sábado, 25 de mayo de 2024
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Santa Luisa de Marillac, esposa y madre, luego fundadora de las Hijas de la Caridad

San Vicente de Paúl, fundador junto con ella, no gustaba dirigir espiritualmente a señoras de la alta sociedad, pero hizo una excepción, providencial.

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Redacción (15/03/2024, Gaudium Press) Santa Luisa de Marillac, uno de los santos que la Iglesia conmemora hoy, nace en París el 12 de agosto de 1591, de buena estirpe de Francia.

Su madre muere pocos días después de que ella nace, y su padre cuando ella tiene 15 años: “Bien temprano me hizo Dios conocer su voluntad, que yo fuese para Él por medio de la Cruz. Desde mi nacimiento y en todo el tiempo, casi nunca me dejó sin ocasión de sufrir”, dice la Santa.

Recibió una educación muy pulida: literatura, filosofía, latín, fueron algunas de las materias en las que profundizó. Pero además Dios le había dado dedos para el arte, y pintaba. De joven pintó un Cristo “en pie, de tamaño natural, con el corazón radiante sobre el pecho, extendiendo sus manos traspasadas, (…) y con expresión de bondad”, obra profética, pues 50 años más tarde así se le aparecía Jesús. La obra se conserva hasta hoy en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad.

Muerto su padre, fue a vivir donde su tío Miguel de Marillac, que era jurista, Consejero del Parlamento Real, y, más importante, católico de verdad.

Quiso hacerse religiosa por entonces, pero el confesor la disuadió, y en 1613 se casó con Antonio Le Gras, que era secretario de María de Médicis, segunda esposa de Enrique IV, Madre de Luis XIII y regente de Francia de 1610 a 1617. Dios había llevado a Luisa a lo más alto del mundo, y ahí se destacaba como madre y esposa ejemplar. Uno de los directores espirituales que entonces tuvo fue el gran obispo Francisco de Sales, estrecho amigo de su tío Miguel.

Era el año de 1623, por tanto una década después de su matrimonio, cuando el deseo de entregarse más a las obras de Dios le consumía las entrañas. También pasaba por algunas pruebas espirituales, como recelo de estar demasiado apegada a su director espiritual, e incluso algunas dudas contra la fe.

Pero en la misa de Pentecostés de ese año, en la iglesia San Nicolás de los Campos, tuvo una comunicación mística que le desvendó el futuro y de la que no dudó ni un segundo que venía del propio Dios: “En un instante, una voz interior me dijo (…) que pronto llegaría un tiempo en que me encontraría en condiciones de hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, en compañía de personas que también lo harían. Entendí que me encontraría en un lugar donde podría ayudar a los demás; pero no entendía cómo podía pasar esto, porque veía gente yendo y viniendo por allí. En cuanto al director, tengo que estar tranquilo porque Dios me lo dará”.

Su entonces director espiritual, Mons. Le Camus, no pudo ir a París en el invierno siguiente, por lo que la encaminó a un sacerdote amigo suyo, que le cambiaría la vida: San Vicente de Paúl.

Ya había San Vicente fundado la Congregación de la Misión, y no gustaba de dirigir espiritualmente a señoras de alta alcurnia. Pero Dios quería que se juntaran esas dos almas de fuego, para bien del mundo.

Tenía ella 34 años cuando fallece su esposo, el secretario Le Gras, quien en el cielo pudo darse cuenta que moría en los brazos de una santa, su esposa. El deceso fue ocasión de ir abandonando las obligaciones de la vida en sociedad, que su estado de casada le imponía, y de irse encaminando hacia una vida más religiosa bajo el faro del Santo De Paúl, que la guiaba con los siguientes principios:

Amar a Dios con la fuerza de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente; ver a Jesucristo en los demás, amando y sirviendo a Nuestro Señor en cada uno, y cada uno en Nuestro Señor; y no adelantarnos a la Divina Providencia, esperando tranquilamente su voz de mando”.

San Vicente de Paúl la ayudó incluso en un tema que afectaba el corazón de una madre: El hijo de Santa Luisa tenía un comportamiento preocupante. El Santo amonestaba a Luisa por los excesos de su afecto, y al hijo supo comprender, y lo acogió en su propia comunidad, y lo amparó hasta que se estableció en las vías del matrimonio.

Nacimiento de las Hijas de la Caridad

Ocurría que San Vicente fundaba, en los lugares donde predicaba misiones, una pequeña asociación llamada “Caridad”, llevada adelante por señoras adineradas de la región. Conocidas como las “Damas de la Caridad”, ellas estaban dispuestas a brindar asistencia constante a los necesitados, especialmente a los enfermos. Sin embargo, al carecer de una conexión directa con su fundador, estas asociaciones pronto se vieron envueltas en dificultades no pequeñas: se produjeron abusos, disputas de autoridad, malversación de fondos y ayudas, disputas personales, etc. Faltaba alguien que, con habilidad y firmeza, pudiera visitar cada una de estas “Caridades”, para mantener el orden y la armonía.

Santa Luisa fue la visitante de San Vicente, que con el toque femenino de la mujer fuerte de la Escritura (cf. Pr 31, 10-31), ordenó y dio forma a los frutos apostólicos de los incansables sacerdotes de la Misión.

Entre tanto, las “Damas de la Caridad” no se entregaban a los trabajos más penosos, como el cuidado directo y personal de los enfermos. Se vio entonces la necesidad de conformar un grupo de personas dedicadas y dispuestas a cualquier humillación, que fuesen las “siervas de la Caridad”. En sus correrías apostólicas San Vicente fue encontrando aquí y allá almas que veía con la madera para este empeño,y las fue encaminando a Luis, para que fueran formadas de acuerdo con su espíritu. La gente las empezó a llamar las “Hermanas de la Caridad”, que fueron la semilla de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Serían vírgenes y madres de los pobres y necesitados, inicialmente en el campo, pero pronto también en las ciudades, incluido París.

Atendían a hospitales, buscaban enfermos en sus casas y llevaban a niños abandonados a orfanatos. No pasó mucho tiempo antes de que se les pidiera que desempeñaran sus actividades en situaciones de riesgo, como lugares devastados por sangrientos combates, donde ayudaban a los heridos y moribundos. Dispuestas a cualquier sacrificio, eran conscientes de que no eran religiosas según el molde de la época, es decir, no pertenecían a un instituto de monjas de clausura. San Vicente les deja muy claro este punto: “Ustedes no son religiosas”. Sin embargo, se esfuerza por confirmarlas en su singular vocación: “Os aseguro que no conozco ninguna religiosa más útil a la Iglesia que las Hermanas de la Caridad, por el servicio que prestan a los demás”.

La espiritualidad de la nueva congregación era la de una unión estrechísima con su fundador. Juntos desarrollaron las reglas y dieron forma canónica a la Congregación, que fue aprobada por el Arzobispo de París en 1655, después de 30 años de arduo apostolado. San Vicente constantemente les daba reuniones de formación.

Tenía 68 años cuando enfermó gravemente, pero su gran probación era no poder ver a su fundador, que también se encontraba en lecho de enfermo, con 85 años. Este le mandó decir: “Usted vaya adelante, que pronto volveré a verla en el Cielo”.

Muere el 15 de marzo de 1660. San Vicente irá seis meses después.

(Basado en artículo aparecido en la Revista Arautos do Evangelho n. 123, marzo de 2012)

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