jueves, 01 de octubre de 2020
Gaudium news > Un sacerdote confesando a un condenado por castristas: la foto que ganó el Pulitzer

Un sacerdote confesando a un condenado por castristas: la foto que ganó el Pulitzer

Tres protagonistas, héroes todos, de una foto que en 1960 ganó el premio Pulitzer.

Redacción (26/08/2020 19:33, Gaudium Press) Tres protagonistas, héroes todos, de una foto que en 1960 ganó el premio Pulitzer. Una foto que para las antiguas generaciones es muy conocida; no tanto su historia. Más exactamente fueron 3 fotos, pero la conocida es particularmente una.

“Eran días de desenfreno, desbordamiento de todos los instintos primitivos del hombre-fiera salvaje. Era la revolución de los barbudos de Fidel Castro, que se asienta sobre montañas de cadáveres desde 1953 -cuartel Moncada- hasta hoy, con la consiguiente ruina de la patria esclavizada, destrucción de las familias, de las instituciones, de la economía, de la libertad, de todos los valores morales y virtudes heroicas de aquel país, digno de mejor suerte”.

Quien habla es el P. Domingo Lorenzo, español. Los otros dos grandes actores de esta historia, son José Rodríguez, el cabo víctima, y el fotógrafo, Andrew López.

Se trata de las fotos que tomó Andrew López a José Rodríguez, cuando iba a ser fusilado por castristas y estaba siendo asistido espiritualmente por el P. Lorenzo.

El fotógrafo

La vida de Andrew López es más que una aventura.

Nacido en Burgos en 1910, este inmigrante español llega a Nueva York cuando tenía sólo 4 años. Después de demostrar que aunque autodidacta se había convertido en excelente fotógrafo, va al frente en la Segunda Guerra Mundial, cubre el desembarco en Normandía y la entrada de los aliados en París. Cuatro días antes de esto había sido herido, por lo que fue regresado a EE.UU., pero luego vuelve al último frente, en el Pacífico, atestigua la rendición del Japón y las primeras pruebas atómicas en el atolón Bikini.

Pero como había demostrado su heroísmo al rescatar soldados norteamericanos que habían sido capturados, el entonces general Eisenhower lo había condecorado en 1947, con la mayor condecoración que puede recibir un civil, la Medalla de la Libertad. Era pues, además de fotógrafo, un héroe de guerra. Su esposa Amy estaba muy orgullosa.

Pero aún le faltaba su gran instantánea, cuando el cruel fusilamiento del cabo Rodríguez.

El cabo

El cabo José Rodríguez era padre de 7 hijos, y hombre pobre. “Era un celoso guardián del Ejército y cumplidor del deber en las misiones que se le encomendaron”, dice el P. Domingo.

“Nunca supe de qué le acusaban”, continúa, “porque entre aquella gritería ni se oían los cargos que le hacían. Sólo oí cuando William Gálvez dijo: ‘Pena de muerte por fusilamiento, y será fusilado ahora mismo. Traedme el garan (era el garan un fusil con mirilla telescópica), que yo mismo lo mataré”, cuenta el sacerdote.

El juicio fue sumario: Gálvez había hecho de fiscal y juez en un ‘proceso’ de 2 minutos. Todo ocurrió en el Castillo de San Severino.

Decidida la sentencia, lo llevaron a empujones al patio y allí el cabo encontró al sacerdote: “Padre, usted es el único amigo que aquí tengo. Todos me acusan… Ay, mis hijos. ¿Qué será de ellos? Confiéseme, que yo soy católico”. Y así lo hizo.

Poco antes de ejecutar la sentencia, el juez-verdugo Gálvez pospuso el fusilamiento, alegando que había mujeres. Pero al día siguiente se ejecutó la matanza.

Gálvez ordenó “que los fotógrafos entregasen todos los carretes de sus cámaras con los negativos, que no quería fotos… Todos los entregaron menos un americano, que con su cámara corría por los corredores en dirección a la reja-puerta, mascullando: ‘Asesinos’, ‘Asesinos’, ‘Asesinos’. Y esta es la foto en cuestión, única que se conserva en tres partes: una confesándose, otra besando el crucifijo y otra en el paredón, donde se aplazó el fusilamiento hasta el siguiente día al amanecer, que ya no vi, y lo llevaron a sepultar a Jovellanos”. El fotógrafo había hecho nueva gala de su valentía ahí.

En la ciudad de Jovellanos le entregaron el cadáver a su familia, pero antes obligaron al hijo a firmar que había accedido a la muerte del papá.

