viernes, 25 de septiembre de 2026
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Luis XIV irradiaba respetabilidad – Lecciones de Historia de la Iglesia

En el Castillo de Saint-Germain-en-Laye, cerca de París, nació en 1638 un varón que reinó en Francia durante 72 años y que, debido al intenso brillo de su personalidad, fue llamado el «Rey Sol».

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Redacción (25/09/2026 12:01, Gaudium Press) Hijo de Luis XIII y Ana de Austria, Luis XIV vino al mundo tras 23 años de matrimonio de sus padres. Su madre era hija del rey Felipe II de España. En 1643 murió Luis XIII; Luis XIV se convirtió en rey a los cuatro años y Ana de Austria asumió la regencia. Recibió formación militar del gran general Turenne y fue consagrado rey en 1654, en la catedral de Reims.

A los 22 años contrajo matrimonio con María Teresa de Austria, hija del rey Felipe IV de España; tuvieron seis hijos, de los cuales solo uno llegó a la edad adulta.

En 1661 inició la construcción del grandioso Palacio de Versalles, cerca de París, con 2.300 estancias dispuestas y decoradas con esplendor. Hizo que los nobles abandonaran sus tierras —de las cuales muchos eran señores feudales— para ir a residir al Palacio.

Fue una actitud absolutista; sin embargo, en cierto modo, suavizó la rigidez del absolutismo al abrir Versalles al pueblo para que pudiera presenciar las comidas del rey.

La grandeza de Luis XIV propició el surgimiento de hombres de grandes cualidades en diversos ámbitos culturales, tales como: Bourdaloue y Bossuet, en la oratoria sagrada; Condé y Turenne, en el ámbito militar; y el duque de Saint-Simon, Corneille y Madame de Sévigné, en la literatura. Lully, en la música; e incluso en la jardinería: Le Nôtre.

Bourdaloue, en sus sermones en la Corte, censuraba las malas costumbres. «Decía la verdad sin temor tanto a las personas ilustres como a las humildes, y les arrancaba la máscara del rostro».[1]

Madame de Maintenon

Luis XIV cometió pecados de infidelidad conyugal que se hicieron públicos. Tras la muerte de su esposa en 1683, contrajo matrimonio con Madame de Maintenon, una católica devota que ejerció una influencia muy positiva sobre el rey.

Revocó el Edicto de Nantes, que otorgaba libertad a los protestantes. Asimismo, a petición de ella, fundó la Casa Real de San Luis en Saint-Cyr —cerca de Versalles— para la educación cristiana de jóvenes nobles cuyas familias habían caído en la pobreza.

Prohibió la enseñanza del cartesianismo en las instituciones de educación superior.[2]

El problema de la duda metódica cartesiana es que ignora todo aquello que se adquiere con anterioridad al razonamiento abstracto. Fue para subsanar esa laguna fatal de su sistema que Descartes ideó la tesis de la existencia de ideas innatas, considerada un absurdo por la sana filosofía.[3]

Luis XIV falleció en 1715 a consecuencia de una embolia. Todos sus hijos y nietos habían muerto ya, por lo que su sucesor fue su bisnieto Luis XV, quien contaba entonces con cinco años de edad.

Impuso respeto incluso después de muerto

Resumimos aquí los comentarios realizados por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira sobre el Rey Sol:

Luis XIV aunaba la elegancia francesa con cierta grandeza española, lo que explica el carácter solar de este monarca. Poseía una gran majestad e irradiaba respetabilidad.

Sus restos fueron sepultados en la basílica de Saint-Denis, cerca de París. Durante la Revolución Francesa, turbas diabólicas abrieron su féretro y se encontraron con su cadáver ennegrecido, el cual poseía tal majestad que el populacho, en lugar de abalanzarse sobre él como había hecho con todos los demás, vaciló y retrocedió un poco. Por tanto, incluso después de muerto, el Rey Sol imponía respeto. Luego, recuperados del impacto, arrancaron el cuerpo del ataúd y lo arrojaron a la fosa común.

La verdadera respetabilidad produce estos dos efectos: la veneración de quien admira y el odio de quien se rebela. La propia majestad de Dios causaba en los espíritus angélicos este doble efecto. Satanás y los suyos se rebelaron, mientras que San Miguel y sus ángeles admiraron. La respetabilidad de Luis XIV provenía de su personalidad e irradiaba de todo su ser.

