Hubo un tiempo no tan, tan lejano, en que la Iglesia alemana podía ser comparada a un buque poderoso…
(30/05/2026 14:36, Gaudium Press) Sí, hubo un tiempo no tan, tan lejano, en que la Iglesia alemana podía ser comparada a un buque poderoso, fuerte, boyante, del que nadie auguraría que tiempo después podría ser comparado al Titanic, como puede ser hacerse hoy. Ni siquiera Hitler, en el auge de su poder, e incluso después de haber conquistado las mentes de algunos pocos prelados, dejó nunca de temer la voz de los Katholiken, como por ejemplo la del León de Münster, el Beato Monseñor Von Galen, que harto lo atormentó y atormentó a los nazis.
Es cierto que los alemanes, intelectuales que tienden a ser, a veces de tanto pensar y pensar pierden el pie en la realidad, y esa pensadera también se dio en la Iglesia, en la que cada tanto se daban abortos espúreos y heréticos a lo Lutero. Pero lo normal no era eso, y hasta la propia herejía hacía que los fieles fortalecieran su vínculo con Roma.
Pero un día empezó a penetrar el agua en el Titanic…
Gracias a Dios quien estas líneas escribe, se precia de buscar las claves Historia en el pensamiento de Plinio Corrêa de Oliveira, y por eso no se pierde en la maraña de tesis explicativas, que buscan entender la situación actual de desvío de la ortodoxia en la Iglesia alemana, como una mera derivación y seguidilla de doctrinas erradas, que lleva ahora a que buena parte de los obispos no crean en muchas de las verdades básicas de la fe, quiera establecer una estructura ajena a lo que Cristo dejó, y claro, busque acomodar las verdades morales de Cristo a los vientos del secularismo y la degradación hodierna.
No. La explicación real, profunda, y que ya han dibujado no pocos analistas se resumen en dos palabras, íntimamente unidas: naturalismo y mundanismo. O en su orden, mundanismo y naturalismo.
Mundanismo, entendido como una cierta vergüenza de ser católico como se debe ser, firme y convencido, y por ello empezar a mirar con pena lo propio y con admiración estúpida lo de afuera. De querer copiar sin discriminación las modas de afuera, los análisis sociológicos de afuera, las reingenierías de afuera, los estilos mundanos de las vedettes de afuera, relegando todo un pasado riquísimo —que fue el construyó las naciones cristianas— al baúl de los recuerdos vergonzantes y después de los olvidos. El mundanismo, ese deseo confeso o inconfesado pero poderoso, de imitar las modas del mundo, canal principal por donde entra lo que el Dr. Plinio llamaba en Revolución y Contra Revolución de Revolución Tendencial.
¿Que la moda es la moda inmoral y cada vez más fea de las damas? Pues católicos, no podemos alejarnos de la realidad, usemos esas modas. ¿Que los pastores evangélicos y sus conexos tienen mujer e hijos? Pues que los curas se casen, que eso del celibato es antinatural. ¿Que, mire, eso de la fidelidad matrimonial nos es mas bien cosa del pasado? Pues que hay que comprender las cosas, la realidad actual, y vamos bendiciendo las nuevas relaciones y ‘parejas’ de todo tipo. ¿Que la moda es el arte moderno, y que eso de los estilos viejos son eso y nada más que eso, viejos y de museo? Pues católicos, no podemos romper con el mundo como hoy es, y construyamos iglesias en forma de ovnis, o de sartén, o muñequito de video juego, que no serán tan bonitas pero son funcionales y sobre todo, modernas.
Y el Naturalismo, hijo perfecto, primogénito y cuasi unigénito del mundanismo, pues como afuera no rezan, entonces adentro tampoco; porque como afuera no hacen procesiones o las adoraciones al Santísimo, entonces adentro para qué; porque afuera no producen sacramentos, entonces los sacramentos medio para qué, y con eso se va drenando la savia, la vida de la Iglesia, que es la vida sobrenatural.
¿Consecuencia? Ya lo dijo siempre la Iglesia: nadie es capaz de cumplir los mandamientos de forma estable sin la ayuda de la gracia, menos estas generaciones de voluntad de plastilina y resistencia de cartón. Y entonces, como no se cumplen los mandamientos, y como no se busca la fuerza de la gracia, pues mejor cambiemos los mandamientos, cambiemos la moral, y de una vez cambiemos la Iglesia, porque si no la vida se hace invivible.
Pero ocurre, que si es para volver a la Iglesia una ONG, pues mejores hay afuera. Si es para convertir la Iglesia en un club de ameno o no tan ameno de debate sociológico, o histórico, o social, o para jóvenes o para viejitos, pues tal vez haya mejor afuera, haya mejores discotecas afuera, mejores asociaciones afuera, más chispa afuera, más chic afuera. Y entonces, pues resulta como consecuencia natural, ese torrente de drenaje de católicos, terrible, de los últimos años en Alemania, que creo no tiene paragón en toda la historia de la humanidad.
La Iglesia en Alemania, y haciendo una afirmación un tanto naturalista, es casi un paciente terminal: es el Titanic, no al que le empezó a entrar agua tras el choque con el iceberg, sino un Titanic con la proa ya sumergida y la popa en picada, rumbo a desaparecer en las frías aguas del secularismo y del sin lamento.
Claro, lo anterior es un tanto naturalista, primero porque hay obispos y comunidades que resisten firmes esa debacle, y sobre todo porque siempre que haya gente, como la hay en Alemania, que se mantiene firme en la fe y la devoción, siempre hay esperanza. Ya la historia nos lo dice: doce más Cristo, vencieron sobre una de los imperios más mundanos y poderosos de la Historia.
Pero realidad es realidad, y lo que está ocurriendo en Alemania es un desastre, medio apocalíptico, espejo terrible en el cual deben mirarse todas las Iglesias locales: ¿estaremos tomando el mismo camino de Alemania? ¿Estaremos demasiado mundanos, o demasiado naturalistas, destruyendo así los canales de la gracia, y sobre todo, traicionando la misión que Cristo nos encomendó?
Son preguntas que hay que hacerse, porque si no nos las hacemos, serán hechas en el Juicio particular y final, cuando brille sobre todo la Justicia de Cristo, Eterna, Inmutable, Definitiva. Esa justicia que reclamará a los pastores y a todos por el destino de sus ovejas.
Por Carlos Castro






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