miércoles, 30 de noviembre de 2022
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Los mandamientos impresos en el corazón del Hombre

Atardecer.jpgRedacción (Jueves, 30-09-2010, Gaudium Press) Todo ser humano, creado a imagen y semejanza de su Creador, es llamado a participar de la bienaventuranza celestial mediante el cumplimiento de su finalidad sobre la tierra: con su intelecto, conocer la Verdad absoluta, y con su voluntad, adherir al Bien supremo, que es el propio Dios. Por esto, deberá vivir una vida recta, repleta de justicia, contribuyendo con sus valores para que también la sociedad, en la cual está inserto, alcance el mismo objetivo. Con todo, después del pecado original, el hombre es cotidianamente violentado por sus malas pasiones, por haber perdido la integridad y el pleno dominio que poseía sobre su cuerpo, antes en perfecta tranquilidad. Necesita él ahora de una ley que ordene sus actos, a fin de no desviarse del camino que lo llevará a la divina beatitud. Esta ley es denominada natural.

La temática del presente trabajo será discurrir sobre la ley natural que rige el actuar del hombre, auxiliándolo directamente a salvarse.

1. La ley es la expresión de la norma moral

En cualquier época histórica o lugar del mundo, bajo cualquier condición, el hombre siempre buscó la felicidad. Criatura de Dios, tiene las potencias de su alma dirigidas, aunque no perciba, para la posesión del Bien Supremo. Así, la inteligencia desea con entusiasmo poseer el conocimiento absoluto, la voluntad desea amarlo ardientemente, y ambas no serán saciadas mientras no se encuentren con el ser pleno y perfecto, o sea, Dios. A este respecto comenta Gambra (1973, p. 275) que «Dios, como creador de la naturaleza humana, es el bien supremo para el cual, consciente o inconscientemente, el hombre tiende a desear las diferentes cosas que pretende, en aquello que poseen de particularmente bueno». Por tanto, la felicidad completa, la realización plena de sus potencialidades, sólo se encontrará en la contemplación o posesión de Dios. El ser humano camina en este mundo cual peregrino en busca del mundo sobrenatural en que espera entrar después de la muerte (p. 276).

Teniendo una finalidad, debe cada hombre orientar su actuación moral rumbo a ella, diría el consejero Acacio, profeta de las evidencias. Es más, se entiende la propia finalidad como «aquello que mueve a alguien a practicar determinado acto; o bien (o el mal) que la persona tiene en vista al actuar» (BETTENCOURT, 2003, p. 13). Esta orientación se hace a través de la norma de moralidad, «regla o medida por la cual el sujeto puede reconocer sus actos como buenos o malos, según se conformen o no con ella» (GAMBRA, 1973, p. 279), pudiendo ser denominada ley, que es la expresión de la norma moral (p. 278).

2. Los diferentes tipos de ley divina

La ley divina -no será tratada aquí la ley humana-, aquella promulgada por el propio Dios que, como afirma Santo Tomás, «es una determinación de la razón en vista del bien común, promulgada por quien tiene el encargo de la comunidad (apud BETTENCOURT, 2003, p. 17), se puede dividir en tres tipos: eterna, natural y positiva.
Como la ley natural tiene su fundamento en la ley divina, se hace necesario abordarla sintéticamente para tornar el tema más claro.

2.1 La ley divina eterna

La ley divina eterna es considerada «el plan de la sabiduría divina, concebido desde toda la eternidad, para llevar a las criaturas a su Fin supremo» (2003), o también, como San Agustín y Santo Tomás definieron, «la razón o voluntad de Dios que manda conservar el orden natural o prohíbe perturbarla» (apud FERNÁNDEZ, 2004, p. 164). Para un no cristiano puede ser definida como la orden del cosmos. La Declaración sobre la Libertad Religiosa, Dignitatis humanæ, del Concilio Vaticano II, así a ella se refiere: «… la norma suprema de la vida humana es la propia ley divina, eterna, objetiva y universal, por la cual Dios ordena, dirige y gobierna todo el mundo y los caminos de la comunidad humana, según los designios de Su Sabiduría y Su Amor» (n. 3).

2.2 La ley divina natural

La ley divina natural es una participación en la ley eterna por la criatura racional. Es la misma ley divina referente al universo en general, que recibe el nombre de natural en la parte que regula al hombre, físicamente capaz de cumplirla o violarla (GAMBRA, 1973). Continúa a este respecto la Declaración Dignitatis humanæ, al esclarecer el significado de la ley eterna: «Dios torna el hombre participante de su ley, de manera que el hombre, por suave disposición de la Providencia divina, puede conocer cada vez mejor la verdad inmutable» (n. 3).

Por ser parte de la ley divina ella tiene también a Dios como su legislador. Con todo no se encuentra escrita concretamente, pues tiene un contenido general y amplio que no permitiría esta formulación. Al contrario, se encuentra impresa en la consciencia de cada individuo, de tal forma que por más rudo que sea un hombre, éste sabe si los actos que practica son buenos o malos (GAMBRA, 1973). La Constitución pastoral Gaudim et Spes reafirmó esta doctrina: «En la intimidad de la consciencia, el hombre descubre una ley. Él no la da a sí mismo. Sino que a ella debe obedecer. Llamándolo siempre a amar y practicar el bien, evitar el mal, en el momento oportuno la voz de esta ley le hace resonar en los oídos del corazón: ‘hace esto, evita aquello’. De hecho, el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón. Obedecer a ella es la propia dignidad del hombre, que será juzgado de acuerdo con esta ley. La consciencia es el núcleo secretísimo y el sagrario del hombre, donde él está a solas con Dios y donde resuena la voz de Dios» (n. 16).

