Si el amor natural es capaz de renunciar a la propia vida, ¿qué decir de aquel que proviene de Dios mismo?

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Redacción (25/10/2026 10:39, Gaudium Press) La respuesta dada por Jesús a la pregunta capciosa del fariseo, narrada en el Evangelio de este 30.º Domingo del Tiempo Ordinario, resume toda la doctrina contenida en la Ley y en los profetas en solo dos mandamientos: el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
La fuente de todo bien
Entre estos dos amores, que en realidad son uno solo, existe una relación de apoyo mutuo. En efecto, si es verdad que solo ama realmente a Dios —a quien no vemos— aquel que es capaz de amar al hermano a quien ve,[1] también es cierto que el amor auténtico al prójimo es aquel que proviene del amor a Dios, que es la fuente y la plenitud de todo bien.
Por esta razón, el amor al prójimo solo alcanza su plenitud cuando está fundamentado en el amor a Dios, llegando a ser capaz de soportar sufrimientos durísimos, superando los límites de la mera naturaleza humana.
Los extremos del amor natural
Se cuenta que, hace poco tiempo, en una gran metrópolis, varios vehículos estaban detenidos ante un semáforo en rojo. ¡Cuál no sería la sorpresa de todos al ver a un hombre encapuchado dirigirse a uno de los coches y golpear el cristal del lado del conductor, exhibiendo una pistola! La mujer al volante no bajó la ventanilla ni abrió la puerta del vehículo, a pesar de los gritos y la insistencia agitada del asaltante.
Finalmente, el delincuente logró abrir la puerta, sacó a la mujer violentamente hacia el exterior y puso en marcha el automóvil. La mujer, sin embargo, se lanzó frente al vehículo, obligando al ladrón a atropellarla si continuaba avanzando. Es evidente que todos los presentes, que observaban la escena más o menos ocultos, se preguntaban por la salud mental de la víctima… Furioso, indignado e inseguro, el delincuente desistió del robo, salió del coche y le gritó al oído a la señora: «¡Estás loca!», para luego huir. Tras arreglarse la ropa, ante la multitud curiosa que se acercaba, la mujer se dirigió a la puerta trasera, se inclinó y sacó de la silla de seguridad a su pequeño hijo recién nacido; lo besó en la frente, provocando aplausos y lágrimas entre los presentes.
Si el amor natural de una madre por su hijo la lleva a estar dispuesta a renunciar a su propia vida, ¿qué decir del amor al prójimo que brota de la fuente del amor, que es Dios mismo?
La duración del amor al prójimo
Por increíble que parezca, resulta más fácil manifestar amor arriesgando la propia vida —aunque sea en un acto puntual— que manifestarlo a lo largo de una existencia marcada por las vicisitudes habituales de la vida. ¿Cuántas parejas hay desgastadas por una convivencia carente de caridad? ¡Qué difícil es soportar un defecto en alguien con quien tendré que convivir durante mucho tiempo! ¡Qué fácil es soltar una avalancha de palabras hirientes, en lugar de contenerme y tener paciencia!
Es en el día a día donde se revela el fundamento de nuestro amor al prójimo: si es Dios o si somos nosotros mismos.
El amor fundamentado en uno mismo —es decir, en el placer personal que alguien nos proporciona— dura tanto como perdura el disfrute de ese placer. En cambio, el amor cimentado en Dios durará mientras permanezca unido a Dios mismo. Esta cualidad de amor es de orden sobrenatural y está tan por encima de las facultades humanas que solo es posible mediante el auxilio de la gracia divina. Así, el amor perfecto al prójimo resulta de la acción del poder de Dios en nosotros.
Pidamos, pues, al Sagrado Corazón de Jesús que nos conceda imitar su ejemplo de amor. Él, que —antes de hacerse víctima por los pecadores, cargando sobre sus hombros el peso de nuestros crímenes y sufriendo en su carne el precio de nuestro rescate— fue siempre un horno ardiente de amor al Padre.
Por Rodrigo Siqueira





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