viernes, 09 de octubre de 2026
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“Soy católico, la cosa más importante de mi vida”: el profesor de Harvard que explica por qué la fe es clave para la felicidad

Arthur C. Brooks, experto en la ciencia de la felicidad y converso al catolicismo, sostiene que la fe, la familia, la amistad y el trabajo son los cuatro pilares de una vida plena.

Retrato profesional con gafas rojas

Redacción (08/10/2026 19:10, Gaudium Press) Arthur C. Brooks, catedrático de Harvard y reconocido investigador de la felicidad, tiene una respuesta clara cuando le preguntan qué es lo más importante de su vida, y es  “Yo soy católico, la cosa más importante de mi vida”. En una reciente entrevista en el pódcast Aladetres, recogida por ABC, defendió que la fe ocupa el primer lugar entre los cuatro hábitos que más contribuyen a una vida feliz. Una convicción que no se limita a sus investigaciones: forma parte de su rutina, su matrimonio y su manera de afrontar las dificultades.

“Los cuatro hábitos que más pesan en una vida feliz son la fe, la familia, la amistad y el trabajo, y de los cuatro el primero es la fe”, afirmó Brooks. Para este profesor, cuya trayectoria académica lo ha convertido en una referencia internacional en el estudio del bienestar, la felicidad no depende únicamente del éxito profesional, el reconocimiento público o la satisfacción personal. También exige cultivar la relación con Dios y cuidar los vínculos con los demás.

En una extensa entrevista con Outreach Magazine, dirigida a pastores evangélicos, Brooks profundizó en esta visión y compartió aspectos de su vida personal, sus hábitos cotidianos y las dificultades que él mismo experimenta. Su testimonio resulta especial, porque no presenta la felicidad como un estado permanente de alegría, sino como una tarea que requiere disciplina, compromiso y una vida orientada hacia algo más grande que uno mismo.

De una familia misionera a su conversión al catolicismo

Arthur C. Brooks nació en Seattle, Estados Unidos, en 1964, en una familia protestante misionera. Según un perfil biográfico publicado por Nuestro Tiempo, su abuelo fue misionero entre los navajos, mientras que miembros de su familia materna desarrollaron esa labor entre los zulúes. En su adolescencia, Brooks vivió una experiencia espiritual que marcaría el rumbo de su vida. En 1980, durante una visita al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en México, experimentó lo que él mismo ha descrito como una experiencia mística y se convirtió al catolicismo.

Su juventud era guiada por la música. A los 19 años dejó la universidad para dedicarse a tocar la trompa y, durante un festival musical en Francia, conoció a Ester Munt, una joven barcelonesa con quien inicialmente ni siquiera compartía un idioma común. La relación lo llevó a dejar su trabajo en Nueva York y trasladarse a Barcelona, donde ella tocaba en una orquesta. Ester y Arthur llevan 34 años casados, según la entrevista de Outreach Magazine. Al hablar de su matrimonio, Brooks se expresa con una sinceridad que revela su concepción del amor y el compromiso, “Si hubiera dependido del amor como sentimiento, el matrimonio le habría durado 34 minutos”.

La frase refleja una de sus convicciones, los sentimientos, aunque importantes, no bastan para sostener una relación a largo plazo. El amor también requiere una decisión constante de permanecer, cuidar al otro y cumplir los compromisos asumidos.

Brooks considera que su misión profesional guarda una relación estrecha con la herencia espiritual de su familia. En la conversación con Outreach Magazine se define como “un misionero” y recuerda una enseñanza que recibió en casa: no siempre se trata de llevar a alguien hasta el bautismo, sino de mantener abierta la posibilidad de que Dios actúe en su vida. “Mi trabajo es dejar la puerta entreabierta para que alguien cuestione su increencia”, explica. Desde esa perspectiva, sus investigaciones sobre la felicidad y sus intervenciones públicas también pueden convertirse en una oportunidad para que otras personas se planteen preguntas sobre la fe. No pretende imponer sus convicciones, sino mostrar, a través de su propia vida, que un científico dedicado a estudiar el bienestar puede encontrar en la práctica religiosa una parte esencial de su felicidad.

