martes, 29 de septiembre de 2026
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¿Fue el Padre Tejedor? De qué manera llegué a la misa a la que nadie me invitó

Sí —aunque no lo veamos— existe el determinante mundo sobrenatural.

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Redacción (28/09/2026 20:58, Gaudium Press) Prometo que no exageraré ni media coma en los detalles de lo que voy a contar. Podrá haber algún desliz en algún pormenor secundario (ya ha pasado bastante río bajo el puente desde ese día), pero no será de manera ninguna intencional y no afectará la esencia de la historia.

Esto me ocurrió hace más de 3 años, el 29 de mayo de 2023.

Estaba trabajando en mi estudio, solo, concentrado, tal vez al lado de las palomas que visitan la canaleta del tejado que se ve por la ventana, con el foco en el ordenador, las noticias y los libros, en un ambiente apacible. Era ya de tarde, cerca de las 3 pm, cuando —y sin escuchar nada a la manera de una ‘voz’— comienzo a sentir un deseo de ir a la casa de los Caballeros de la Virgen, que se hallaba a 30 minutos de auto. Era esto algo enteramente fuera de la agenda y del sentido común, no había ninguna razón especial para emprender viaje. Es más, aún me encontraba en horario de trabajo, por lo tanto era una invitación a un leve incumplimiento…

Pero este ‘susurro’, que podía haber sido desechado fácilmente, ignorado por la voluntad como una veleidad tonta, se mostraba cada vez más insistente, persistente, como un lorito interno que repetía la única frase que se sabía: “Vaya a la sede de los Caballeros, vaya a la sede de los Caballeros…”.

Era tan dulce y tan fuerte esa llamada, que terminé cediendo a su deseo loco, con la certeza de que la Virgen perdonaría mi capricho, pues el susurro traía aromas de penetrante incienso, aromas santos.

Me encaminé, pues, a la sede, en un horario en el que por lo general no encontraría a ninguno de los religiosos mis amigos, quienes ciertamente se hallarían en sus trabajos o misiones. Solo tendría por compañeros al Santísimo, al vigilante, tal vez a la mimosa gatita de rayas beige de la casa, a los pajarillos que revolotean en torno a la blanca imagen de la Milagrosa, y a los coloridos vitrales del oratorio gótico consagrado a San José: uno con un bastón florido, otro con la figura de un patriarca rubio y coronado, y otro con el monograma de la “S” y la “J” del Protector valiente de la Iglesia.

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—Bien, por lo menos podré hacer meditación unos momentos en la capilla, tranquilo en soledad, me dije.

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando en lugar de encontrar pasillos y salas vacías, y un Santísimo con la sola compaña de su delicada lamparita roja, me deparo con una casa llena de hermanos y sacerdotes, bastantes más que sus meros habitantes! Resulta que habían venido de otras sedes, y estaban terminando de preparar todo para una eucaristía que pronto iniciaría, arreglando muchas velas, alistando ornamentos especiales, para varios celebrantes. La misa se oficiaría justo a las 4 de la tarde, por lo que mi salida de casa había sido perfecta para llegar a horario, y tener tiempo de serenar el espíritu en preparación al santo sacrificio.

Los religiosos, caritativos, no me observaron con la comprensible mirada de “¿y este qué hace aquí?”, aunque algunos manifestaron una bienvenida de leve sorpresa, pues era una celebración interna de la comunidad, a la que no se había hecho publicidad ‘externa’.

Ocurría que se conmemoraban 2 años de la partida a la eternidad del Padre Carlos Tejedor, el gran apóstol de los Caballeros de la Virgen en el país, y esa eucaristía especial honraría su memoria, encomendaría su alma, y agradecería a Dios por su existencia.

—Oh la la, el que me trajo fue el Padre Tejedor, me dije muy convencido de ello, y no para que rezara por él (siempre tuve la confianza de que él había llegado pronto al cielo), sino porque quiere interceder por mí en esta celebración particular, y decirme desde la eternidad que aún se acuerda de mí.

Pero las sorpresas no terminarían ahí.

Poco después de haber llegado, y 5 minutos antes de iniciar la misa, veo arribar a un amigo, alguien al que también el Padre Tejedor hacía un apostolado especial, quien traía las mismas letras:

—¿Y usted qué hace aquí?, le pregunté. ¿Le avisaron de la misa?

—No. Estaba trabajando, y de pronto sentí el fuerte deseo de venir a la sede, me dijo.

Confirmo que él solo va a misa allí los domingos, en ningún otro día. No sé, ni me contó, qué le habrá dicho a su jefe para ausentarse.

La llegada inesperada de esta persona a la misa de aniversario del Padre Tejedor, en circunstancias casi idénticas, esfumó cualquier sospecha de que lo mío había sido una mera casualidad. Si mi memoria no me traiciona, éramos los dos únicos feligreses en aquella celebración que no eran religiosos de la comunidad. La misa fue súper bendecida, y los dos salimos más que consolados, por haber sentido esa caricia de la Providencia.

Pero, realmente, ¿sí fue el Padre Tejedor? Aunque evidentemente fue un hecho especialísimo, no puedo tener la entera certeza de que haya sido el Padre Carlos.

No hay problema, porque esas misiones mensajeras también las pueden cumplir los ángeles (por ejemplo, el que fue ángel guardián del Padre Tejedor en vida, o mi propio ángel de la guarda), según expresa Santo Tomás: “los hombres, que son inferiores a los ángeles, son iluminados por éstos, como los mismos ángeles inferiores son iluminados por los superiores” (S. Th. I, q.111, a.1); los ángeles son también capaces de persuasión de la voluntad (cf. S. Th. I, q.111, a.2), siempre respetando la libertad humana.

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El mundo de arriba, aunque no nos sea visible, es riquísimo, variadísimo, y muy potente, en su ser y su operar. Ya lo afirma también Santo Tomás, específicamente del mundo angélico: “hay que decir que los ángeles, en cuanto sustancias inmateriales, constituyen una inmensa multitud, superior a la de los seres materiales” (S. Th. I, q.50, a.3). Además, la diferencia entre ángel y ángel es muchísimo mayor que la diferencia que va de hombre a hombre, pues es una diferencia no de individuos sino de especie (cf. S. Th. I, q.50, a.4), por lo que su operar también se reviste de esta variedad, cada uno actuando según su nota particular, en la sinfonía maravillosa de los coros angélicos, al menos dos de ellos en relación directa con los hombres.

Ese día, la acción de lo alto fue hartopatente, pero lo normal es que sea más sutil, y sin embargo realísima, y muy influyente en la vida de los hombres. Lo que es loco es cómo, a pesar de reconocerla en teoría, muchos católicos la desconocemos en la práctica, como cuando dejamos de implorar la ayuda de lo alto para todas las cosas que hacemos. Ese es el hombre, el loco que no reza.

Por esto, creo que el más beneficiado por esta nota seré yo mismo, y así podré pedirle a la Virgen:

Madre mía, quiebra constantemente mi ceguera natural, mi tendencia a creer que solo existe lo que ven mis cansados ojos de carne, y haz que por tu bondad nunca olvide que estás Tú y el mundo sobrenatural, que ese mundo es determinante, y que yo viva siempre en función de eso y gire en torno tuyo. Amén.

Mientras tanto, (y sin anticipar el juicio de la Iglesia) yo seguiré encomendándome al Padre Tejedor, sea en mi estudio o en la casa de los Caballeros, incluso cuando ella esté vacía, solo con la gatita, los vitrales y los pajarillos de la Milagrosa.

Por Saúl Castiblanco

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