sábado, 27 de febrero de 2021
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San José de Cupertino, el que se llamaba “Hermano Burro”, pero que terminó de consejero de príncipes

La vida del “Santo volador” es prueba de las grandes obras que Dios puede hacer en almas humildes que se entregan a Él.

Redacción (18/09/2020 07:33, Gaudium Press) San José de Cupertino, nuestro santo de hoy, se llamaba a sí mismo el “Hermano Burro”, por lo escaso de sus dotes naturales, particularmente la inteligencia.

A este respecto decía el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira que contemplar su vida es muy benéfico, pues es constatar como este ‘Fray Asno’ valía mucho más que alguien inteligentísimo, perspicaz, que ve las cosas de lejos, hábil, diplomático, agradable, capaz, eficiente, que dirige las cosas, que sabe, que puede, que hace… pero que no es bendecido por la Virgen porque es orgulloso.

Nace Cupertino en una pequeña ciudad del reino de Nápoles, cerca del golfo de Tarento.

Decía un autor, sobre su infancia: “La naturaleza fue con él como una madrastra: no le dio ni riqueza, ni salud, ni talento, ni oro, ni prestigio, ni nobleza… No tuvo ni siquiera una cuna en el momento de venir al mundo. Sus compañeros lo despreciaban y todo el mundo se reía de él” (Fray Justo Pérez de Urbel, OSB – Año Cristiano).

Hijo de un carpintero, en el momento en que la madre estaba a punto de dar a luz el matrimonio tuvo que huir de la justicia porque al padre lo perseguían por deudas. Nació pues José como Cristo, en un establo, el 17 de junio de 1603.

Mal sabía leer y peor escribir. Teniendo dos tíos en un convento franciscano, pidió allí la admisión. Pero su apariencia era muy mala y fue rechazado.

Los capuchinos lo admitieron en periodo de prueba y ahí pasó por todos los oficios. Pero las cosas las quebraba; cuando estaba sirviendo, veía un crucifijo y entraba en éxtasis y dejaba caer los platos. Con el pensamiento por las nubes, servía el pan negro en vez del blanco, pues “no sabía distinguirlos”. Total, fue sacado del convento descalzo, sólo con sus vestiduras de cuerpo.

Cuando sale del convento lo atacan perros, convirtiendo su hábito en un montón de jirones. Errando así, los pastores lo toman por ladrón y lo golpean. Un caballero lo persigue porque cree que él es espía. Cuando llega a su pueblo, los familiares creen que se había convertido en vagabundo y le cierran las puertas. La propia madre le dice: “Si te mandaron fuera de una santa casa, fue porque algo hiciste. Ahora solo te resta la cárcel, el destierro o morir de hambre”. Pero al final esta se compadeció, intercedió junto a sus hermanos franciscanos, quienes hicieron que se recibiera a su sobrino para que cuidara la mula del convento, revestido del hábito de los terciarios franciscanos.

Empiezan a ver sus luces

Pero poco a poco estos hijos de San Francisco empiezan a ver sus luces y a admirar a este humilde hombre que aceptaba tranquilo las humillaciones, que manifestaba un alma encantada con las cosas de Dios y su creación.

Inclusivo discernieron su vocación y lo admitieron como postulante.

Pero no tenía capacidades para el estudio, las cosas se le olvidaban, aunque siempre estaba pensando en temas divinos. Le fueron administradas lo que se llamaba entonces las órdenes menores, pero no había salida, para que recibiera el diaconado tenía que presentar examen, y resulta ¡que no era capaz ni siquiera de retener un pasaje del Evangelio!

Sólo pudo memorizar una frase de la Escritura que le encantaba: “Bendito el seno que te llevó”. Pero, milagro, fue de ese asunto que le preguntaron en el examen, y sobre el tema se expresó como el mejor de los teólogos.

Un milagro análogo ocurrió en la ordenación. El examinador tenía en frente de sí a 11 candidatos. Examinó a uno, a otro y otro, todos saliendo muy bien de la prueba. Cuando terminó con el décimo, el examinador renunció a seguir con el décimo primero, pues seguramente sería tan bueno como los anteriores: este era San José de Cupertino, que ‘colado’ por Dios, ingresó así al orden del presbiterado.