Y Brooks procura que esa convicción tenga consecuencias concretas. Según relató en la entrevista, su jornada comienza antes del amanecer: dedica de 4:45 a 5:45 de la mañana al ejercicio y, a las 6:30, asiste a misa con su esposa casi todos los días. A los pastores les recomienda reservar un espacio diario para la adoración eucarística y la oración. La hora santa, sostiene, es “más importante que tu ejercicio cada día”.

La recomendación se considera el ritmo de su vida profesional. Brooks imparte clases, desarrolla investigaciones y ofrece alrededor de 150 conferencias al año. Sin embargo, insiste en que ninguna de esas responsabilidades debería desplazar el cuidado de la vida espiritual. Para explicar esta necesidad, recurre a la conocida imagen de las instrucciones de seguridad de los aviones, antes de ayudar a los demás, es necesario colocarse la propia mascarilla de oxígeno. Quien pretende acompañar y servir a otros también necesita cuidar su propia vida interior.

La felicidad no consiste únicamente en sentirse bien

Una de las distinciones que Brooks considera esenciales es la que existe entre la alegría y la felicidad. La primera es una emoción pasajera; la segunda exige una combinación de elementos que van más allá de sentirse bien en un momento determinado. Para explicarlo, utiliza dice “La alegría es el olor del pavo; la felicidad es el pavo”.

En su planteamiento, la felicidad se sostiene sobre tres componentes: disfrute, satisfacción y sentido. La satisfacción está relacionada con la valoración de lo conseguido; el sentido, con la percepción de que la propia vida tiene una finalidad; y el disfrute, con la capacidad de compartir experiencias valiosas con otras personas y conservar su recuerdo.

Esta distinción le preocupa especialmente cuando habla de sacerdotes y pastores. Según contó en Outreach Magazine, al pedirles que evalúen esos tres aspectos de su vida del uno al diez, suele encontrar puntuaciones altas en satisfacción y sentido, pero muy bajas en disfrute, con una calificación de apenas tres.

Brooks atribuye parte de esta dificultad a la tendencia a confundir el disfrute con el placer inmediato. En su opinión, muchos cristianos pueden llegar a considerar sospechoso todo aquello que les proporciona alegría, cuando disfrutar sanamente de la vida también puede ser un regalo de Dios. Su fórmula para explicar el disfrute es, placer, más personas, más memoria. No se trata simplemente de experimentar una sensación agradable, sino de compartirla y convertirla en un recuerdo significativo. Por eso advierte sobre el aislamiento. Cuando una persona busca exclusivamente el placer inmediato y lo hace siempre a solas, puede exponerse a hábitos perjudiciales o adictivos. La respuesta, sin embargo, no consiste en eliminar todo disfrute, sino en aprender a vivirlo de manera saludable, acompañado de otras personas y sin convertirlo en el centro de la existencia. “Las personas de mi profesión pasan mucho tiempo solas, lo que las tienta con el placer, no con el disfrute. Y el resultado es que tratan de cortarlo de sus vidas”, advierte.

Su reflexión invita a recuperar una dimensión comunitaria de la felicidad, las amistades, la familia y las experiencias compartidas no son elementos secundarios, sino parte de una vida verdaderamente plena.

El dinero, el poder y el prestigio no garantizan la felicidad

Al explicar qué puede apartar a una persona de lo esencial, Brooks recurre a una enseñanza de santo Tomás de Aquino sobre los ídolos que compiten con Dios: el dinero, el poder, el placer y el honor. Este último adquiere especial relevancia cuando se trata de personas que ocupan posiciones de liderazgo. Para un sacerdote o pastor, por ejemplo, la tentación puede consistir en medir el valor de su misión por el número de asistentes, el tamaño de su comunidad o los recursos económicos que consigue reunir.

Pero el éxito visible no siempre coincide con el verdadero fruto de una vocación. Una comunidad pequeña puede estar llena de vida y una labor aparentemente modesta puede transformar a una persona. Brooks invita a no confundir el reconocimiento con el sentido de la propia misión. Quizá el trabajo de alguien consista en acompañar a una comunidad reducida, quizá su mayor logro sea ayudar a una sola persona a cambiar de vida. En cualquiera de esos casos, el valor de la tarea no debería medirse exclusivamente por sus resultados cuantificables.

