Inmolado en la Cruz, venció la muerte, resucitando, restauró la vida, dando esperanza y certeza en la “noche” de este mundo. Que el mal no tenga la última palabra.
Redacción (05/04/2026 10:59, Gaudium Press) “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe”, afirmaba el gran San Pablo (1 Co 15, 14). La Pascua de Resurrección, “la solemnidad de las solemnidades”, de la que Tertuliano – el «padre de la teología latina» (155-220) – decía: “sumad todas las solemnidades de los gentiles y no llegaréis a nuestros cincuenta días de Pascua” (Cf: De Idolatría, cap. 14).
Difícil es transmitir el más bello de los episodios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. En las blancas vestimentas sacerdotales, el incienso, las flores, las velas y, en la liturgia toda, aparece el júbilo con el Aleluya y los cantos sacros de exultación. Todo tiene una nota de alegría dominante en esta celebración de la Resurrección del Señor. Lo había anunciado cuando: “comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21); David imploraba: “no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción” (Sl 15, 10); Isaías profetizaba: “El Señor quiso triturarlo en sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, y prolongará sus años” (Is 53, 10).
El profeta Daniel había anunciado que, “setenta semanas (490 años) están decretadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa…para que se cumpla la visión y profecía, y para ungir el santo de los santos”, “matarán a un ungido inocente”, “cesarán los sacrificios y ofrendas, y pondrá sobre el altar la abominación de la desolación” (Dan, 9, 24-27).
Cuando Jesús “exhaló su espíritu… el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo”. Ocurrió una transformación de todo el ambiente y de la naturaleza, “la tierra tembló, rocas se resquebrajaron, se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos”; el Centurión y sus hombres, aterrorizados, afirmaban: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mt 27, 50-54).
Para los suyos todo parecía la derrota de Aquel que había manifestado tanto poder en innumerables curas, caminando sobre las aguas, multiplicando los panes, los mares y vientos le obedecían, los demonios eran expulsados por su propia fuerza. Helo aquí, crucificado entre dos ladrones, insultado por todos los que allí pasaban, con frases hirientes de los sumos sacerdotes y los escribas que se burlaban de él: “A otros ha salvado y él no se puede salvar…que baje ahora de la cruz y le creeremos” (Mt 27, 42).
Los legionarios romanos verificaron su muerte. Procedieron a su sepultura, la sellaron con inmensa piedra y, además, los judíos pidieron soldados de guardia. Todo había terminado. Imposible, humanamente, abrir el sepulcro. Menos aun consideraban que fuese capaz de pasar de la muerte a la vida.
Los apóstoles se ocultaron por prudencia – excepto Juan que no desamparó a la Santísima Virgen durante la Pasión -, ninguno de ellos apareció en el Calvario, ni para llevar a Jesús al sepulcro. Fueron llegando al Cenáculo consternados, confundidos, todo estaba perdido. El Reino esperado confusamente por ellos fue una quimera.
El sábado transcurría sin esperanza, estaban solos y abatidos. Por cierto, Juan les estaría contando las terribles escenas en el pretorio, camino al Calvario y en la cruel crucifixión. Ninguno pensaba en la Resurrección, claramente anunciada en diversas oportunidades a los suyos. Nuestro Divino Salvador reposaba en el sepulcro. Por el contrario, el Sanedrín – Consejo Superior de los judíos – consideraba que sus seguidores podrían robar el cuerpo, en cuanto ellos… ni siquiera se atrevieron a aparecer en las calles.
Ocurrida la Resurrección, los que guardaban el sepulcro fueron a comunicar a los sacerdotes lo ocurrido. Éstos, de acuerdo con los ancianos, dieron una fuerte suma encargándoles: “Decid que sus discípulos fueron en la noche y robaron el cuerpo, mientras vosotros dormíais” (Mt 28, 13). Mientras dormían … ¿cómo pudieron ver?, intentaron tapar el sol con cortinas.
Las santas mujeres, que no habían tenido noticia alguna de parte de Jesús de que resucitaría al tercer día, estaban con la preocupación de embalsamarlo. En la víspera no pudieron por la cercanía del día de sábado. Apenas se puso el sol se podía ir sin infringir la ley, fueron de camino, con los perfumes, para amortajarlo con más cuidado.
La pesada piedra, que hacía del sepulcro un lugar impenetrable, se había abierto leve y rápidamente, y Él, Cristo Jesús, resucitó por su propio poder, no precisó de nadie, como fuera el caso de Lázaro resucitado por el poder de Jesús. Irrumpió a plena luz, en la mañana de Pascua y permanecería durante cuarenta días en especiales circunstancias ante apóstoles, santas mujeres y discípulos, nuevamente. Los cuatro Evangelios, las Cartas de San Pablo y San Pedro, los Hechos de los Apóstoles, nos relatarán esos momentos.
Los propios evangelistas callan sobre la primerísima y más importante aparición, es de sentido común, y los autores serios están plenamente de acuerdo en que Jesús se apareció a su Santísima Madre apenas resucitado. Ella creyó y confió, conservando su fe en esos momentos de desolación -María de la Soledad -, sabía que habría de resucitar. Es bien probable que haya dado instrucciones a los evangelistas para mantener silencio al respecto. Sería un sin sentido que el Divino Salvador apareciera a las santas mujeres y a los apóstoles sin haber dado prioridad a María Santísima.
En segundo lugar, se apareció a la que llamó con gran afecto por su nombre, María Magdalena (Jn, 20, 16). En tercer lugar, a las otras mujeres que, “se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él” (Mat. 28, 9). Los apóstoles consideraron estos relatos de las santas mujeres como delirios. Pedro, sin embargo, quiso ver, y corrió al sepulcro, le acompañó el discípulo Juan. Todo lo que habían dicho era verdad (Lucas 24,11-12). Aquel mismo día a dos discípulos camino de Emaús, “Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos” (Lc 24, 15), volviéndose a Jerusalén, encontraron a los Once, que decían: “Ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Mt 24, 34).
Finalmente se presentó a los Once, penetrando en la sala enteramente cerrada: “Paz a vosotros”, echándoles “en cara su incredulidad y dureza de corazón” (Mc 16, 14), “¿por qué surgen dudas en vuestro corazón”, “esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros” (Lc 24, 38-44).
Llama la atención que el más importante de los milagros, fundamento de nuestra fe, no fue comunicado primero a los apóstoles, que serían los que lo anuncien al mundo, sino a mujeres, entre ellas, a María Magdalena, heraldo de la buena nueva de la Resurrección del Señor.
Inmolado en la Cruz, venció la muerte, resucitando, restauró la vida, dando esperanza y certeza en la “noche” de este mundo. Que el mal no tenga la última palabra y que, “en los tiempos turbulentos que vivimos, ‘Pedro’ conserve su total libertad de anunciar a Jesucristo muerto y resucitado, único horizonte para decir la verdad y anunciar a Jesucristo” (León XIV, 18-2-2026).
Por el P. Fernando Gioia, EP
(Publicado originalmente en La Prensa Gráfica, 5 de abril de 2026.)






Deje su Comentario