viernes, 29 de mayo de 2026
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El ‘pulchrum’ conduce a Dios

El mes de junio es tradicionalmente dedicado al Corazón de Jesús.

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Redacción (29/05/2026 15:36, Gaudium Press) El mes de junio es tradicionalmente dedicado al Corazón de Jesús. También en junio se celebra un tesoro que nos viene del mismo Corazón traspasado por la lanza: la Eucaristía. Estas son dos solemnidades litúrgicas: El Corpus Christi y el Sagrado Corazón.

Hay un maravilloso cántico eucarístico compuesto por Santo Tomás de Aquino llamado “Verbum supérnum pródiens” que significa (en una traducción libre) “El Verbo que viene de lo alto”. Es una referencia a la Encarnación y a la Eucaristía. Hay una versión de este cántico en gregoriano; lástima que no nos es dado lograr que salgan melodías de un artículo escrito…

Como se sabe, el canto gregoriano es un tipo de canto llano simple, monódico (es decir, no polifónico), con una música supeditada al texto. Se utiliza en la liturgia Católica Romana. La dependencia y concordancia entre la melodía y la letra en una pieza musical sacra se impone, so pena componer un desacierto incoherente. Esta noción tan elemental va perdiendo vigencia en nuestros días; algunas músicas que oímos en ciertas parroquias dejan mucho que desear.

Ya en las comunidades de la Iglesia primitiva se delineaba esa forma de alabanza a Dios, pero fue San Gregorio Magno (de ahí el nombre “gregoriano”) que recopiló y organizó su práctica en los albores del siglo VII. Actualmente no solemos escucharlo en las iglesias, aunque perdura en diversos monasterios.

El himno de Santo Tomás, distribuido en seis estrofas, es un mini compendio teológico de los misterios redentor y eucarístico.

– Bajó a la tierra el Verbo de Dios sin dejar la derecha del Padre.

Viniendo para realizar su obra, llegó al término de su vida.

– Habiendo sido entregado por un discípulo a enemigos criminales,

Se entregó primero a sus amigos para ser sustento de sus vidas.

– Y les dio debajo de las dos especies su propio Cuerpo y Sangre

Para que las dos substancias alimentasen así a todos los hombres.

– Al nacer se entregó como compañero, al comer como alimento, al morir

como rescate y al reinar, como premio o recompensa.

– Oh Hostia de salvación que abrís las puertas del Cielo,

Dadnos fuerza y valentía en las guerras que nos hacen nuestros enemigos.

– ¡Al Señor, uno y trino, gloria por todos los siglos!

Que Él nos dé en la Patria celestial la vida imperecedera.

En estos versos están dichas importantes verdades de la fe: 1) Que Jesús se encarnó sin dejar su asiento celestial junto al Padre; 2) Que antes de entregarse a sus enemigos para ser inmolado (mediando la traición de Judas) se entregó a sus discípulos como alimento en la Eucaristía, para sustentar sus vidas mediante las especies de pan y vino transformadas en su Cuerpo y su Sangre. 3) También – y esta formulación es muy feliz – que en el pesebre Jesús quiso ser nuestro amigo, en el Cenáculo nuestro alimento, en el Calvario nuestra redención, y en el paraíso celestial nuestra eterna recompensa. 4) Que la Hostia santa es prenda de inmortalidad, nos abre las puertas del cielo. 5) Y que para llegar a la bienaventuranza precisamos luchar contra los enemigos del alma – el demonio, el mundo y la carne – sobre los cuales venceremos por la fuerza del Pan del cielo. El himno concluye con alabanzas a la Trinidad y ardientes deseos de salvación eterna.

Lo que un prolongado curso teórico lograría inculcar en nuestro conocimiento racional, y a veces a duras penas, se obtiene experimentalmente al escuchar y meditar este suave cántico, pues la música penetra en el corazón, aviva el sentimiento, esclarece la mente y abre el apetito de las cosas sobrenaturales. En fin, una vez más lamentamos que el oído no pueda satisfacerse plenamente con el canto llano al leer estas líneas en prosa… ¡pero el tema no es prosaico!

Unum, verum, bonum, pulchrum”. La unidad, la verdad, la bondad y la belleza son realidades trascendentales que, juntas, aproximan – con las inevitables limitaciones del lenguaje humano al intentar “clasificar” la infinitud – a la idea de Dios. Solo que, al considerar a Dios y a todo lo que es según Él, se suelen privilegiar los tres primeros trascendentales, subestimando el último.

San Pablo enseña que “la fe nace del mensaje que se escucha”, fides ex auditu (Rm. 10,17). La fe viene de la palabra, y si la palabra está ornada con bellas melodías ¡tanto mejor! Ahora, pensemos también en los otros sentidos corporales que pueden avivar la fe: la vista, el paladar, el tacto y el olfato. Al fin y al cabo, la persona es un compuesto de alma y cuerpo, no es puro espíritu.

Salgamos del contexto trivial de la vida cotidiana dejando de lado las ocupaciones prácticas que nos absorben, e imaginemos una escena nada banal, haciendo una composición de lugar:

Supongamos estar en un bello templo donde el Santísimo está expuesto, escoltado por velas que despuntan dentro de la luminosidad discreta y tamizada de vitrales coloridos; donde estemos cómodos y distendidos, pudiendo así rezar mejor; en que el sonido armonioso del órgano y el aroma del incienso concurre para hacer la oración deleitable – ¿acaso no usamos la expresión “el buen olor de Jesucristo” o “la fragancia de Cristo” para referirnos a su divina presencia? –; y en que un apetito inocente nos sugiere al espíritu sabores deliciosos como el del vino de Caná, o el de los panes multiplicados en la montaña; sensación mucho más espiritual que física. ¿Fantasía o meta ideal?

Se ha dicho con razón que “la belleza salvará al mundo”. Muchos católicos bautizados se alejan de la Iglesia porque no se tiene suficientemente en vista a la belleza como una pauta pastoral. Atención: la integridad de nuestra fe no se ajusta con la mediocridad o el mal gusto.

Por el P. Rafael Ibarguren, EP

(Publicada originalmente en www.opera-eucharistica.org)

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