lunes, 30 de enero de 2023
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San Gabriel de la Dolorosa – I

Redacción (Martes, 28-02-2012, Gaudium Press) La graciosa ciudad italiana de Spoleto, en Perúgia, se despertó radiante de alegría en una mañana de la Octava de la Asunción de María, el 22 de agosto de 1856. Sus habitantes celebraban con júbilo la fiesta de la Patrona, agradeciendo de modo especial el haber sido liberado de la peste que había devastado la región en los últimos años.
Un bello cuadro de la Madre de Dios, conocido como la ‘Madonna Del Duomo’ -Nuestra Señora de la Catedral- o la ‘Sacra Icona’ -Sagrada Imagen-, había sido retirado de su relicario para ser conducido por las calles, en solemne procesión. Era un ícono de estilo bizantino donado a la ciudad por el emperador Federico Barbarroja, en 1155, como señal de reconciliación y de paz.

2.jpgSegún la tradición, habría sido pintado por San Lucas y se había conservado en la Catedral de Constantinopla hasta la época de las persecuciones iconoclastas. No había, en aquellas animadas calles, quien no cayese de rodillas al ver desfilar con gran pompa la milagrosa imagen de la Reina del Cielo. Todos esperaban recibir de Ella una gracia deseada, un consuelo, una bendición particular.
«¿Qué haces en el mundo? ¡No fuiste hecho para él!»

Entre la multitud de los fieles, aguardando el pasaje del venerado ícono, se destacaba, en aquel día, un joven de porte distinto y jovial. Cuando la Sagrada Imagen de la Santísima Virgen pasó delante de él y su mirada fijó los ojos arrebatadores de la imagen, oyó de modo claro en su interior estas inolvidables palabras: «Francisco, ¿qué haces en el mundo? Tú no fuiste hecho para él. ¡Sigue tu vocación!».

En ese momento, dando libre curso a abundantes lágrimas de agradecimiento y compunción, tomó la firme resolución que hace tiempo venía postergando: ser religioso, decidiendo entrar a la Congregación de los Pasionistas. «¡Oh! ¡En qué abismo no habría ciertamente caído si María, benigna hasta con aquellos que no la invocan, no hubiese acudido misericordiosamente en mi auxilio en aquella Octava de su Asunción!», exclamaría él, algún tiempo después. Tal episodio conmovedor fue el decisivo punto de inflexión en la vida corta, pero gloriosa, de uno de los grandes santos del siglo XIX: San Gabriel de la Dolorosa, conocido como «el santo de los jóvenes, de los milagros y la sonrisa».

Vivaz, gentil y lleno de afecto

Nacido el 1º de marzo de 1838, en Asís, fue él bautizado en el mismo día con el nombre de Francisco, en honor al Poverello. Undécimo hijo de una familia de trece hermanos, su padre, el abogado Sante Possenti, ejercía en la época el cargo de prefecto. La madre, Angese Frisciotti, pertenecía a una familia de noble ascendencia, y murió cuando él tenía apenas cuatro años.

A pesar de poseer un corazón propenso a la generosidad y simpatía, imperaba en el espíritu de aquel tierno niño un temperamento indómito que, cuando contrariado, se exteriorizaba innúmeras veces en ímpetus de cólera, durante los cuales sus ojos oscuros se volvían brillantes y los pies golpeaban el piso con energía.

Teniendo él tres años de edad, la familia Possenti se transfirió a Spoleto, donde transcurrirían su infancia y adolescencia. Allí Francisco se distinguió por su carácter vivaz, lleno de afecto, gentil, palabra fácil y llena de gracia, voz sonora y mirada penetrante. Su director espiritual, el padre Norberto Cassinelli así lo describe: «Reunía en sí muchos dones difícilmente encontrados en una sola persona. Era en verdad bello de alma y de cuerpo».

«¡Yo no vivía sino por un poco de humo!»

Ese temperamento amable y privilegiado no excluía el amor al riesgo, tan común en la adolescencia. El comandante de la guarnición militar de Spoleto, gran amigo de su padre, instruiría al jovencito a manejar con certera puntería la pistola y el fusil. Siendo la caza su hobby favorito, en un año recibió como regalo de Navidad una bella escopeta… que no dejaría de ocasionar sobresaltos y preocupaciones a su progenitor.

A los 13 años comenzó a frecuentar la escuela de los jesuitas, sonde sobresalía a todos los compañeros. Él «era el preferido para declamar en las ‘soirées’ académicas. […] Todos lo querían, todo le sonreía, todo corría de acuerdo con sus deseos… Su mayor gusto era brillar en las fiestas, en las veladas y en el teatro».

5.jpgTambién el baile constituía para él gran motivo de atracción. Danzaba con tal habilidad que se tornó conocido por el apelativo de «il ballerino», y como tal animaba los más cotizados salones de la ciudad.

Esos momentos pasados en frívolas distracciones atormentaron después su consciencia, llevándola a exclamar con frecuencia: «¡Oh, vanidad de mis pasatiempos!… ¡Qué ceguera la mía!… ¡Yo no vivía sino por un poco de humo!…».

Un cilicio bajo las ropas elegantes

Sin embargo, el joven Francisco profesaba en su interior una fe pura y sincera. «Nunca se aproximaba a los Sacramentos sin dejar trasparecer los profundos sentimientos de fe y de religioso respeto de los cuales rebosaba compenetrado», declaró uno de sus más íntimos amigos de la época. «¡Cuántas veces lo vi de manos juntas, ojos humedecidos por las lágrimas y como arrebatado en profundos pensamientos!».

Sobre todo, nadie podía imaginar que aquel joven aplaudido y aprobado por todos llevaba, bajo las ropas elegantes y lujosas, un rudo cilicio de cuero clavado de agudas puntas de hierro. En el vaivén superficial de los acontecimientos, el anhelo de trillar algún día en la vida religiosa comenzaba a despuntar en su alma. Faltaban, todavía, algunos lances decisivos para dar el último adiós al mundo.

(Mañana: Ardua renuncia hecha con alegría – Pasionista para siempre – Amor a la pasión de Cristo)

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