Un sacerdote ejemplar

¿Qué hacía el sacerdote ahí?

El P. Lorenzo había hecho muchas amistades entre los detenidos por los castristas, sean militares o civiles.

“Como eran mis amigos y soy fiel a la amistad, y en horas de dolor está la prueba, me agencié un salvoconducto para visitar a todos los prisioneros de la República, escrito por Celia Sánchez, y firmado por Fidel Castro, que todavía conservo, y para atender en sus últimos minutos a los condenados a muerte”.

Llegó a atender espiritualmente a 58 de sus amigos antes del fusilamiento.

“Todo era matar, matar, matar… Y después de muertos me los entregaban pasada la una de la madrugada. A aquella hora tenía que llamar a las funerarias, a los forenses, a los juzgados; lavarlos, conducirlos a la funeraria, meterlos en la caja y después dar la noticia a sus viudas, hijos, padres… y las escenas eran desgarradoras. Había que acompañarlos al cementerio, adonde iban solo los familiares y algunos barbudos”.

Los castristas se lo aguantaron por poco tiempo: “Un día me llamaron al cuartel de Matanzas y me ordenaron que dejase Cuba si no quería ir también yo al paredón”.

El 5 de abril de 1959 llegó a Madrid. No se imaginaba que una foto lo haría tan famoso. Él simplemente quería cumplir su deber sacerdotal.

A continuación el artículo que el sacerdote escribió sobre los hechos en 1962.

Los fusilamientos en Cuba

Domingo Lorenzo – ABC, 22 de noviembre de 1962

La foto que días pasados fue objeto de vivos comentarios en periódicos españoles corresponde ciertamente al cabo del ejército del general Fulgencio Batista, presidente de la República de Cuba, y es de enero de 1959, cuando este cabo, llamado José Rodríguez o “Pepe Caliente”, fue sentenciado a muerte en el castillo de San Severino, en Matanzas. El sacerdote que le está oyendo en confesión en el patio del referido castillo es el que suscribe, padre Domingo Lorenzo, a la sazón párroco en la misma ciudad de Matanzas.

Fue el primer fusilamiento en la ciudad, sin tribunales, sin defensor, sin testigos, y sólo una persona habló, vociferó, gesticuló y sentenció por sí y ante sí; esta persona era el llamado comandante William Gálvez, a la sazón jefe del ejército rebelde en Matanzas. Fue pública la vista, con proliferación de fotógrafos, corresponsales de prensa, pueblo en general, que en medio de gran histerismo, deseosos de venganza, de sangre, ebrios de todo, pedían: “¡Paredón! ¡Paredón!” por todas partes, y eran pocas las personas que en aquel castillo había que no tuviesen un fusil o ametralladora en sus manos, un poderoso revólver al cinto y una canana cruzada desde el cuello al pecho y espalda.

Eran días de desenfreno, desbordamiento de todos los instintos primitivos del hombre-fiera salvaje. Era la revolución de los barbudos de Fidel Castro, que se asienta sobre montañas de cadáveres desde 1953 -cuartel Moncada- hasta hoy, con la consiguiente ruina de la patria esclavizada, destrucción de las familia, de las instituciones, de la economía, de la libertad, de todos los valores morales y virtudes heroicas de aquel país, digno de mejor suerte.

Conocí al cabo José Rodríguez en Jovellanos, un pueblo de Matanzas, en mis largos años por aquella zona, como a su familia, con siete hijos, que vivían pobremente en Jovellanos. Era un celoso guardián del Ejército y cumplidor del deber en las misiones que se le encomendaron. Nunca supe de qué le acusaban, porque entre aquella gritería ni se oían los cargos que le hacían. Sólo oí cuando William Gálvez dijo: “Pena de muerte por fusilamiento, y será fusilado ahora mismo. Traedme el garan (era el garan un fusil con mirilla telescópica), que yo mismo lo mataré”.

Lo empujaron por la escalera abajo hasta el patio, donde cayó en mis brazos, que le estaban esperando, y al verme cayó de rodillas diciendo: “Padre, usted es el único amigo que aquí tengo. Todos me acusan… Ay, mis hijos. ¿Qué será de ellos? Confiéseme, que yo soy católico”.

