miércoles, 23 de septiembre de 2020
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Para ser amados por la Virgen, sólo necesitamos una cosa

Redacción (Jueves, 27-02-2020, Gaudium Press) Acostumbrados a los criterios comerciales, que imperan incluso en las relaciones humanas (yo te doy – tú me das), con frecuencia creemos que con Dios se pasa lo mismo, y que nuestra miseria lo aleja de nosotros.

Sin embargo, lo que lo aleja no es tanto la miseria cuanto el orgullo, o nuestro olvido de Él, que termina siendo también orgulloso.

Entre otras razones por un principio teológico, más bien desconocido del común de los cristianos, y es que en estricto sentido no es que el amor de Dios se dirija a lo bueno de los seres sino que es su amor el que crea la bondad: “Dios amando las cosas, crea e infunde en ellas su bondad”. 1

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“Pero entonces Dios no ama al pecador -podría objetar alguno- pues justamente si fuese amado por Dios, de acuerdo al principio anterior no sería pecador sino sería bueno”. A esto se responde diciendo que Dios crea a todos los hombres con la potencialidad de ser santos, y esa potencialidad se mantiene incluso en el pecador. Y que esa potencialidad se desarrollará en función de la unión con Dios, que es sinónimo de la apertura del corazón a Dios, pues Dios sí quiere unirse a nuestro corazón, como está manifestado en la Escrituras. Y que por el contrario, nuestra miseria no aleja a Dios, sino que per se más bien lo mueve a que nos auxilie; pero si queremos, si nos dejamos.

Por lo que concluimos que el problema, que nuestro problema, es que no abrimos el corazón a Dios, para que la acción y mejor el amor divino, cree en nosotros la bondad. Y lo que cierra nuestro corazón al amor de Dios es la autosuficiencia, es decir, la actitud consciente o subconsciente de que no necesitamos de Dios. Y eso es orgullo.

Por eso se afirma que quien reza se salva, porque está abriendo el corazón a Dios. Y que quien no reza no se salva, porque con su actitud olvidada de Dios manifiesta su cerrazón a Dios, que como hemos visto, es Quien crea la bondad.

Concluimos de ahí, que todo lo que hagamos para fortalecernos en la oración, es signo de salvación.

Y que siendo la Virgen la dispensadora de las gracias divinas, que son las que nos hacen aptos para el cielo, nuestra unión con la Virgen es fundamental, porque también de forma análoga a lo que hemos dicho de Dios, la unión con Ella crea la bondad en nuestros corazones.

Entonces, para ser amados por la Virgen solo falta una cosa: que nos dejemos amar por Ella. Y para ser buenos, solo falta que de verdad la amemos.

Por Saúl Castiblanco

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1 Royo Marín, Antonio. Teología de la Caridad. 2da Edición. BAC. Madrid. 1963. p. 18  

 

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