sábado, 26 de noviembre de 2022
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Santo Tomás enfrentó un día a una mujer perdida, y vio como los ángeles lo ceñían con el cinturón de la castidad

Santo Tomás, doctor universal de la Iglesia, tenía una madre, condesa, harto tozuda.

Santo Tomas

Redacción (28/01/2021 08:04, Gaudium Press)¿Qué es la verdad?” ¿Qué es Dios?” Estas preguntas, realizadas por un niño de tierna edad a los monjes de Montecasino, los sorprendían. Nunca habían visto cosa semejante.

Era el futuro Santo Tomás de Aquino, que había sido dejado a su custodia por sus padres, los condes Landulfo y Teodora, para que lo educaran.

Siendo aún muy jóven, parte a Nápoles a estudiar gramática, dialéctica, retórica y filosofía. Lo que para otros era normalmente arduo, para él era un simple juego.

Sus padres querían verlo benedictino, tal vez abad del famoso convento de Montecasino, o por qué no, Arzobispo de Nápoles. Hubiese sido lo normal y no un común fraile de una orden medio desconocida como eran los dominicos. Pero el hombre propone y Dios dispone, siempre de la mejor manera. Después de varias conversaciones con Fray Juan de San Julián, el retoño de los Condes de Aquino entra a la orden de los perros del Señor.

La madre monta en cólera

Cuando se enteró la madre, mujer de carácter, montó en cólera. El santo huye a París, y hasta allá llegan los hermanos, lo golpean, le arrancan el hábito religioso. Lo regresan al hogar, para hacerlo entrar en razón. Santo Tomás no cede. La madre manda entonces a sus dos hijas para intentar convencerlo de que salga de los dominicos, le esperaba una promisoria carrera eclesiástica. La tortilla se vuelve y Santo Tomás convence a una de ellas a que se haga religiosa. Milagros de la gracia operados por un santo.

Ante la santa tozudez del hijo, los padres deciden encerrarlo en la torre del castillo de Roccasecca, hasta que no cambiara de pensar. Allí estuvo prisionero no un mes, ni tres, sino dos años. Un día llegaron sus hermanos a llevarle una mala mujer para hacerlo caer en pecado. El futuro doctor universal de la Iglesia la espantó con un tizón y con ese mismo tizón trazó una cruz en la pared y renovó su promesa de castidad.

Esa noche ‘soño’ (es verdaderamente una visión), que Cristo y su Madre bendita le enviaban dos ángeles que lo ceñían con un cordón celestial, diciéndole: “Venimos de parte de Dios a conferirte el don de la virginidad perpetua, que a partir de ahora será irrevocable”.

Va a París y a Colonia a seguir su formación. Fue alumno del famoso San Alberto Magno. A los 25 años obtiene el doctorado en la Universidad de París.

Su obra escrita son casi sesenta volúmenes, que cubren todas las áreas del saber de humanístico de entonces. Solo que Santo Tomás elevó esos saberes a pináculos más altos.

Un día le preguntaron cuál creía que era el mayor favor intelectual que había recibido del cielo. Sin dudar y con la candidez del inocente dijo: “Creo que el de haber entendido todo lo que leí”.

Pero su vida intelectual se nutría de su vida de piedad. Su secretario, Fray Reginaldo, dice que lo vio más tiempo orando a los pies del crucifijo que en medio de los libros.

Ayunaba; en diversas ocasiones Dios lo favoreció con visiones; un día que tenía una duda sobre un trecho de Isaías, se le aparecieron San Pedro y San Pablo para esclarecerlo.

Otro día en adoración, se le aparece el Jesucristo y le dice: “Escribiste bien sobre Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?” Y el Santo responde: “Sólo te quiero a Vos, Señor”.

Muere en el año 1274, camino al concilio ecuménico de Lyon.

Con información de Arautos.org

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