Hay ciertas escuelas filosóficas que no la admiten, tales como el positivismo y el empirismo. Explican que en el hombre existen apenas ciertas inclinaciones más o menos persistentes para actuar en un cierto sentido, sin embargo variables en función de los tiempos y los países. Aceptan como efectiva solamente la ley positiva humana. Entretanto, en la práctica, se percibe patentemente la existencia de la ley natural, porque los hombres aceptan y dejan ciertos principios y normas, a pesar de desviados y obscurecidos en ciertas ocasiones, presidiendo sus vidas independientemente del tiempo y lugar. Por otro lado, algunos que constantemente no respetan la ley positiva de su país, acatan en su conducta personal normas de honestidad y lealtad, que consideran inviolables y válidas para sí mismos (GAMBRA, 1973).

3. La existencia de la ley natural en las antiguas civilizaciones

La historia confirma que los pueblos primitivos ya percibían la existencia de la ley natural y la practicaban. Entre estos pueblos estaban los greco-romanos. Preceptos tales como no matar, no robar, rendir culto a la divinidad, eran reconocidos en su sociedad. Esto se daba porque la ley natural es enteramente racional. La razón apunta su existencia recurriendo a dos argumentos. El primero de ellos se refiere a la existencia del propio Dios: «Quien admite la existencia de Dios Creador, admitirá que haya infundido dentro de las criaturas libres, hechas a su imagen, algunas grandes normas que encaminen al hombre a la consecución de la vida eterna. Esta orientación interior es precisamente lo que se llama ‘la ley natural'» (BETTENCOURT, 2003, p. 18).

Dios no pudo crear nada que no sea para sí mismo. Al designar al hombre a la bienaventuranza eterna, le dio la ley natural para orientar sus actos.

El segundo argumento se basa en una posible negación de esta ley: «La negación de la ley natural lleva a decir que los actos más abyectos pueden venir a ser considerados virtudes, y viceversa. Quien no conoce la ley natural, atribuye al estado civil poder de definir el bien y el mal éticos; a la voluntad del Estado tornarse la fuente de la moralidad y el Derecho; desde principio se sigue la legitimación del totalitarismo y la tiranía, que testimonia el siglo XX» (BETTENCOURT, 2003, p. 18).

La ley natural es la que determina ser buenos o malos los actos humanos.

Una prueba concreta de su existencia, además, es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en 1948, por las Naciones Unidas, que no es sino su reafirmación. En fin, así como en el ámbito físico el hombre sigue ciertas leyes (no comer piedras, no dejar de dormir), también en el plano moral el cuerpo exige de él ciertas normas. El desprecio de estas normas lo lleva a la desintegración psíquica, y quizá física (BETTENCOURT, 2003, p. 18).

Las normas morales son también necesarias por dos razones, como aclara João Konzen:

a) La consciencia moral de la persona no capta de modo intuitivo y directo los valores morales, sino por la mediación de la fórmula normativa que los expresa. Esto es una exigencia de la psicología del conocimiento humano. b) La condición social del ser humano exige la expresión normativa de los valores morales subjetivos, para posibilitar el necesario intercambio, el aprendizaje, la crítica, la formulación de un ethos comunitario, un consenso mediante la reciprocidad de las consciencias (2007, p. 154-155).

4. El Decálogo

Por otro lado, Dios, creador de todo el universo, habiendo escogido a Israel como su pueblo, le reveló su ley, preparándolos así para la venida del Mesías. A los pies de la montaña, cubierta por una espesa nube, al son de una trompeta, Moisés habló con Dios y Él le respondió a través de truenos (Ex 19, 16-25). Por fin Dios «pronunció» el Decálogo. San Agustín comenta que «Él escribió en las tablas de la ley aquello que los hombres no consiguieron leer en sus corazones» (apud Catecismo de la Iglesia Católica, 1962).

Estas leyes estaban declaradas y autenticadas en el interior de la alianza de la salvación. De este modo, el decálogo es una luz para iluminar la consciencia de los hombres, manifestarles los caminos de Dios y protegerlos del mal (2070).

Aunque, encontrándose en la Sagrada Escritura, tal ley es parte integrante y esencial de la revelación. Delinean los deberes imprescindibles y, por eso, los derechos humanos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana.

5. Armonía entre ley natural y Decálogo

De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, el Decálogo contiene una expresión privilegiada de la «ley natural» (2070). Esto quiere decir que la substancia moral existente en ambos es la misma, aunque de una forma más completa, como escribió San Irineo, «Dios enraizara en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Inicialmente Él se contentó en recordarlos. Fue el Decálogo (apud 2070).

Aunque accesibles a la razón, los preceptos de la Ley de Dios fueron revelados, y para llegar a un conocimiento más perfecto y correcto de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora tenía necesidad de esa revelación. Se conoce los Mandamientos divinos por la Revelación, propuesta por intermedio de la Iglesia y por medio de la consciencia moral (2071).

En fin, este trabajo no abarca todo el contenido referente a la ley natural: el es, por demás, extenso para limitarse a tan pequeño espacio. Hay innumerables libros y tratados de moral ricos en comentarios y opiniones de diversos autores que aquí, por brevedad y por el deseo de presentar una síntesis académica sobre el referido asunto, no fueron expuestos. Además, para conocer más profundamente la ley natural, la normativa dada por Dios al ser humano, a fin de obtener la divina beatitud, es esencial un denso análisis de las otras leyes.

Sea por medio del Decálogo o de la ley natural impresa en el alma, todos son convocados al grado eminente de las virtudes, a través del cual, realzando sus valores y los del prójimo, alcanzarán la edad perfecta de Cristo en su plenitud

Por Ítalo Santana Nascimento

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