sábado, 24 de octubre de 2026
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San Rafael Arcángel, cuando el cielo se hace compañero de camino de nosotros los ‘Tobías’

Un pez, una boda y un milagro, de la “Medicina de Dios”

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Redacción (24/10/2026 11:11, Gaudium Press) Del Arcángel San Rafael podemos decir mucha cosa, porque es de quien más extensamente habla la Escritura, aunque el que más menciones tiene es San Miguel.

El Libro de Tobías brilla de manera singular al mostrarnos cómo la Divina Providencia se vale de sus mensajeros celestiales para guiar, proteger y sanar a las familias que le son fieles. El Arcángel San Rafael, “Medicina de Dios”, se manifiesta en este relato no solo como un custodio, sino como un solícito compañero de viaje para el joven Tobías en un momento lleno de incertidumbres.

Tobías iba desde Nínive a la ciudad de Rages a recuperar una significativa cantidad de dinero (diez talentos de plata), que su padre Tobit había dejado en depósito a un pariente; Gabael. Tobit, hombre justo, que no solo había empobrecido sino quedado ciego, requería de ese dinero para pasar esa difícil situación.

Tobías recibe las instrucciones de su anciano padre Tobit, que de una forma casi profética le dice: «Busca un hombre de confianza que te acompañe mediante un salario, para que vayas a buscar el dinero mientras yo todavía vivo» (Tb 5, 3). Habiendo salido a la calle se encuentra cara a cara con un joven viajero, el arcángel que se hace llamar Azarías, con el que comienza la travesía.

Al terminar el primer día de camino, Tobías y el Arcángel acampan junto al río Tigris. Cansado del viaje, Tobías baja al agua para lavarse, cuando de repente un enorme pez salta del río e intenta devorarle el pie.

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Lleno de espanto, el joven grita, pero el Arcángel reacciona de inmediato y le ordena: «¡Agárralo y no lo sueltes!». Tobías, haciendo un gran esfuerzo, logra dominar al animal y lo arrastra hasta la orilla. Es en ese instante cuando San Rafael le da instrucciones proféticas sobre el pez: Le manda abrir el pez con cuidado y extraer tres partes específicas: el corazón, el hígado y la hiel.
El Ángel le explica que no deben desperdiciarlas, pues servirán como remedios milagrosos más adelante. De hecho, el corazón y el hígado servirán para ahuyentar al demonio, y la hiel para curar la ceguera.

Tras limpiar el pescado, asan una parte para cenar esa noche, salan el resto para el camino y continúan su marcha hacia la región de Media llevando consigo los misteriosos remedios.

Al llegar a Ecbatana, ya en tierras de Media, el Arcángel le revela a Tobías un plan que la Providencia había dispuesto: deben hospedarse en casa de Ragüel, pariente de Tobit, cuya única hija, Sara, es joven, virtuosa y hermosa: «joven sabia, corajuda y de gran hermosura» (Tb 6, 12). Por derecho de parentesco, a Tobías le corresponde pedirla en matrimonio.

Pero hay una sombra sobre esa casa. Sara había sido dada en matrimonio a siete hombres, y a todos ellos los había matado el demonio Asmodeo antes de que pudieran unirse a ella. Tobías, aterrado, duda. Entonces San Rafael lo tranquiliza: el demonio solo tiene poder sobre quienes se casan sin temor de Dios y por mera pasión. Tobías debía casarse con Sara, y el ángel le indica que, al entrar en la alcoba, ponga sobre las brasas el corazón y el hígado del pez, y que, apenas el demonio aspire su olor, huirá para siempre. Después deberán orar juntos antes de unirse. Todo se hizo de acuerdo al plan de Dios, y todo ocurrió de acuerdo a sus designios.

El demonio «huyó a las regiones más remotas de Egipto. Rafael fue hasta allá, lo prendió y luego volvió» (Tb 8, 3).

El empleo del corazón y del hígado del pez fue simple instrumento al cual Dios unió milagrosamente la expulsión del espíritu malo que infestaba a Sara.

