sábado, 04 de abril de 2026
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La espada que atravesó el Corazón de la Santísima Virgen

Nunca nadie sufrió tanto, con tanta fuerza y altivez, como la Madre de Dios. Uniéndose a las intenciones de la Trinidad Santísima, Ella quería el aplastamiento del demonio y de la Revolución para siempre

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Redacción (04/04/2026 07:38, Gaudium Press) En la presentación del Niño Jesús en el Templo, en determinado momento se acercó a Nuestra Señora el profeta Simeón y prenunciaba para María Santísima un sacrificio: “Una espada traspasará tu alma” (Lc 2, 35). Es decir, Ella tendrá uno de los sufrimientos más atroces que una persona puede soportar. Y él anuncia eso con treinta y tres años de antecedencia.

María Santísima cargó la previsión de ese sufrimiento durante todo ese tiempo y lo vio llegar a lo lejos. Así, su alma inmaculada, creada sin pecado original, se fue perfeccionando y santificando en la larga previsión y aceptación del dolor que debería venir.

Entonces, encontramos esa analogía entre la vida de Nuestro Señor y la de su Madre Santísima: la vida de Nuestra Señora fueron treinta y tres años de Huerto de los Olivos, a lo largo de los cuales Ella previó la Pasión y la cruz en medio de alegrías inenarrables.

Ella fue viendo a su Divino Hijo crecer, prepararse para la vida pública – durante la cual esa espada de dolor la esperaba –, salir de casa, oyendo hablar de los rumores creados en torno a Él y del odio que subía y lo rodeaba por todos lados. Era el mal, que habría de armar contra su Hijo el golpe más atroz posible. Y Ella, que lo adoraba como a su Dios y a su Hijo, sintiendo el pecado horrible que estaba siendo preparado, consideraba de frente los tormentos que deberían venir.

El resultado fue la hora magnífica de su fidelidad: mientras tantos hombres desertaron, Nuestra Señora se encontraba de pie junto a la cruz. No era de dudar que lo estuviese, pues estaba confirmada en gracia; pero Ella se encontraba allí como fruto de una larga preparación. Es decir, no desmayada, ni desfalleciendo, ni quebrantada por los acontecimientos.

La iconografía católica presenta, en todos los siglos, a María Santísima muy firme, de ningún modo desorientada, sin dominio de sí, o deseando huir. Esas son pasiones viles que no cabrían en su alma, a las cuales se contraponían, en el orden teórico, virtudes más excelsas que Ella había elevado al más alto de los grados supremos. Nunca nadie sufrió tanto, con tanto dominio de los acontecimientos, comprendiendo tanto la lógica de lo que sucedía, con tanta fuerza y altivez, con tanto odio al mal, cuanto Nuestra Señora.

Para aplastar al demonio, Nuestra Señora deseó los sufrimientos más atroces

Ella sabía que todo el mal en el mundo sería aplastado en el momento en que su Divino Hijo expirase. Durante todo el tiempo, la Santísima Virgen estuvo en la siguiente disposición: “Adoro a mi Hijo, pero si es necesario sacrificarlo para aplastar al demonio y derrotar el poder de las tinieblas, concuerdo en que mi propio Hijo muera. Yo lo entrego, por así decir, lo inmolo. Esa espada, Yo misma la clavo en mi propio Corazón. Pero es necesario que el demonio sea aplastado. Es necesario que el mal – que hoy llamamos Revolución – sea despedazado para siempre. Me uno a las intenciones santísimas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y hago este sacrificio horroroso. Pero eso que está aconteciendo en lo alto de la cruz, lo quiero, y no dejo de quererlo un instante, con toda la intensidad de mi ser.”

Si esto no es espíritu de combate, disposición para arrasar al adversario, entonces no sé qué más significan esas palabras.

¡Treinta y tres años de preparación! ¿Qué tiene eso en común con la vida de Nuestro Señor? Para no hablar de preparación remota, en el Huerto de los Olivos Nuestro Señor quiso meditar y prever todo lo que le sucedería.

Entonces, Él comenzó a sentir horror y pavor de lo que vendría, e hizo aquella oración: “Padre mío, si es posible, apártese de mí este cáliz” (Mt 26, 39), es decir, “si no fuere una condición para que el género humano sea redimido, en fin, si dentro de vuestros designios fuere posible derrotar al demonio sin eso; no obstante, hágase vuestra voluntad y no la mía. Yo acepto y quiero todo ese sufrimiento para llegar a ese resultado”.

Orden mental, lógica, calma y generosidad suprema, indicando cuál es la témpera del varón católico ante el dolor, y el amor al sufrimiento que se debe tener.

Espada que representa el dolor y la lucha

Muchas veces, en nuestra vida hay aspectos triunfales en medio de la guerra en que nos movemos. Pero necesitamos persuadirnos bien de que lo normal, la lucha tremenda que estamos teniendo, es que vengan varios momentos en los cuales una espada de dolor traspase el alma de cada uno de nosotros.

A veces parecemos derrotados, desorientados, abandonados por la Providencia, como dice el salmo que Nuestro Señor recitó en lo alto de la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?” (Mt 27, 46).

Debemos colocarnos delante de esta perspectiva: esas son cosas que pueden acontecer, nuestra lucha no será siempre una parada de victorias. No seríamos dignos de Nuestro Señor Jesucristo, ni de su Madre Santísima, si eso fuese así. Es menester que tengamos delante de los ojos siempre la idea de que una espada de dolor nos atravesará en determinado momento.

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Debemos pedir a Nuestra Señora que nos obtenga la gracia, que bajo determinado punto de vista no temo en llamar de suprema, de desear, amar y, desde ahora, preparar nuestra vida para esa hora. Porque, así como la hora de la espada, junto con la de la Encarnación, fue la gran hora de la vida de la Santísima Virgen – la hora de la fidelidad –, así también podemos decir no haber sido la gran hora de nuestra vida solamente la vocación, sino que va a ser la hora de la perseverancia, que corresponderá a la hora de la espada.

Ojalá nosotros tuviésemos una espada que, con el más grande furor guerrero y de un modo más terrible, representase al mismo tiempo el dolor que debe traspasar nuestras almas, y la lucha contra nuestros adversarios, y yo la pondría como símbolo en nuestra capilla, porque, más que una resignación, nos debe caracterizar una sana y equilibrada apetencia de esa espada.

Se cuenta que Nuestro Señor, cuando recibió la cruz, antes de colocarla a cuestas lloró de emoción, la abrazó y la besó con mucho cariño, porque desde siempre la había deseado. Ojalá en la hora de nuestra espada, podamos también llorar varonilmente de emoción, besarla con mucho cariño y decir que desde siempre la deseábamos. Es el pedido de amor a esa espada que debemos presentar a Nuestra Señora de los Dolores.

(Extraído de una conferencia proferida por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira el 9 de abril de 1965. Traducido de la Revista Dr. Plinio, No. 240, marzo de 2018, p. 14-18. Editora Retornarei Ltda., São Paulo, Brasil)

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