Con el simple recuerdo de que moriremos, seremos sepultados y esperaremos hasta ser gloriosamente resucitados, adquiriendo un cuerpo espiritualizado, anticipamos ese momento de extraordinaria belleza en el que triunfaremos, como la Virgen María el día de la Asunción.
Redacción (14/08/2026 14:57, Gaudium Press) Los últimos años de la vida terrenal de la Virgen María estuvieron marcados por la paz y una intensa comunión con lo sobrenatural. Recibía la visita diaria de su Divino Hijo y de su castísimo esposo, San José, acompañados por numerosos ángeles. Venían a acompañarla y a aliviar la inmensa añoranza causada por su separación.
Con cada nuevo viaje, con cada nueva visita, la Virgen intensificaba su éxtasis por Ellos, hasta el punto en que ya no era posible aumentarlo, pues su Corazón rebosaba de amor. Sin embargo, como el fuego jamás se extingue, ardía con el deseo de expandirlo aún más. En ese momento culminante, Nuestro Señor le comunicó a su Madre que había llegado la hora de dejar esta tierra y emprender el viaje al Reino de los Cielos. Entonces le preguntó si prefería partir sin pasar por la muerte o seguir el camino de todos los hombres, el que Él había recorrido.
Para María, la pregunta no se planteó: si Jesús había elegido la muerte para sí mismo, y su esposa virginal había hecho lo mismo, ¿cómo podía ella elegir otro camino? Sin la menor vacilación, eligió la imitación más perfecta de su Divino Hijo: ¡quería el camino de la muerte! Complacido con su actitud, Nuestro Señor le dijo que su voluntad sería respetada. Sin embargo, Él le concedió una muerte sin dolor, pues no le permitiría sufrir más de lo que ya había padecido a lo largo de su vida, especialmente durante la Pasión, que, soportada con extrema valentía, le había valido los títulos de Reina de los Mártires y Corredentora de la humanidad.
Contemplen la maravilla de una criatura humana que, de plenitud en plenitud, de perfección en perfección, había alcanzado el límite extremo de toda medida, hasta que casi no había diferencia entre su comprensión del universo y la visión misma de Dios. ¿Qué le faltaba?
En un éxtasis de amor, ¡se duerme en el Señor!
Su Corazón se expandió tanto de amor que su cuerpo no pudo resistir… Un éxtasis la llevó a la eternidad y se durmió en el Señor, con su Divino Hijo y San José a su lado. Una multitud de ángeles cantó y se sintieron gracias sobreabundantes.
El paso del estado de sufrimiento al estado glorioso no significó para María Inmaculada una ruptura devastadora en su ser, como les ocurre a los hombres comunes. Desde su nacimiento, tuvo una comunión constante e intensa con los espíritus angélicos, y aún más pronunciada fue su comunión con su Hijo, el Verbo Encarnado, que nunca cesó, ni siquiera después de la Ascensión. Con el paso de los años, nuevos universos de gracias y dones brillaron en su alma, pues su conocimiento y amor a Dios, aunque siempre plenos, eran capaces de crecer. En cierto momento, la fe dio paso a la visión, y ascendió al Cielo llena de virtudes y gloria; en resumen, llena de la Santísima Trinidad.
Asunción: Ascenso al Cielo por el Poder de la Gracia
Por ello, es esencial corregir cierta representación visual ofrecida por algunas obras de arte, incluso piadosas, en las que María aparece envuelta en una nube, elevada al Cielo por pequeños ángeles, representados a menudo como si se esforzaran por llevarla.
En verdad, puesto que su alma estaba en la visión beatífica, su cuerpo resucitado ya gozaba de agilidad, una de las cualidades de este estado. Se movía con extraordinaria facilidad, con la velocidad del pensamiento, pudiendo ascender al Cielo por sí misma. ¿La acompañaron los ángeles? Sí, pero por veneración, sin necesidad de transportarla, ya que poseía más gloria que todos ellos juntos.
¿Por qué la Asunción de Nuestra Señora?
Otra razón de la pertinencia de este magnífico acontecimiento es la restitución a Dios por todos los beneficios concedidos a la humanidad. Puesto que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad descendió del Cielo para encarnarse, trayendo al mundo la divinidad humanizada, sería apropiado que una persona humana hiciera una ofrenda armoniosamente opuesta y llevara al Cielo lo mejor de la santidad, lo más bello, excelente y extraordinario que pudiera existir en la Tierra: la humanidad divinizada. Esta misión estaba reservada a María.
Por otro lado, ella fue el tabernáculo del Hijo de Dios durante los nueve meses en que concibió la santísima humanidad de Cristo. Era comprensible que, habiéndolo recibido como tabernáculo en la Tierra, también la recibiera a ella en su Santuario Celestial.
Esta Solemnidad de la Asunción nos abre grandes puertas y un camino luminoso y florido hacia la salvación eterna. Ante la promesa de nuestra resurrección, que nos da el misterio de la Asunción de María Santísima, debemos considerarnos unos a otros según este ideal, como si ya hubiéramos resucitado, pues, por encima de las aflicciones y las pruebas de esta vida, brilla la esperanza de la glorificación hacia la que caminamos.
Con el simple recuerdo de que moriremos, seremos sepultados y esperaremos hasta ser gloriosamente restaurados, hasta adquirir un cuerpo espiritualizado, anticipamos ya ese momento de extraordinaria belleza en el que triunfaremos, como Nuestra Señora el día de la Asunción.
Cómo celebrar la fiesta de Nuestra Señora de la Asunción
Vivamos buscando los bienes del cielo y que nuestros pensamientos sigan el camino de la Virgen María. Ella entró en el Cielo en cuerpo y alma y fue exaltada; nosotros, en este tiempo, ya que no podemos entrar físicamente, al menos hagámoslo con el deseo. Volvámonos al trono de María Asunta al Cielo, y así recibiremos gracia tras gracia para permanecer siempre en este camino que nos conducirá a la feliz y eterna resurrección, cuando recuperaremos nuestros cuerpos en un estado glorioso.
Por Monseñor João Scognamiglio Clá Dias, EP
(Texto extraído, con adaptaciones, del libro ¡María Santísima! El Paraíso de Dios Revelado a los Hombres*, vol. 2.)






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