lunes, 17 de enero de 2022
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Va cansando, como cansa, eso que dizque descansa

Solo triunfarán los que se consideren calcañar.

Redacción (30/11/2021 17:21, Gaudium Press) Lo que dicen que descansa, eso cansa, sea la agitación o la búsqueda de placer desmedido. Y eso a los hombres ya los cansa, los envicia pero no los descansa.

Ya no es tan noticia, aunque se quiera hacer noticia, que se inventó un automóvil que supera la barrera de los 500 kms por hora. ¿Para qué o tras de qué, correr más?

La próxima generación de móviles que corran a 10.000 megas de descenso por las curvas, ya no será por ello tan noticia. ¿Para qué si ya manejamos los celulares de las entonces hipervelocidades y eso no dio la felicidad? Ni lo será tampoco el próximo Concorde que viaje de Londres a Nueva York no en tres sino en dos horas. Ya no. Estamos hartos de correr, de llegar exhaustos a esas metas y percibir que no estaba ahí la felicidad.

La gente también se desencanta cada vez más del dictado ‘placer = felicidad’; ya ha probado mucho placer y sin embargo no tiene felicidad.

No es esta una diatriba contra el legítimo placer, sino contra los autores de los muchos mensajes que nos dicen con letras, sonidos o imágenes, que máximo placer = máxima felicidad. También habría que definir en estos campos qué es placer, pero resumamos diciendo que lo que los corifeos de la publicidad dicen que es ‘placer-felicidad’ es el mero placer animal. Y el mundo ya se está desilusionando de ese placer. Eso, por lo demás, es una buena, una buenísima noticia.

Porque la felicidad no está solo en el gozo, sino en el dolor, en el sacrificio, en el sufrimiento. Parece raro, pero en el fondo sabemos que así es. Un éxito obtenido sin sacrificio sabe a insípido, es inodoro e incoloro. Si se gana la carrera pero no se suda, es como comer un angus sin sal, como probar un créme brulée sin lait.

Pero si hay unos tiempos que le tienen miedo al sacrificio son los actuales. Si hay unas gentes que se apavoran con el esfuerzo somos las de hoy. Y con justa causa, pues es que no tenemos fuerza: siglos de vivir para el placer, a la búsqueda del mero placer, nos han vuelto moles, sin voluntad, de gelatina y de melcocha blanda, somos la civilización de lo líquido y de lo gaseoso. Somos casi fantasmas. Por lo tanto, si la felicidad está en la conquista sacrificada y ya no somos capaces de sacrificio, el problema es insoluble, y el camino es el auto-aniquilamiento, como parecen desear muchos de los más jóvenes.

Pero no, ni siquiera el mundo de hoy está hecho para el absurdo, Dios tiene la solución.

Nunca Dios quiso que el hombre viviera alejado de él, porque el hombre fue hecho para ser receptáculo de su gracia. El ser humano es como la caja de joyas para guardar los collares de rubíes y los anillos de Dios. El hombre es como el frasco hecho para custodiar la colonia magnífica de la gracia del Señor. La cuestión hoy es que la caja de joyas está carcomida, el frasco es más frágil que el papel. Y aún así, Dios quiere que la caja guarde sus joyas, que los frascos contengan sus aromas. Y lo más importante no es la caja, no es el frasco, son las joyas, son los aromas.

Al hombre desgastado de hoy, no le va quedando sino una de dos vías: continuar por el camino del vicio ya no feliz sino esclavizante, y del aniquilamiento, o comenzar a trillar un camino que comienza juntando las manos para rezar y pedir la gracia de Dios, que llega con la oración, que todo lo puede y lo restaura.

Y – oh paradoja, como al hijo pródigo – tal vez al hombre hoy le sea más fácil hincar la rodilla y juntar sus manos rumbo al cielo, pues tal vez le sea más fácil reconocer su miseria e insuficiencia, esa que no tenía ni Tutankamon, ni César ni Godofredo.

Al hombre de hoy le es más fácil reconocerse calcañar, esa humilde parte del pie: pero la Virgen triunfará es con los miserables calcañares que se vuelvan sus dóciles instrumentos para pisar la orgullosa e inicua cabeza del autor del mal.

Por Saúl Castiblanco

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