En el último acto público de su viaje apostólico por Francia el Pontífice dijo que Europa nace “en la vida y en la obra de hombres y mujeres que han vivido, predicado y compartido las enseñanzas del Evangelio”.
Foto: Vatican Media
Redacción (28/09/2026 12:03, Gaudium Press) Tras participar anoche del rezo del Rosario, y la tradicional procesión mariana de antorchas, frente a la gruta de Masabielle en Lourdes, el Pontífice se convirtió en el tercer Papa en participar de esa procesión nocturna, tras las huellas de Juan Pablo II y Benedicto XIV.
Hoy de mañana, el Papa partió a Metz, última escala de su viaje por Francia, donde, en la jornada de la mañana, se reunió con líderes religiosos, y visitó el centro Schuman. Ya en la tarde, realizó un recorrido en papamóvil, celebró una misa en la Catedral de San Esteban y se reunió con líderes religiosos.
El regreso del Pontífice está programado para las 7 pm, hora de Francia.
Misa y homilía en la Catedral de San Esteban
En la homilía en la Catedral de San Esteban, León XIV encomendó “al Señor el camino de la comunidad diocesana de Metz y el de toda Europa”.
Usando de las lecturas del día, el Papa explicó que aunque “en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. Nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad. «Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5,39-41).”
Estas palabras caritativas del Señor, no son “un signo de debilidad, o quizá una rendición frente al mal”. “Frente a la injusticia, el único camino de salvación para el hombre es el amor que se hace cargo del otro y que busca brindar confianza, independientemente de las circunstancias, incluso frente a los comportamientos más difíciles de aceptar (cf. Mt 5,42). Así, ley, justicia y paz son etapas de un camino de conversión que, siendo personal, se vuelve cada vez más comunitario, en favor de una civilización respetuosa del hombre y de su Creador”, dijo el Papa.
Una Europa que nació del Evangelio
Citando a su Padre San Agustín, el Papa recordó que el Obispo de Hipona definió “la paz de la ciudad celeste como una comunión armoniosa, en la que los hombres gozan de Dios y, en Él, los unos de los otros (cf. S. Agustín, De civitate Dei, XIX, 13.1). Él habla también de la paz entre los hombres como del fruto de una tranquillitas ordinis, en la que cada uno reconoce y respeta en el otro una dignidad y un rol únicos y sagrados. Aquí en Metz, es bueno recordar que estos son precisamente los valores sobre la cual ha sido construida, a lo largo de los siglos, la Europa que conocemos, con su patrimonio espiritual y moral, aun antes que económico y político.”

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Europa nace “en la vida y en la obra de hombres y mujeres que han vivido, predicado y compartido las enseñanzas del Evangelio”. “De allí se han transmitido los fundamentos morales del mundo en el que vivimos: principios como la primacía de la persona y el carácter sagrado e inviolable de la vida humana, en todas sus fases y en toda circunstancia; la tutela de la libertad de los individuos; la importancia esencial de la familia como fundamento de la sociedad; la atención a los pobres y a los más necesitados; la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos” resumió León XIV.
Inspirándose en la “Linterna del buen Dios” de la catedral de Metz, con 6.500 metros cuadrados de vitrales, el Papa dijo que “contemplando estas vidrieras, aprendemos que el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz. En esto hay un símbolo de nuestra identidad como Iglesia. También nosotros utilizamos estructuras, que sólo tienen sentido en la medida en que nos ayudan a llevar al mundo la luz del Evangelio. Sin estas vidrieras, las ventanas de la catedral de Saint-Étienne no serían más que espacios inundados de una luz enceguecedora. Con las vidrieras, se convierten en libros que nos reúnen para recordar historias maravillosas, llenas de heroísmo, de bondad, de misericordia, de amor y de belleza moral, de las que debemos ser testigos generosos y valientes”.
Al terminar la Misa, y por ser el último acto pública en Francia, el Papa tuvo palabras de “agradecimiento también a todos los que la han hecho posible con su esfuerzo”.



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