Las Reducciones jesuíticas, que se multiplicaron en tierras de Paraguay y Brasil, llegaron a reunir, hasta el siglo XVIII, a más de 140.000 nativos. Apuntaban hacia el establecimiento del Reino de Cristo, pero…

Fotos: Geopizza Podcast/ X
Redacción (23/10/2026 09:30, Gaudium Press) Estamos en pleno siglo XVII, en una zona recientemente poblada entre Brasil y Paraguay.
Aún envueltos en la densa oscuridad de la madrugada, solo percibimos el solemne silencio del reposo cristiano, la silueta de la iglesia junto a un edificio colosal y, en medio de las construcciones, al encargado de la guardia nocturna. Pero guarden silencio, estimados lectores, pues estamos a punto de presenciar el “despertar”.
¡Bam, bam, bam…! Resuena el sonido grave y solemne de la campana.
¿Estamos en un monasterio? No, no exactamente.
De repente, se escucha el redoble de tambores… ¿acaso se trata de un cuartel? Tampoco.
Nos encontramos, en realidad, en una de las recientes reducciones jesuíticas establecidas en el sur del Nuevo Continente.
La vida cotidiana en una Reducción
Justo después del despertar, acompañamos al Padre hasta la gran plaza central, núcleo de la vida comunitaria y espacio en torno al cual se distribuyen todos los edificios. En ella, divisamos dos columnas: en una, la imagen de Nuestra Señora; en la otra, la del santo patrono.
Ya en dicha plaza, nuestra mirada se dirige naturalmente hacia la iglesia —a la vez grandiosa y sencilla, de un tono rojo pálido—, situada en el centro de todas las construcciones. De nuevo, escuchamos el repique de las campanas: es el llamado a la Santa Misa. La Reducción comienza, entonces, a cobrar vida por completo: los indígenas se dirigen al Santuario, hacia donde también acuden muchos niños.
Una vez concluido el movimiento, entramos en la iglesia. Los hombres y los jóvenes ocupan un lado; las mujeres y las muchachas, el otro —esta división se mantenía siempre rigurosamente en las Reducciones—.
Entonces comienza la Sagrada Eucaristía —aún en la penumbra—, acompañada por los armoniosos acordes del órgano y las resonancias del violín, las arpas, las flautas y los oboes, que resuenan junto a las límpidas voces del coro. La luz del alba atraviesa los ventanales, haciendo brillar, por momentos, los nobles candelabros y los vasos preciosos, y otorgando, en otros, nuevas tonalidades a la pintura situada junto al retablo. Por cierto —un pequeño paréntesis—, tal vez al lector le sorprenda saber que todos estos objetos que estamos viendo fueron fabricados por los propios indígenas.
Finalizado el Santo Sacrificio, todos salen a desayunar. Revigorizados tanto espiritual como físicamente, los indígenas comienzan su laboriosa jornada diaria. Los hombres se dirigen a sus respectivos puestos de trabajo —en las huertas o en los talleres—, entre cánticos y oraciones. Las mujeres, por su parte, permanecen en sus hogares, donde hilan lana o algodón, además de cuidar a los niños menores de siete años. Los de mayor edad van a la escuela o ayudan en las tareas; ¡nadie pierde el tiempo!
Este «programa» dura menos de seis horas. Al mediodía se sirve el almuerzo, seguido de un periodo de descanso de dos horas. Por la tarde, padres e hijos se reúnen para la instrucción cristiana y el rezo del Rosario. Al final del día, se toma la última comida. En ese momento, todos guardan silencio, sumidos en un profundo recogimiento, a la espera de la salida del sol.
Naturalmente, estos horarios no eran fijos, ya que dependían de las estaciones del año y de las solemnidades litúrgicas —como la Semana Santa, el Corpus Christi, la Navidad o la fiesta del santo patrono—, que se celebraban con gran solemnidad en la Reducción.
Tan grandes eran las bendiciones recibidas en estas ceremonias que muchos jesuitas, años más tarde, al recordar aquellos momentos, se veían embargados por una profunda emoción. El padre José Cardiel, por ejemplo, relata que, al escribir sobre las Reducciones, no lograba contener las lágrimas.
Disciplina
Pero cabe destacar otro aspecto fundamental: el orden y la disciplina. La Compañía contaba con la colaboración de algunos de los propios nativos, denominados «curadores» o «prefectos». Si alguien se comportaba de manera indebida —por ejemplo, sacrificando para su consumo el buey destinado al trabajo, mostrando pereza o faltando injustificadamente a la misa de precepto—, era conducido ante el sacerdote para recibir un castigo. Una vez cumplida la penitencia, el infractor besaba las manos del clérigo con profundo respeto y expresaba su agradecimiento en guaraní: «Dios se lo pague, Padre, pues me ha dado entendimiento».[1]
En definitiva, se trata de la religión católica presentada de tal forma que sacraliza todas las actividades cotidianas mediante un ceremonial extenso e intenso. En otras palabras, la principal herramienta —el gran método apostólico— de los jesuitas consistía en apoyarse en la magnificencia del ceremonial, en el marco de una vida que podríamos calificar de monacal; pues, según afirmaban y demostraban en la práctica, esto proporcionaba las condiciones necesarias para transformar la moral y el carácter de los pueblos indígenas.
El fin y las esperanzas
Así eran las Reducciones jesuíticas que se multiplicaron en tierras de Paraguay y Brasil. En las treinta Reducciones de estas regiones se reunirían, hasta el siglo XVIII, más de 140.000 nativos. Se trataba de una obra heroica que se extendería, como un magnífico hilo dorado, hacia el Reinado de Nuestra Señora sobre el Nuevo Continente.
Pero este camino ascendente hacia la soberanía de Dios sobre América fue abrupta y salvajemente interrumpido por hombres hostiles a la religión, aunque bajo la apariencia de la política. Y se presenció el terrible espectáculo de «cristianos» expulsando a los sacerdotes, ahuyentando a los aborígenes recién bautizados y derribando las iglesias y las Reducciones.
Sin embargo, las piedras de las pocas ruinas que han quedado no callan; claman hasta el día de hoy la gloria de este pasado, anunciando la victoria futura de estos ideales.
Por Santiago Parodi
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[1] CARDIEL, José. Las misiones del Paraguay. Madrid: Historia 16, 1989, p. 129.





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