Si al mirar a un hombre contemplo la majestad de su alma y, a través de ella, formo una idea de lo que es la majestad en abstracto —considerada en su modo absoluto—, he adquirido algo que guarda cierta analogía con la visión beatífica. De hecho, aun sin explicitarlo, en Luis XIV se vio algo de la majestad de Dios.

Esto nos explica por qué aquellos bandidos retrocedieron al ver el cadáver de Luis XIV. Siempre que un atributo bueno y digno del alma de un hombre aparece con tanta intensidad —hasta el punto de provocar asombro, sorpresa, entusiasmo, arrobamiento o un sentimiento de veneración recogida—, existe una transparencia de algo divino.

Es verdad que el rey cometió muchos pecados. Pero «se arrepintió y pasó sus últimos veinte años como un hombre de vida intachable, ejemplar».[4]

La verdadera majestad, puesta ante la buena voluntad de quien es inferior, se traduce en paternidad y conlleva el deseo de proteger; …ante la resistencia de quien es malo, se traduce en un ímpetu de destrucción.

Vemos esto de modo infinito y paradigmático en Nuestro Señor Jesucristo: infinitamente manso, enseñando que se debe ser manso y humilde de corazón, pero por otro lado, en algunos episodios de su vida, infundiendo un asombro que dejaba a las personas sin saber qué decir; como aquellos canallas que fueron a apresarlo y cayeron de bruces al suelo, simplemente ante la afirmación: «¡Soy Yo!». Era la manifestación de su infinita majestad.

La frivolidad intoxicó los reinados siguientes

Tuvo el deseo inmenso de hacer triunfar el encanto, la elegancia, la gloria, el idioma y el esplendor franceses. Luchó por la difusión de la cultura francesa, tal como un rey guerrero lucharía por la expansión de su ejército.

En el ámbito cultural, Luis XIV inundó Francia con su luz y transformó la vida —algo burguesa— del país, logrando que toda la nación resplandeciera con una cierta luz de Versalles.

Por otra parte, Luis XIV introdujo la frivolidad en ese mundo de elegancias. Con ello surgió en Francia una identificación entre encanto ligero, frivolidad y cultura, que intoxicó los reinados siguientes. Se estaba gestando la Revolución Francesa.

La influencia del Sagrado Corazón de Jesús era el único factor capaz de corregir esto; habría encarrilado a Europa y evitado la Revolución Francesa. ¡Se habría iniciado una Contrarrevolución admirable!

Podríamos imaginar a Luis XIV revestido de la majestad del Sagrado Corazón de Jesús. Pero también como un rey sufriente y penitente, que expía sus propios pecados en público y hace penitencia descalzo, tal como lo hizo San Luis IX. Por ejemplo, en Viernes Santo, ¡qué magnificencia habría supuesto ver a Luis XIV cargar una cruz a cuestas para pedir perdón por su pésima vida…[5]

En el mundo actual, el trato entre las personas se vuelve cada vez más tosco; en el vestir predominan lo feo, lo desgarrado y la indecencia. La respetabilidad ha sido expulsada.

Pidamos a Nuestra Señora la gracia de ser lo opuesto a estas pésimas tendencias, a fin de glorificar a Dios y salvar nuestras almas.

Por Paulo Francisco Martos

Nociones de Historia de la Iglesia

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[1] WEISS, Johann Baptist. Historia Universal. Barcelona: La Educación. s/d. v. XI, p. 695.

[2] Cf. MÉTHIVIER, Hubert. Le siècle de Louis XIV. Paris: Presses universitaíres de France. 6. ed. 1971, p. 80, in Que sais-je? n. 426.

[3] Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. O senso católico e o desabrochar das certezas. In Dr. Plinio. São Paulo. Ano IV, n. 37 (abril 2001), p. 30.

[4] Idem. Luís XIV e a respeitabilidade. In Dr. Plinio. Ano XXIII, n. 270 (setembro 2020), p. 35.

[5] Cf. Idem. O brilho de Luís XIV – In Dr. Plinio. Ano XIX, n. 222 (setembro 2016), p. 8-14.

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