antonio de Padua, en Toledo, la rutina diaria de sor Consuelo Peset Laudeña y sus hermanas franciscanas, —mientras entonan sus oraciones mentales y antes del desayuno— inicia con la inspección de unas pintorescas jaulas: sí, jaulas de esas de barras para que no se escapen los inquilinos, que albergan más de 35 conejos gigantes españoles. Estos animales, fruto del cruce entre el gigante de Flandes y la hembra parda española, pueden alcanzar la no despreciable suma de 9 kilos de peso.

Sor Consuelo, de 54 años, explica con sencillez la razón de esta misión: “Muchas familias han salido adelante gracias a este animal y ahora parece que nos olvidamos de esa parte de nuestra historia”. Para ella, el conejo gigante no es solo un patrimonio genético, sino también un símbolo de memoria histórica: “Tenemos que proteger la creación. Somos franciscanas”. Pero, ¿por qué son conejos históricos?

Un legado que alimentó a España

Durante la Guerra Civil y los años de escasez posteriores, la cría de estos conejos fue clave para combatir el hambre en hogares y orfanatos, pues además los animalitos son verdaderas fábricas aceleradas de producción de carne, pues se reproducen a velocidad acelerada. Hoy, las religiosas recuerdan esa función social y se esfuerzan por mantener viva la raza. “Contactamos con una asociación, envié unas fotos y me dijeron: ‘Tienes un animal espectacular y está en peligro de extinción’”, relata sor Consuelo sobre el momento en que comprendieron la urgencia de su labor.

Pero, ¿cómo fue que inició esta obra pía de las religiosas?

Un día, hace más o menos 30 años, los papás de la hoy abadesa le regalaron una pareja de los roedores. Ella los comenzó a cuidar, pero fue hasta hace sólo 10 que percibieron que su labor era crucial para mantener la raza.

Cuidado minucioso

Las religiosas han invertido sus propios ahorros para montar una pequeña granja homologada, con alimentación especial, control sanitario estricto y microchips para rastrear el linaje de cada ejemplar. Vigilan la temperatura, pues “los conejos empiezan a sufrir a los 26 grados; toleran bien el frío, pero no el calor”, explica la abadesa.
Una misión franciscana

Inspiradas por la encíclica Laudato Si’, las hermanas ven en esta tarea una prolongación de su vocación: “Debemos proteger la creación. San Francisco es el patrón de los veterinarios, y de él proviene el amor y la admiración que sentimos por el conejo gigante español”.

Pero siempre estará latente el peligro burocracia, que les impide la venta de los conejos, por lo que solo pueden usarlos para el autoconsumo, además de dar a conocer la raza, y donar ejemplares a colegios, criadores oficiales, y hasta un parque temático. Mientras tanto, los dulces y helados artesanales que venden en la tienda del convento, las siguen sosteniendo, mientras recuerdan los gestos mimosos, de unas criaturas del Señor.

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