sábado, 01 de octubre de 2022
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San Lorenzo mártir, la sagrada esclavitud mariana y la grandeza

San Lorenzo fue grande porque fue esclavo. El Reino de María será el más grande y el más bello porque será esclavo.

Redacción (10/08/2022 15:52, Gaudium Press) Hoy la Iglesia conmemora a San Lorenzo, “diácono de la Iglesia de Roma” y “mártir en la persecución de [el emperador] Valeriano”, quien sucedió en la muerte a “Sixto II, papa, y sus compañeros, los cuatro diáconos romanos”, según lo expresa el oficio de la Liturgia de las Horas especialmente dedicado a él el día de hoy.

Es San Lorenzo un santo popular. Hasta uno de los monarcas más poderosos de todos los tiempos, Felipe II, quiso honrarlo construyendo su palacio bajo su patronazgo y dándole forma de parrilla, el instrumento con el cual fue martirizado asado (Consideraba el rey que el santo había sido intercesor para obtenerle una victoria crucial). Es por tanto un grande.

Pero, dato curioso, la Liturgia de las Horas de hoy por boca de San Agustín y del himno final del Oficio de Lectura, quieren resaltar la cualidad que parecería contraria a la grandeza, y es la de la esclavitud de San Lorenzo, cualidad esta que en el parecer de San Agustín debe ser característica de todo cristiano, pues fue de la esencia del propio Cristo. Miremos.

“La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de San Lorenzo”, dice Agustín en su sermón 304. Destaca el de Hipona en el mismo sermón que el Diácono de la parrilla, a ejemplo de Cristo, dio su vida por los hermanos a la manera de la esclavitud:

“Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo (…). El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!”. El esclavo está a todo momento dispuesto a ejecutar los servicios que establece su señor. La entrega incondicional es la condición del esclavo. Así fue San Lorenzo y así fue Cristo.

Por su parte el himno final del Oficio de Lectura también de hoy, el bello Señor Dios Eterno, es más explícito en cuanto a la esclavitud que Dios está queriendo de todos sus hijos a ejemplo del Redentor, cuando nos dice: “Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria, tú el Hijo y Palabra del Padre, tú el Rey de toda la creación. Tú para salvar al hombre, tomaste la condición de esclavo en el seno de una virgen”.

Es pues, una confirmación de la liturgia de cómo Dios aprecia la esclavitud mariana, en los términos expresados por el sabio San Luis María Grignion de Montfort. Por boca de la liturgia el Espíritu Santo nos habla de la ‘esclavitud vertical’, es decir aquella sujeción que debemos tener hacia Nuestra Señora y por ella a Dios, como nos enseñó el propio Cristo, y también la sujeción que debemos tener a los hermanos, a quienes debemos servir, cada uno de acuerdo a cada vocación.

En fin, todos debemos ser esclavos de todos: el rey del súbdito, y el súbdito del rey. El prisionero del guardia, pero también el guardia del prisionero. El fiel laico del sacerdote, y el sacerdote del fiel. Y así, con todos, como Cristo fue esclavo de todos.

Tal vez no sea ‘coincidencia’, que ahora, cuando estamos hablando de una ‘sociedad de esclavos’, lo hayamos hecho introducidos por las palabras del autor de la Ciudad de Dios, Ciudad que es en la mente de San Agustín la realización del cielo en la Tierra. Pero para que esta tierra sea el cielo, todos deben ser esclavos, de Cristo, de María, de todos.

Particularmente, esclavos de la Mística Ciudad de Dios, la Virgen, en la bella expresión de Sor María Jesús de Agreda. Y también esclavos de todos aquellos que nos llevan a María, y por María a Jesús.

Oh paradoja: la bandera de la ‘libertad’ – entendida como la no sujeción a nada, tampoco a Dios – llevó al mundo al caos. La bandera de la ‘esclavitud’ llevará el mundo a la resurrección y al Reino de María.

San Lorenzo fue grande porque fue esclavo. El Reino de María será el más grande y el más bello porque será esclavo.

Por Saúl Castiblanco

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