lunes, 15 de agosto de 2022
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San Pedro y San Pablo, dos vidas de fábula en las que habitó Cristo

San Pedro, primero traidor, luego penitente, roca y columna. San Pablo, primero perseguidor, luego penitente, fuego y columna.

Redacción (29/06/2022 07:15, Gaudium Press) Hoy es la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia.

San Pedro, el galileo, el hermano de Andrés, el pescador de peces y luego de hombres; primero Simón, pero después Cefas, que significa roca, piedra, la piedra sobre la cual se levantaría la Iglesia. El hombre de fe vibrante, que reconoció pronto que el Señor era el único camino, aunque no lo entendiera siempre.

Sí, el mismo San Pedro, que un día fue presuntuoso y por presuntuoso traidor, que negó al Señor tres veces antes de que cantara el gallo. Pero también el Pedro penitente, que según la tradición lloró toda su vida la traición, y confió desde entonces no más en sus propias fuerzas sino en el auxilio de Dios y su Madre Santísima. Un arrepentimiento, como decía el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, calmo, filial, confiante, lúcido, profundo, con el recuerdo de su pecado siempre presente en el espíritu, arrepentimiento que lo llevo al cielo. Un arrepentimiento que lo tornó columna perenne de la Iglesia.

San Pablo, el fariseo de Tarso, el apóstol de fuego

Y San Pablo, el fariseo de Tarso, discípulo de Gamaliel; Saulo, el perseguidor de los cristianos, ayudante en la muerte de San Esteban. Que cuando en el camino de Damasco fue derribado por Jesús, su rápida inteligencia iluminada por la gracia rápidamente reconoció al Señor, se entregó a él, transformándose en el coloso que regó la semilla del cristianismo por los pueblos gentiles que esperaban el rocío salvador.

San Pablo, hombre de fuego, en el que Cristo vivía pues ya no era más él, sino Cristo viviendo en él; que enfrentó las distancias, el poder de los demonios, las piedras de los mediocres, de los impíos; que confrontó a los judíos recalcitrantes de las sinagogas, que incluso en su celo enfrentó humilde y decidido en Antioquía al propio San Pedro, ocasión en la que – como también decía el mismo Prof. Plinio Corrêa de Oliveira – el uno dio muestra de celo y el otro de grandísima humildad. Al final triunfó la opinión de San Pablo, que termina de abrir las puertas de la salvación y del evangelio a todos los gentiles, a todos nosotros.

Pablo, el apóstol de la espada, que enfrentó a los filósofos de Atenas, la corrupción de Corinto, los disturbios de Éfeso, al tribunal judío que lo quería matar en Jerusalén y al que con su astucia confundió. Que llevó la fe a Macedonia, a Roma, casi que al mundo entero de entonces. El gran San Pablo.

Tal vez el martirio de los dos grandes apóstoles ocurrió por la misma época.

Pero si ambos fueron unos colosos, es porque Cristo vivió en ellos, a ruegos y por la mediación de María Santísima. Roguemos a ella la glorificación de esos apóstoles; roguemos a Ella la glorificación de la Iglesia de la cual son columnas, y pidamos a María Santísima que en los conturbados días de hoy, la Iglesia resurja cual tierna niña, con todo su poder salvífico, de mano de nuevos apóstoles, alimentados de su seno y cuidados en su regazo, que repitan en nuestros días la obra insigne de las columnas de la Iglesia, San Pedro y San Pablo.

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