El pozo fue cerrado y tuvo inicio gran banquete

Antes de rayar el día, Ragüel mandó a sus siervos cavar un pozo a fin de enterrar al novio, que él suponía estar muerto. En seguida, ordenó a una criada que fuese al cuarto de los jóvenes esposos. Ella entró, los encontró durmiendo y luego informó a su amo, el cual, lleno de gratitud, hizo una linda oración.

Ragüel ordenó que cerrasen el pozo, llamó a su esposa y le mandó que hiciese muchos panes. Después él trajo del rebaño dos vacas y cuatro corderos, y ordenó a los siervos que preparasen un gran banquete.

En seguida, intimó a Tobías a estar en su casa durante 14 días conmemorando las bodas, le dio mitad de sus bienes y agregó que la otra mitad, después de la muerte de Ragüel y de su esposa, sería de Tobías.

Tobías, entonces, pidió al Ángel que fuese a recibir el dinero que su padre depositara en las manos de Gabael, en Rages. Le entregó el documento comprobatorio, así como cuatro siervos para ayudarlo en el viaje y dos camellos; y recomendó que lo invitase a las bodas.

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Rafael partió y todo lo que Tobías le pidiera fue realizado con exactitud.

Tobit es curado de la ceguera

Completados los 14 días de las bodas, Ragüel entregó a Tobías «Sara, ya su esposa, así como la mitad de su fortuna: siervos y siervas, ovejas y bueyes, asnos y camellos, ropas y dinero y varios objetos» (Tb 10, 10), y todos partieron rumbo a Nínive. Junto a ellos “Azarías”, compañero fiel.

Antes de llegar a la casa de Tobit, el Ángel dijo a Tobías que debería ungir los ojos de su padre con la hiel del pez, pues de esa forma él recuperaría la visión. Así que el joven vio a su padre, lo abrazó y cumplió la recomendación de Rafael. Inmediatamente, Tobit pasó a ver, no por un efecto natural de la hiel, pero sí un milagro obrado por Dios.

Pleno de alegría y gratitud, el padre hizo esta oración: «Bendito es Dios, bendito su gran Nombre, y benditos todos sus Santos Ángeles por todos los siglos» (Tb 11, 14). Cuando vio a Sara, dijo: «¡Sé bienvenida, hija mía! ¡Y bendito tu Dios que te condujo hasta nosotros! ¡Bendito tu padre y bendito Tobías, mi hijo, y bendita seas tú, mi hija! ¡Sé bienvenida a tu casa, con bendiciones y alegría!» (Tb 11, 17).

Y, para conmemorar el casamiento de Tobías con Sara, Tobit invitó a sus parientes a una fiesta, que duró siete días.

Terminada la conmemoración, Tobías dijo a “Azarías” —movido por su padre— que, como pago por su inestimable ayuda, le entregaba mitad de los bienes que habían traído.

Pero es entonces que el Arcángel descubre su verdadera identidad. Le recuerda a Tobit que, cuando oraba con lágrimas y enterraba a los muertos, él presentaba esa oración ante el Señor, y que Dios lo envió para probarlo, y también para sanarlo a él y a Sara. Y dice: «Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la gloria del Señor» (Tb 12, 15).

Tobit y Tobías caen rostro en tierra, llenos de temor. Rafael los tranquiliza: «No temáis, la paz sea con vosotros». Les explica que no estuvo con ellos por iniciativa propia, sino por voluntad de Dios, y que solo parecía comer y beber, pues se alimentaba de un alimento invisible. Les pide que escriban todo lo sucedido, y añade: «Ahora subo al que me envió».

Es el propio San Rafael quien declara que tiene una importancia elevada en la corte angélica. Ocurre que la tradición católica al respecto sugiere que los ángeles más elevados no se ocupan directamente de la ayuda a los hombres, pero evidentemente Dios puede ordenar que el más alto de los serafines cumpla papeles más propios de los arcángeles o ángeles. No sabemos exactamente el lugar de la “Medicina de Dios” allá arriba. Pero es cierto que para la salvación de los hombres, Dios no solo destinó a su Hijo Unigénito, sino que toda la corte celestial tiene esa misión en sus miras.

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