El propio profesor experimentó esta tensión durante su etapa al frente del American Enterprise Institute, un influyente centro de investigación de Washington. Según contó en Outreach Magazine, llegó a estar obsesionado con la recaudación de fondos. Sin embargo, sus investigaciones sobre la generosidad lo llevaron a una conclusión distinta, la felicidad no procede únicamente de entregar dinero, sino también de contribuir a cambiar la vida concreta de otra persona. Al conversar sobre ello con su esposa, que tiene estudios de teología, ella le propuso adoptar un bebé. La pareja llevó adelante la adopción y Brooks recuerda aquella decisión como una experiencia que transformó profundamente sus vidas.

La historia ilustra una de las ideas centrales de su pensamiento, la generosidad adquiere un significado especial cuando deja de ser una cifra abstracta y se convierte en un compromiso real con alguien.

A pesar de estudiar la felicidad, Brooks no se presenta como una persona que experimente alegría de manera constante. Por el contrario, reconoce que sus emociones negativas pueden ser especialmente intensas y que esa característica forma parte de las razones por las que se ha dedicado a investigar este tema. “Tengo muy alto el afecto negativo. Tengo emociones muy intensas. Esa es la razón por la que estudio la felicidad”, afirma.

Su sinceridad le permite abordar una cuestión que afecta también a quienes viven su fe con compromiso, ¿qué ocurre cuando la oración no produce consuelo, cuando parece que Dios está lejos o cuando el sufrimiento impide experimentar alegría? Para responder, Brooks recurre a san Ignacio de Loyola y a su enseñanza sobre la desolación espiritual. En esos momentos, explica, no siempre es necesario esperar a recuperar las emociones favorables para continuar haciendo aquello que uno reconoce como bueno.

Sentir sequedad espiritual no significa necesariamente que la fe sea falsa o que la relación con Dios haya desaparecido. La ausencia de una emoción intensa no invalida el compromiso ni convierte a quien la experimenta en una persona incoherente.

Brooks expresa esta convicción con palabras especialmente dirigidas a quienes tienen la responsabilidad de acompañar espiritualmente a otros “Hazlo igualmente. Siente el miedo, siente el dolor, siente el sufrimiento, y alaba a Jesucristo como tu Señor y Salvador, a pesar de tus sentimientos. Así es como lo superas”. La propuesta no consiste en negar el sufrimiento ni en fingir que todo está bien. Se trata de reconocer las propias emociones sin permitir que estas sean el único criterio para decidir cómo actuar. La fidelidad, en esta perspectiva, puede mantenerse incluso cuando no hay consuelo inmediato.

De ahí que Brooks establezca una relación entre la fe y el matrimonio, ambos implican sentimientos, pero no dependen exclusivamente de ellos. También requieren perseverancia, responsabilidad y una decisión que se renueva a lo largo del tiempo.

La soledad, uno de los mayores riesgos para quienes lideran

Otro de los problemas que Brooks identifica entre los líderes religiosos es la soledad. Aunque sacerdotes y pastores pueden estar rodeados de personas, no siempre cuentan con amistades en las que puedan mostrarse vulnerables, reconocer sus dificultades y recibir una corrección sincera. Según explica, los líderes suelen tener muchos conocidos y relaciones vinculadas a sus responsabilidades, pero pocos amigos verdaderos. Esa falta de intimidad puede hacer que afronten sus problemas sin el acompañamiento necesario. En la entrevista, Brooks advierte también sobre el aislamiento como una oportunidad para la tentación y utiliza una expresión contundente, el demonio es bueno en su trabajo.

Por eso recomienda que los pastores tengan a alguien que los acompañe y les pida cuentas de manera cotidiana. La responsabilidad espiritual no debería convertirse en una obligación de aparentar fortaleza permanente, sino en una invitación a buscar también apoyo y consejo. “Si yo fuera el Maligno, ya sé a quién atacaría primero: a los que suben al púlpito”, afirma.

Su mensaje para los pastores jóvenes parte de una convicción, el sufrimiento no debe interpretarse automáticamente como una señal de fracaso. En Outreach Magazine, Brooks sostiene que los líderes sufren más que otras personas y añade, al referirse a sus investigaciones, que tiene datos para respaldar esa afirmación. Lo importante es no confundir las dificultades con la ausencia de sentido. Una persona puede estar atravesando un momento doloroso y, al mismo tiempo, permanecer comprometida con su vocación y encontrar razones para continuar.

Con información de Religión el Libertad

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