viernes, 30 de septiembre de 2022
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Quien quiera ser mi discípulo… que reconozca sus limitaciones

¿Cómo puedo alcanzar la santidad, a pesar de las insuficiencias y debilidades que siento que abundan en mí?

Redacción (05/09/2022 14:52, Gaudium Press) Cuántas veces hemos pasado por ocasiones en las que se nos ocurre todo un plan y las cosas salen de una manera completamente diferente a lo planeado. En efecto, por mucho que el hombre aspire a ser independiente, trazando sus propios caminos y sendas, la vida le enseña que es incapaz de encaminarse por ese camino. No es noticia que todos tenemos debilidades y flaquezas. Después de todo, no somos dueños ni de nuestras narices…

¿Cómo, entonces, hacer frente a tales percances sin sentirse agobiado por el peso de las propias insuficiencias y limitaciones? Esto es lo que nos enseña la liturgia del último domingo.

Da sabiduría a nuestro corazón”

Con el extracto del Libro de la Sabiduría, recogido para la primera lectura de este domingo, el sagrado Autor muestra cuán débil, flaco y contingente es el hombre: “En verdad los pensamientos de los mortales son tímidos y nuestras reflexiones inciertas”. (Sab 9,14)

También subraya hasta qué punto nuestra comprensión es defectuosa y nuestros conocimientos caducos. En efecto, ¿qué valor tiene el hombre, polvo formado de esta tierra? Paradójicamente, el Hijo de Dios invita a este mismo hombre a una gran y espléndida misión: la de ser su discípulo (cf. Lc 14,27).

¿Cómo es posible, entonces, que de una criatura tan frágil Dios exija caminos heroicos como el de seguirlo? Por si fuera poco, propone, como conditio sine qua non, un desapego del mundo y un amor a la cruz sin medida. Parecería una hazaña inalcanzable.

El humilde es el verdadero sabio

Sin embargo, conociendo las debilidades del género humano, Jesús nos muestra cómo realizar este acto de heroísmo a través de dos parábolas (cf. Lc 14, 28-33). En ellos, tanto el constructor como el rey se encuentran en situaciones en las que, a pesar de ser débiles, deben alcanzar un objetivo determinado, como construir una torre o ganar una batalla.

¿Cómo salir de esa empresa con éxito? Primero, siéntese y calcule los gastos; es decir, mirarse a uno mismo con sinceridad y reconocer la propia insuficiencia. Luego, enviar mensajeros para negociar los términos de la paz, es decir, unir las manos y pedirle a Dios fuerzas, porque sin ellas jamás seremos dignos discípulos suyos.

Este reconocimiento de las propias limitaciones es de primera importancia, porque Dios sólo se complace con un corazón humilde.

En este sentido, hay una historia sobre un monje llamado Moisés, que tenía una gran fuerza física combinada con una fuerza de voluntad inusual. Sin embargo, al poco tiempo de entrar en la vida religiosa, fue blanco de terribles tentaciones contra la virtud angélica de la pureza.

Para superar estas pruebas, decidió imponerse fuertes penitencias, ayunos y oraciones. Actuó así durante mucho tiempo, sin lograr, sin embargo, vencer al demonio que lo perseguía. Un día se le acercó el santo abad Isidoro y le dijo: “De ahora en adelante, en el nombre de Jesucristo, que acaben tus tentaciones”.

Y así fue, porque tales dificultades nunca más volvieron a él. Isidoro, sin embargo, añadió: “Moisés, para que no te jactaras y te ensoberbecieras, pensando que con tus ejercicios y esfuerzos habías vencido [al diablo], Dios permitió tan extensa tentación para tu beneficio” [1].

De este modo, a la luz de lo sucedido con el monje Moisés, nos corresponde a nosotros hacer eco de la oración del salmista: “Dale sabiduría al corazón” (89,3). Sabiduría que consiste en la humildad: reconocer que, solos, no podemos hacer nada. Y, por otro lado, sin perder nunca el entusiasmo; porque así grita el verdaderamente humilde: “¡Todo lo puedo!” – y luego añade – “en aquel que me consuela” (cf. Fil 4,13).

Imploremos a Nuestra Señora, sedienta de sabiduría y abismo de humildad, que nos obtenga tal gracia, por su maternal intercesión.

Por Jerome Sequeira Vaz

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[1] Ver RODRIGUES, Alfonso. Ejercicios de Perfección y Virtudes Cristianas. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, v. 2, pág. 314.

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