jueves, 01 de octubre de 2020
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Un acuerdo inesperado

Una vez se encontraron una joven dama y un caballero ya maduro a la vuelta de un camino muy bonito, arborizado y de fragancias paradisíacas.

Redacción (30/08/2020 18:14, Gaudium Press) Una vez se encontraron una joven dama y un caballero ya maduro a la vuelta de un camino muy bonito, arborizado y de fragancias paradisíacas. Ella iba y él venía. Ella despreocupada mirando todo a su alrededor, inhalando el aroma de las flores, disfrutando el clima benigno de ese día y los colores del paisaje. Todo parecía encantarle maravillada. Caminaba airosa y casi a saltitos, vestía color rosa pastel y llevaba la rubia cabellera adornada de claveles rojos, blancos y amarillos. Traía una hermosa cesta llena de pétalos de flores silvestres muy perfumados. El caballero caminaba erguido, venia pensativo, calmo, sereno, mirando también a su alrededor, arriba, abajo y adelante siempre. Parecía estar analizando todas las cosas y sometiéndolas a una cuidadosa observación admirativa. Paso firme y resuelto de pensador preocupado marcado con su bastón de abedul burdeos con mango de marfil. Su pelo ya pintaba algunas pocas canas. Al verse de lejos los dos tomaron actitud para saludarse respetuosamente. El caballero venía muy elegantemente vestido de azul noche, desprendía un agradable aroma de austeras lociones finas. Camisa impecablemente blanca, mancornas doradas en los puños, corbata de seda y colores sobrios de muy buen gusto. Calzaba unos distinguidos zapatos marrón oscuro de hebillas y refinado diseño. Detuvo el ritmo de su paso varonil y al cruzarse con la alegre dama le hizo una nobilísima y caballerosa reverencia que la impresionó bastante.

Ella se detuvo sin dejar de sonreír y en el acto le preguntó un tanto impertinentemente que si acostumbraba él a hacer paseos campestres tan elegantemente vestido.

-No soy de acá y estoy de paso, respondió el caballero. Solamente salí a dar un pequeño paseo pues me hospedo aquí muy cerca donde he llegado en la tarde de ayer. La dama seguía sonriendo, y preguntó si acaso estaba alojado en el palacete de los marqueses del lugar.

-Efectivamente como no mi distinguida señorita, respondió el caballero. Llegué ayer en las primeras horas de la tarde, estuve casi en vela allí toda la noche y he salido a caminar un poco. La dama respondió que era una coincidencia muy agradable para ella porque precisamente iba también para el palacete aprovechando este medio día tan resplandeciente con un cielo azul añil y el clima tan fresco. -¿Es acaso usted pariente del señor marqués o de su esposa? añadió todavía sin dejar de sonreír y dejar ver un poco su blanca dentadura.

Pariente de todos

-Me considero un poco pariente de ellos, aunque a decir verdad siento que estoy emparentado con medio mundo. La joven se agradó con tal respuesta y dijo que ella también sentía que medio mundo era su parentela.

-Vamos en direcciones contrarias pero puedo acompañarlo un rato hasta un encantador arroyo y su pintoresco puente que acabo de pasar, y están apenas a media legua, después podemos regresar juntos al palacete ¿le parece? dijo la damita. Al caballero no le pareció mala idea y aceptó gentilmente agradecido ofreciéndose a llevarle el pequeño cesto perfumado. -Oh no, respondió ella. No es nada pesado.

Al paso del caballero ella se fue adaptando mientras lo observaba detenidamente. Comenzó a elogiar la belleza del bosque, las flores silvestres, el clima tan agradable, el color ocre del camino, el viento que jugaba con su pelo, las aves que trinaban por ahí y a algunas mariposas de colores vivos que revoloteaban contentas buscado rayitos de sol para calentar sus alitas. El señor sonreía levemente aprobando todo pero su mirada seguía seria y pensativa. Al fin ella preguntó lo que tanto la tenía llena de curiosidad. ¿Cuál era la razón de su visita a la casa del señor marqués? Su hijo mayor, respondió él. ¿Algún negocio? preguntó otra vez ella. Está, moribundo, respondió el caballero. De esta noche no pasa.