Se suceden los milagros

Siendo ya sacerdote, era modelo de ayuno, oración y penitencia.

Dios permitió que el demonio lo agrediera incluso físicamente, pero también tentándolo. La lucha no era fácil. Un día el santo comentó:

“No sospechaba que la trama de las redes del diablo fuesen tan sutiles. Ahora comprendo perfectamente que el mérito de la pobreza no está precisamente en no poseer nada, sino en no tener afecto a las cosas de la tierra”.

Pero Dios también consolaba a José con visiones de ángeles, con quienes conversaba de amigo a amigo. También se le apareció muchas veces el Niño Dios, a quien tomaba en brazos, acariciaba. Era un alma perfumada.

Después de dos años de terribles probaciones, le siguieron unos tiempos de grandes consolaciones y éxtasis.

Literalmente volaba hacia el objeto amado: si estaba en la iglesia y pensaba en la Virgen, volaba hasta un altar de Ella; si estaba en el jardín, iba hasta arriba de un árbol, y permanecía arrodillado en la punta de una de sus ramas como si fuese el más leve pajarillo.

Pintorescos hechos también milagrosos

Los hechos milagros ocurridos en su vida fueron numerosísimos, y algunos muy pintorescos.

Una vez estaba en los campos, desolados de hombres, pues estos se encontraban segando. Vio José los rebaños de ovejas que pastaban y dirigiéndose a ellas, tuvo una inspiración: “Ovejitas de Dios, venid aquí a honrar a la Madre de mi Dios, que es también la vuestra”. Primer milagro, las ovejitas que estaban lejos y no en un mismo sitio, es como si hubieran escuchado una voz que las llamaba y fueron hasta la capilla donde las convocaba el santo. Todas se hincaron, y luego con balidos respondían a las invocaciones de las Letanías que entonaba el santo.

Otra vez fue San José hasta unos rebaños que habían sido diezmados por una peste. San José caminó, a pedido de los pastores, de oveja en oveja muerta, y las fue resucitando en el nombre de Jesús.

Una vez mando a un pajarillo a que cantara a las hermanas clarisas durante el oficio, para incitarlas a que lo hicieran bien.

Ese que no sabía declamar casi ningún trecho de la Biblia, se convirtió en consejero de príncipes y de grandes de este mundo.

Una vez el protestante Duque de Brunswick, Juan Federico, obtuvo autorización del superior de Asís para ver una misa del “santo que volaba”. En el momento de partir la Hostia en la consagración, el santo no lo conseguía. Empezó a derramar lágrimas, levitó algunos palmos, retrocedió un tanto, hizo una oración, y finalmente lo pudo hacer.

El Duque quiso saber lo ocurrido, y el Santo francamente le respondió: “Vos trajisteis gente que tiene el corazón muy duro y se obstina en no creer lo que enseña la Santa Madre Iglesia. Esta es la causa por la que el Cordero sin mancha se endureció en mis manos, de modo que no conseguía dividirlo”. El Duque aún sin convertirse, quiso seguir conversando con el santo, y finalmente se convirtió, también después de presenciar varios otros milagros.

Tenía el don del discernimiento de los espíritus, leía los corazones. Con frecuencia veía el animal que representaba el estado de alma de las personas. Sentía también, como otros místicos, los olores del pecado o de la virtud.

Su fama se extendió y comenzó a atraer mucha gente. Pero la inquisición hizo que se retirase recluso a un convento, prohibido de hablar con cualquiera, incluso con los otros religiosos. Tampoco podía escribir.

Pero esto también fue inútil, pues las gentes iban hasta ese monasterio en la montaña escarpada “para ver al santo”. Comenzaron a construirse hospedajes en las cercanías del convento para albergar a los peregrinos.

Fue entonces trasferido a otro convento, y a otro, hasta que en el de Osimo, el 18 de septiembre de 1663, entregó su bella alma a Dios.

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