domingo, 27 de septiembre de 2020
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Vuelve la hora de la grandeza

Redacción (Lunes, 02-03-2020, Gaudium Press) Este mundo pasajero y que da vueltas…

Decía el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira que incluso en la época más católica de la Edad Media, o en las culminancias del reino de la Virgen anunciado por Ella en Fátima, el señor de este mundo sería satanás. Porque ‘mundo’ es específicamente ese tinglado habitado por no poca gente, de vanidades y de máximas vividas en común, donde lo que impera son el orgullo y la sensualidad. Y lamentablemente eso siempre existirá. Por eso el Hijo de Dios sentenció que su Reino no era de este mundo.

Es claro también que al mismo tiempo, la Iglesia debe procurar siempre la Consecratio Mundi, que este mundo terrenal le sirva a Cristo, respire y se alimente de las máximas de Cristo, viva según la ley de Cristo, le pertenezca por entero a Cristo.

Pero lo que es verdad de a puño, que si existe un mundo alejado de Cristo es este en el que nos tocó vivir, y no es para ponerse a lloramingar por lo que nos atañe en lo personal, porque el soldado de Cristo solo lamenta en profundidad la gloria de Dios mancillada y solo por eso se conduele, y la posibilidad de luchar por el establecimiento del reinado de Cristo ya le da ánimo.

Pero no queremos apuntar particularmente en estas cortas líneas lo contrario que este mundo es de lo que debería, sino el cómo es de miserablemente pequeño, ‘microlítico’, miope de no ver mucho más allá de sus narices, ciego por egoísta, siendo que la grandeza es necesaria para que el espíritu humano no muera de sed, para que el hombre no se desespere.

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Estatua de Julio César en el Foro romano, Roma

La altura de un pueblo o de una civilización se puede medir por los ideales que tiene, concretizados en tipos humanos, o en personajes reales o míticos que se admiran.

Las figuras prototípicas-arquetípicas tal vez más elevadas de la Edad Media fueron Carlomagno y San Benito, presente este en la multitud de ramas de su orden. Estaban en la más alta referencia temporal y espiritual.

El renacimiento re-encontrando tontamente el gusto por la mitología pagana, puso de nuevo en boga la admiración por Alejandro, por César, por las luminarias de Grecia y Roma, que a pesar de suciedades e ignorancias nadie podrá negarle grandeza a un Aristóteles, a un Homero o a un Solón o a un Justiniano.

Con el Ancien Régime el clasicismo pagano quiso recubrirse del barniz de algo que fue generado por la savia cristiana aún remanente en los restos de civilización católica, que en Francia llamaban “l’esprit”, ‘el espíritu’, ese “savoir dire, savoir faire, savoir plaire”, saber decir, saber hacer, saber gustar, reinante en cortes tipo Versalles, o en los salones de conversación que a partir de Francia pulularon en toda Europa. El estilo heroico pagano se adornó con ese espíritu, y se vistió de dama de salón, o de espadachín-poeta-don juan, y se admiraron tipos humanos como el de Luis XIV, Voltaire, Talleyrand, o incluso algunos románticos melosos decimonónicos estilo Chauteubriand. Pero nadie negará el peso de las artes del impío Voltaire, o la grandeza humana del Rey Sol, o la cultura, sagacidad, nobleza o astucia del áspid Talleyrand, e incluso el espíritu literario de Chauteubriand.

En las anteriores líneas estamos siguiendo un proceso decadencia, pero todavía hay algo de grandeza.

Sin embargo, quien pega un salto y llega a los días de hoy, no puede no asustarse con el verdadero y total descalabro.

No es sino pensar en muchos de los ‘prototipos’ de este mundo, por ejemplo ciertas ‘estrellitas’ del jet set -locales o mundiales- y constatar cómo de forma artificial y con no poco éxito la midia difunde sus ‘viditas’, hace que la pobre masa sueñe sus sueñitos, se encante con sus ‘conquisticas’, se entristezca con sus frustracioncitas o fracasitos.

Y después de esa constatación, vienen otras, una terrible, pero otra que permite albergar esperanza:

Lo terrible es cómo la midia consiguió en buena medida que los estilos de esa ‘elitica’ impregnaran la generalidad del tejido social, haciéndolo parecido a ellos, a esos tipos humanos enfocados, que normalmente son inmorales y fútiles. Y la que permite albergar esperanza es cómo, y justamente por no tener nada grandioso que atraiga, esos tipos humanos ya están cansando, ya no satisfacen las ansias y apetencias de seres humanos que por el solo hecho de serlo quieren infinito, desean grandeza.

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Carlomagno y Nuestro Señor, vitral en Troyes, Francia

Y es entonces, cuando el hijo pródigo que es el hombre de nuestros días, empieza a recordar la casa paterna.

Y tal vez recuerde con alegría y esperanza la historia de esos grandes santos que le contaba la abuelita; o un día -en medio de algo que le produzca gran angustia- vuelva la membranza de ese gran santuario, donde una vez de niño fue con su padre, y en el que sintió la caricia tibia y materna del auxilio de la Virgen.

En el auge de la decadencia, y cuando el demonio no tiene más novedades para mostrar y encantar a los hombres, vuelve a ser la hora de la grandeza.

Por Saúl Castiblanco

 

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