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La belleza del dolor bajo el ropaje cristiano

Redacción (Sábado, 23-04-2011, Gaudium Press)

Como es bello el dolor, visto en la óptica cristiana.

El orgulloso escenario ofrecido por la antigüedad pagana, -donde se deificaban e inmortalizaban los vicios de los hombres en el mitológico Olimpo- vio surgir, de las entrañas de una Virgen humilde, a aquel Dios que San Pablo en el areópago de Atenas identificara después como el ‘Dios desconocido’, Ese que la propia antigüedad en su frustración y anhelos ya presentía. Este era, entretanto, y también, un Dios con características humanas, completamente humanas, pero al tiempo verdaderamente divinas.

Narran las revelaciones de Ana Catalina Emmerick -según las transcripciones de Brentano, a las que asentimos con fe humana- que conversando poco después del inicio de su vida pública con el esenio Eliud Jesús «declaró que para salvar a los hombres había aparecido Él en toda la flaqueza propia del hombre, sintiendo y probando todo como hombre, y que sería elevado como la serpiente de Moisés en el desierto, sobre el Monte Calvario, donde el cuerpo del primer hombre había sido sepultado. Le declaró lo que debía padecer y cómo serían de ingratos los hombres para con su Redentor». Ayer el mundo católico conmemoró tal elevación de Jesús en la Cruz, sus dolores y su muerte salvadora, prefigurada por la serpiente curativa enarbolada por el profeta liberador de los judíos.

2325_M_fe57dacf2.jpgTristes fueron esos días en la remota y grandiosa Palestina, hace dos milenios. Tristes, incluso para Dios: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos», decía Jesús a Pedro y a los hijos del Zebedeo, que lo acompañaban en el huerto del dolor y la tristeza.

Habiendo querido compartir la debilidad de nuestra condición terrena, sintió Cristo grandísimo temor ante la perspectiva sabida de la pasión sombría, de la muerte desgarrada y trágica. Cristo no fue el ‘valiente’ según ciertas artificiosas versiones de ciertas figuras actuales, no. Cristo pidió -en el temor y en el pavor- que le fuese ahorrado el sumo dolor: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí».

Y sin embargo, el Dios-hombre que en esos supremos instantes teñía su piel de carmesí con su propio sudor de sangre temerosa, hizo gala allí también de la suprema valentía, también enteramente posible a la especie humana, que quedará por siempre expuesta en una cumbre, luminosa, señalando cual faro a los hombres el camino del verdadero coraje y del valor, del arrojo y del heroísmo, y con el favor de Dios, también finalmente el de la victoria: «Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú [Padre]». Él, Dios, no quiso confiar en sus meras fuerzas humanas; Él se entregó confiado a la voluntad divina, a la fuerza inmensamente fuerte y cuan dulce del brazo firme de su Padre Celestial.

Un Padre que no le ahorró al Cordero puro el cruel y sanguinario Viacrucis, que no escatimó a su Hijo amado el paso por la aterradora crucifixión, que ni siquiera evitó que a la Virgen Santísima le fuese traspasado su corazón con la daga del desmedido dolor -Ella, su palacio perfecto, en la que encuentra todas las delicias, todas las dulzuras.

Pero un Padre que sí, desde el inicio, lo consoló, que nunca lo abandonó, porque el Cristo, lejos de confiar solo en sus propias fuerzas, confió solo en las fuerzas de Dios: «Yo vi a un ángel -cuenta la beata Emmerick- bajar hacia Jesús; era mayor, mucho más parecido a un hombre que los que había visto antes. Estaba vestido como un sacerdote, y traía en sus manos un pequeño cáliz semejante al de la Cena; en la boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de un haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel sin bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia Jesús, que se enderezó; le metió en la boca este alimento misterioso, y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso. Después desapareció.» Reconfortado por este alimento celestial, inició Jesús el trasegar hasta la cima del dolor. Pero siempre, invisiblemente, sostenido por la mano de Dios.

La verdadera valentía no está en no sentir temor; la verdadera valentía es luchar, aún sumergido en la aprehensión, pero implorando y confiando solo en el auxilio de Dios.

7943_M_13f5719.jpgEs ciertamente allí donde se encuentra el secreto de la belleza prima que se percibe en la pasión del Salvador. Su dignidad suprema ante las burlas de la ignorancia y la impiedad; su presencia incólume aún bajo los escupitajos de la inmundicia profanante; su serenidad sublime aún en la escucha del llanto tiernísimo y compungido de su Madre Purísima; su imperturbable sosiego cuando ya abría forzoso los brazos en la cruz del sumo dolor: todo eso que es en auge bello, provenía de esa unión íntima, humilde y confiante de Jesús con su Padre Celestial.

Y ahí, en la junción de la fragilidad adolorida con la omnipotencia invisible, de la muerte ignominiosa con la apertura de la eternidad gloriosa, allí, en la cima del Calvario, es que el hombre puede entender cómo, bajo el ropaje cristiano, es bello, es hermoso, es sublime, es augusto aún el más punzante dolor.

Por Saúl Castiblanco

 

 

 

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