martes, 05 de julio de 2022
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¿‘Viva Francisco’ o ‘Viva el Papa’?

En su blog en L’Espresso, Sandro Magister analiza los riesgos de un proceso de “personalización del papado”.

Redacción (29/06/2021 10:11, Gaudium Press) En la última edición de su bastante leído blog en el medio italiano L’Espresso, Sandro Magister analiza lo que enuncia como los riesgos de una personalización del papado.

Magister comenta un artículo de Leonardo Lugaresi, en el que este autor habla de la llamada ‘crisis de los carismas’, es decir, variados casos en los que ha ocurrido una “apropiación del carisma” dado por Dios a una comunidad, apropiación caracterizada por “personalismos, centralización de funciones, así como expresiones de autorreferencialidad, que fácilmente provocan serias violaciones a la dignidad y libertad personales e, incluso, verdaderos abusos”, según se define en la nota explicativa que acompaña el reciente decreto del Dicasterio de los Laicos sobre rotación en órganos gubernativos de las Asociaciones de Fieles reconocidas por la Santa Sede.

Un problema de mucha más atención si se da a nivel de la Iglesia universal

Pero cuidado, advierte también Lugaresi, pues “en la actual situación eclesial, el problema de la personalidad parece afectar también directamente a la institución Iglesia, es decir precisamente a ese polo que, por su naturaleza, debería estar en tensión benéfica con los carismas personales”.

Sería algo como una personalización del carisma universal de la Iglesia, porque “en la Iglesia hace algún tiempo se está llevando a cabo un proceso que podríamos denominar de personalización del papado”, algo que es “considerado providencial” por muchos, pero del cual “ahora también se perciben mejor los aspectos negativos”.

Una personalización del papado, consistente en el prevalecer en la “percepción de los fieles pero también en el estilo de ejercicio de la autoridad pontificia, de elementos propios de la personalidad de aquel que es titular ‘pro tempore’, sobre su peso institucional que, por otro lado, es independiente de la persona que cada vez lo lleva sobre sus hombros”. Algo así como que, sí, Ubi Petrus ibi Ecclesia pero que muchos entienden como que sólo ese Petrus es la Iglesia.

“En términos más simples, esto significa que a estas alturas, para casi todos nosotros, Francisco, o Benedicto, o Juan Pablo, o cualquier otro, son mucho más importantes que la función del papa como tal”, dice Lugaresi.

Cree este autor que ese proceso de una “evolución personalista” del papado puede haber iniciado con el beato Pío IX. Se recuerda fácilmente la expresión de Don Bosco, quien pedía a sus birichini que no gritaran ‘Viva Pío IX’, sino ‘Viva el Papa’.

Una personalización del papado, en la que es la personalidad del Pontífice reinante “la que quedaba en primer plano” más que su misión de sucesor de Pedro.

La mediatización de la experiencia del Papa

Encuentra Lugaresi que en ese proceso “jugó un papel decisivo” un fenómeno que el titula como “mediatización de la experiencia”, entendido como la fuerte exposición experimental que los medios desarrollan junto al gran público, incluidos los católicos, de la figura del sucesor de Pedro reinante. Pero este fenómeno, hoy puede ser extremo:

“La tensión fisiológica entre la dimensión institucional de la autoridad y la personalidad del sujeto que la ejerce ‘pro tempore’, que siempre ha existido, en la actual sociedad del espectáculo es exasperada (y en parte también deformada) por el sistema de comunicación mediático, que realza, amplifica y deforma la personalidad del líder y lo vuelve ilusoriamente cercano y familiar al pueblo, proyectando su imagen en la pantalla de representación pública que oculta su función institucional. Todos creen conocerlo, o incluso ser familia, por haberle visto innumerables veces en la pantalla, pero más aún por haberle visto hablar y actuar según un estilo comunicativo creado específicamente para dar – ¡a distancia! – la impresión de que se dirige a cada uno de nosotros, como en una relación de proximidad”, afirma Lugaresi.

Esta facilidad de la exposición mediática de la figura del papa del momento, a la par que es una “innegable oportunidad pastoral”, puede conllevar un “problema para la Iglesia” en la mente de Lugaresi, pues “la personalidad – ¡cualquier personalidad! -, en su función de instrumento de transmisión del anuncio cristiano (es decir, como vasija de barro que contiene un tesoro, según la conocida metáfora de san Pablo), sólo puede ser una ayuda para algunos y un obstáculo (o al menos no una ayuda) para otros”.

Una personalización del carisma en una comunidad, con los riesgos arriba señalados, es sin embargo menos complicada que cuando esa personalización afecta a toda la Iglesia en la persona del Papa, pues a un carisma el fiel puede adherir o no, mientras que las «estructuras jerárquicas” ligadas al papado “conciernen y gobiernan a todos, y nadie puede ignorarlas impunemente, y por el otro ella [la Iglesia] tampoco puede evitar encarnarse en personas, cada una con su propia personalidad”.

No es lo mismo a que el párroco tenga una personalidad desbordante

“Mientras permanezca en los niveles bajo e intermedio, el inconveniente constituido por una personalidad que eclipsa su propia función institucional de manera no positiva para la fe de los demás, se puede resolver con relativa facilidad, en virtud de la libertad reconocida a los fieles. Si, por ejemplo, la personalidad desbordante de mi párroco no es una ayuda sino un obstáculo para mi camino de fe, nada me impide ir a otra parroquia”.

“Pero con el papa, evidentemente, todo esto no funciona, porque papa solo hay uno (¡incluso ahora, por mucho que digan algunos mal informados!) y es para todos. Que tenga una personalidad, como todo el mundo, es natural. Pero que, en el ejercicio concreto de la función petrina, en los últimos ciento cincuenta años, por una serie de razones que aquí no es posible profundizar, el peso de la personalidad pontificia haya ido creciendo hasta llegar a ser predominante, como lo es hoy, no creo que sea bueno”. Lugaresi concluye con esos pensamientos, pues considera que no pretende conseguir “aclarar un problema tan delicado y complejo”, pero sí quiere plantearlo. (Gaudium Press / Saúl Castiblanco).

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