Ni qué decir la sorpresa que se llevó la vaporosa mademoiseille de vestido color rosa. La expresión cambió completamente. Su mirada se hizo preocupada. -Pero hace apenas una semana lo acompañé a un paseo campestre con sus amigos y amigas, dijo. Hubo guitarras, flautas, baile, buen vino y comida exquisita sobre manteles en un prado verde. Todos vestían elegantemente trajes de montar de última moda y competían con sus cabalgaduras de paso fino. No puedo creer que esté ahora moribundo. Voy pronto para allá.

Regresan juntos al palacete

El señor le hizo una gesto condescendiente y amable queriendo seguir su camino pero ella le pidió que regresaran al palacete juntos y no entendía cómo era posible que dejara solo al joven. ¿Es usted el médico?, preguntó preocupada. El caballero no respondió nada, la miró fijamente y resolvió regresar con ella hasta el palacete del marqués. Ella sin dejar su alegre fisonomía, puso la mirada en el vacío y se tomó de una actitud pensativa. Anduvieron silenciosos hasta llegar a la reja del portal, él tomó la iniciativa de empujar una de los pesados portales de hierro ornamentado y darle el paso a ella. Ahí, sin más demora la damita comenzó a caminar más rápido con paso menudito, subió los escalones del porche, empujó el portón y entró sin pedir permiso a nadie pues todo estaba solo y lúgubre.

El amplio living estaba solitario, las escaleras al segundo piso las hizo casi a saltos, y como parecía saber dónde quedaba la habitación del joven entró agitada y de una vez. Allí estaba él lívido, ojeroso, la frente perlada de un sudor frío, los ojos entre abiertos y profundamente pensativo, resignado en calma y recostado en grandes almohadones blancos. Detrás entró el caballero con expresión tranquila. La parentela había acompañado al joven casi toda la noche y agotada por la vigilia se había retirado a descansar un rato. Al verlos a los dos junto a su lecho, él abrió bien los ojos. No le pareció tan extraño ver a estos dos personajes juntos en su lujosa habitación y él postrado en su lecho casi agonizando.

La bella joven no sabía que decir. Era evidente que aquel se moría. Ella tan bella, rozagante y vital se veía impotente. Permanecía en silencio mirándolo y con expresión seria intentaba sonreír. El silencio era casi absoluto. Al fin el señor de traje azul noche se dirigió al joven con voz suave y baja casi en confidencia para que no lo oyeran los parientes.

-Amigo, le dijo. Estamos ella y yo aquí no por casualidad sino por una disposición providencial. Este será tu último combate de la vida. Después de él pasarás a la Eternidad. Y te estamos convidando a darlo sin que tengas pena de ti mismo y no consideres que todo está perdido, que no alcanzaste a realizar los sueños y proyectos que tenías. Muere mirando de frente a la enemiga de la vida y no le tengas miedo. Alguien ya pagó tus deudas y solamente te queda agradecerle e ir al encuentro de él para besarle sus manos heridas en el combate que por ti tuvo que dar. Avanzó en el campo de batalla con el paso decidido del guerrero, no apenas para morir sino para enfrentar la muerte con serenidad, sin dudas ni flaquezas. Y conquistó para ti esta victoria final si la aceptas con valor.

Ella miró sorprendida por tales palabras al caballero, pero su semblante pareció iluminarse y entender algo que nunca había pensado, sobre todo cuando observó al joven agonizante asentar firmemente lo que oía. Sin reclamos ni protestas, aceptando en silencio lo que le estaba sucediendo se sentía preparado para el desenlace desde el día anterior. –Lo que nunca pensé, dijo él, es que los tuviera a los dos junto a mí en este momento: alegría y sufrimiento asistiendo a mi muerte. Me siento animado a dar este paso y tengo todavía muchas esperanzas y planes para mi vida eterna. Voy seguro para allá donde alcanzaré la plenitud de todo lo que anhelé y soñé hacer en la vida. Gracias. Muchas gracias a los dos… .

Por Antonio Borda

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