sábado, 15 de agosto de 2026
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Papa en solemnidad de la Asunción: buscar la belleza de lo cotidiano, junto a la que está en los cielos

León XIV celebró la Asunción en Castel Gandolfo y propuso a María como modelo de una belleza que no caduca: la que brota del amor, transfigura el alma y anticipa la gloria del Cielo.

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Foto: Vatican Media

Redacción (15/08/2026 09:35, Gaudium Press) Por segundo año consecutivo, el Papa León XIV celebrado este sábado la Santa Misa de la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María en la parroquia pontificia de San Tomás de Villanueva, en Castel Gandolfo, a las diez de la mañana. En su homilía, el Romano Pontífice propuso a María glorificada en cuerpo y alma como modelo de una belleza que no depende de la apariencia física, sino del amor que transfigura el alma y anticipa la gloria del Cielo.

El dogma como punto de partida

León XIV ancló su homilía en la definición proclamada por Pío XII en 1950: «María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria Celeste» (Munificentissimus Deus, 1 de noviembre de 1950). En ese misterio, señaló el Papa, se cumple la plenitud de la gracia concedida a María desde su Concepción Inmaculada.

Para ilustrar el misterio, evocó las representaciones artísticas de la Asunción, inspiradas en el pasaje del Apocalipsis: «Una Mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies» (Ap 12,1), imagen que, en sus palabras, expresa que «en el corazón de María se encuentran el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad».

Una belleza que contraría los cánones del mundo

El Papa planteó entonces un contraste entre esa imagen y la experiencia ordinaria del paso del tiempo en el cuerpo humano: con la edad, el cuerpo «no se hace más ágil, sino más pesado», y el cabello «no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco». La pregunta que formuló a los fieles fue directa: ¿qué tenemos en común con la joven de los retablos?

La respuesta la situó en la unión de dos signos del misterio: el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado. «Es la pureza del alma, en efecto, que en María, como en nosotros, por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo», afirmó el Pontífice.

De ese principio extrajo una consecuencia directa sobre la cultura dominante: la glorificación de María «nos invita a revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en condicionamientos pesados». León XIV ilustró la distinción con dos retratos contrapuestos tomados de la experiencia común: personas «con el rostro marcado por los años y los sufrimientos, pero capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz», frente a otras, «quizás exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior».

El amor, ornamento verdadero

El Romano Pontífice proclamó que «el amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida».

Para ahondar en el misterio, el Papa citó a San Pablo VI, quien enseñó que para comprender la Asunción hay que «convertir en superlativos y absolutos los términos que usamos en el lenguaje terrenal, para imaginarnos, a pequeña escala, lo eterno» (Homilía, 15 de agosto de 1969). Añadió también una cita del Papa Francisco tomada de la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (n. 286).

El núcleo del misterio, explicó León XIV, es el «encuentro de extremos» que María testimonia en el Magníficat (cf. Lc 1,46-55): Dios que en ella se hace hombre, el Eterno que en el tiempo se manifiesta para abrir el camino de la eternidad, mostrando en su condición de «humilde sierva» la «pequeña dimensión» en que también nosotros podemos encontrar al Señor.

La sublimidad del misterio en lo cotidiano

En la parte conclusiva, León XIV invitó a no buscar lejos la sublimidad del misterio celebrado. La belleza divina puede encontrarse, dijo, «en los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices de estar con sus hijos», en los abuelos que «se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos» y en los jóvenes que se esfuerzan por «crecer limpios y honestos, listos también para ir contra la corriente respecto a lo que todos hacen».

El Papa presentó a María como «imagen y principio de la Iglesia, signo de esperanza cierta y de consuelo», recogiendo las palabras de la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II (n. 68), y cerró con una exhortación de San Agustín: «Resucitó Cristo, y ya no morirá. Cambia de parecer, sigue a tu luz; levántate con la que resucitó» (Comentarios a los salmos 126, 7).

«Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de rumbo si es necesario», fue su invitación final a los fieles, «mirando a María, que Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo».

Con información de Infocatólica.

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