Rodeados de barbudos con metralletas bastante cerca de nosotros, el cabo de rodillas y yo en pie, con una pequeña estola y un crucifijo, le oí en confesión y le absolví. Estaban apurados por llevarle al paredón, y me urgían terminase pronto desde los corredores que circundan aquel castillo-fortaleza de tiempos de España, y el William ya estaba abajo con su fusil. Lo llevé yo mismo a la pared y al ir a vendarle no quiso que lo hiciera: quería morir como un militar.

En ese momento, y cuando ya estaba yo esperando la descarga, sonó la voz de William: “Llévenlo al calabozo. Ya no será fusilado hoy. Será mañana, cuanto todo esto esté despejado, que hay muchas mujeres aquí. Llévenselo…”

Y yo mismo lo conduje casi desmayado a uno de los calabozos, donde estaba su otro hermano preso también como muchos; cayó en sus brazos y ordenó el William que saliésemos del castillo, que los fotógrafos entregasen todos los carretes de sus cámaras con los negativos, que no quería fotos… Todos los entregaron menos un americano, que con su cámara corría por los corredores en dirección a la reja-puerta, mascullando: “Asesinos”, “Asesinos”, “Asesinos”.

Y esta es la foto en cuestión, única que se conserva en tres partes: una confesándose, otra besando el crucifijo y otra en el paredón, donde se aplazó el fusilamiento hasta el siguiente día al amanecer, que ya no vi, y lo llevaron a sepultar a Jovellanos. Nadie de su familia estaba allí, y al participárselo le hicieron firmar un escrito al hijo mayor “aprobando” el fusilamiento de su padre, lo que motivó una carta en el periódico ¡Adelante! del señor Pimentel recriminando a este hijo.

¿Por qué estaba yo allí? Habían caído presos muchos amigos míos militares y civiles en los distintos cuarteles y prisiones. Deseaba visitarles en aquellos momentos de confusión, pena, dolor; cuando estaban sin afectos y sin permitírseles ver a familiares ni amigos. Como eran mis amigos y soy fiel a la amistad, y en horas de dolor está la prueba, me agencié un salvoconducto para visitar a todos los prisioneros de la República, escrito por Celia Sánchez, y firmado por Fidel Castro, que todavía conservo, y para atender en sus últimos minutos a los condenados a muerte. Y así estuve en ese castillo, en La Cabaña, en Príncipe, Varadero, Cárdenas, Jovellanos, Colón, Santa Clara, Cienfuegos, etc., donde había amigos míos presos, conocidos o no; pero presos, y sus familiares me requerían.

En honor a la verdad digo que en aquellas fechas me dieron toda clase de facilidades los barbudos. Era el “26 de julio” y con unos rosarios que llamaban “collaritos”, unas medallas y unos crucifijos regalados; un gorrito del “26 de julio” sobre mi cabeza, y mucho valor, se llegaba a todos los calabozos, se cruzaban todas las carreteras, guardarrayas, caminos y vericuetos a altas horas de la noche con un buen automóvil, salvando gente del paredón…

Era ya mucho para aquella tensión, después de haber asistido a cincuenta y ocho amigos fusilados. Estaba cansado, nervioso por la impotencia en que me vi de salvarlos en el tiempo y vida terrenal, incluso ni a los que me habían favorecido “antes” salvando a fidelistas a petición de ellos mismos, y “después” estos salvados no atendieron un ruego mío ni de nadie.

Todo era matar, matar, matar… Y después de muertos me los entregaban pasada la una de la madrugada. A aquella hora tenía que llamar a las funerarias, a los forenses, a los Juzgados; lavarlos, conducirlos a la funeraria, meterlos en la caja y después dar la noticia a sus viudas, hijos, padres… y las escenas eran desgarradoras. Había que acompañarlos al cementerio, adonde iban solo los familiares y algunos barbudos.

Me atreví a acompañar el duelo en el cementerio de Matanzas y en el de Colón, de La Habana, y… ya no me dejaban vivir. Era bien claro el marxismo despiadado y bien ensayado, y un día me llamaron al cuartel de Matanzas y me ordenaron que dejase Cuba si no quería ir también yo al paredón “por ser el único defensor del ejército de Batista y de los llamados criminales de Guerra” (que tenían un alma que salvar también). Era un viernes, y el sábado, a las cinco de la tarde, en uno de los aparatos de Iberia, salí para Madrid, adonde llegué el cinco de abril de 1959. Muchas más cosas yo sé que no caben en cuartillas. Lo que pasó después todos lo conocemos.

¡Dios salve a Cuba!

Con información de artículo de Carmelo López-Arias en ReligionenLibertad

Deje su Comentario

Noticias Relacionadas