domingo, 14 de julio de 2024
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Mons. Juan Ruiz Fuentes en la fiesta de San Francisco de Sales: "Los cristianos hemos de proclamar, en el contexto que nos toca vivir, a Dios Uno y Trino cercano a sus criaturas"

Madrid (Lunes, 28-01-2013, Gaudium Press) La Comunidad del II Monasterio de la Visitación de Madrid conmemoró con una solemne Eucaristía la Fiesta del Santo obispo y Fundador de la Orden visitandina, San Francisco de Sales. Mons. Juan Ruiz Fuentes, capellán del monasterio, presidió la Santa Misa que fue concelebrada por D. Basilio Grajal Rodríguez , el párroco de Nuestra Señora de las Maravillas, y por los sacerdotes D. José Luis García y D. José Luis Bornós.

Las músicas de la celebración litúrgica estuvieron a cargo del coro de los Heraldos del Evangelio.

Recordó Mons. Ruiz Fuentes que: «La celebración del presente Año de la fe, y el ejemplo que supone para nosotros la vida de los santos nos anima a considerar esta virtud teologal. S. Francisco de Sales, Obispo, puede ayudarnos e impulsarnos a amar esta virtud que es la causa de la esperanza y de la caridad».

Según el Capellán del Monasterio la situación en que nos encontramos tal como la enjuician los documentos del Magisterio Pontificio es «un tiempo que tiene, como uno de sus rasgos, el alejamiento de la fe. Y esto en sociedades que desde hace siglos estaban impregnadas del Evangelio. Para el Papa, el medio para la nueva evangelización no es otro que proponer la fe».

Abandonar la fe termina por destruir la sociedad

Recordó Don Juan que: «El Papa ha señalado recientemente que la dimensión religiosa de la vida humana ha sufrido «una pérdida preocupante del sentido de lo sagrado que ha llegado a poner, en tela de juicio los fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador y la comprensión común de las experiencias fundamentales del hombre como nacer, morir, vivir en una familia, y la referencia a una ley moral natural. Aunque algunos hayan acogido todo ello como una liberación, muy pronto nos hemos dado cuenta del desierto interior que nace donde el hombre, al querer ser el único artífice de su naturaleza y de su destino, se ve privado de lo que constituye el fundamento de todas las cosas». [Motu Proprio Ubicumque et semper, con el cual se instituye el Consejo Pontificio para la promoción de la nueva evangelización (21 de septiembre de 2010)]

De aquí que hoy, muchos hombres y mujeres reducen los ideales humanos a lo inmediato, a lo cotidiano, a disfrutar del momento presente. Con ello retorna el viejo ideal materialista, que en la antigüedad se resumía en esta frase: «comamos y bebamos que mañana moriremos».

Mons. Ruiz analizando la actualidad señaló que: «el ser humano no puede vivir sin proyectarse hacia el futuro y, al prescindir de la esperanza de una vida feliz junto a Dios, retorna a distintas formas de superstición y al obscurecimiento de los valores morales. Si se niega la vida futura y no existe premio o castigo después de la muerte, lo único que cuenta es sacar el máximo partido al momento presente. No debe extrañarnos, pues, que abunden entre nosotros conductas insolidarias, antisociales, inmorales o corruptas, puesto que a la larga lo único que sustenta y justifica el esfuerzo moral es la fe en Dios y la esperanza en la vida futura».

La fe en San Francisco de Sales

Don Juan Ruiz recordó además algunos apectos de la vida del Santo Fundador: «Dios otorgó a San Francisco de Sales una sensibilidad particular hacia la fe. Es el Doctor del amor, pero los es porque vivió de la Fe en Jesucristo.

En su infancia Francisco mostró pronto su carácter propenso a la ira y a la impaciencia. Sin embargo muy fácil le fue a su madre dominar sus rebeldías, propias de un niño, y llevarlo a la obediencia solamente con recordarle oportunamente a Cristo en su pasión. Esto connota una fe viva, llena de amor a Jesucristo, que estaba actuando en su corazón ya en su infancia.

Nació el santo en el siglo del gran desgarro eclesial en occidente. Su espíritu delicado para la fe, le hacía sentir con disgusto la presencia de los herejes protestantes en casa, cuando alguno tenía que ser recibido por su padre para tratar sobre asuntos concernientes a la vida civil. De jovencito su amor a Jesucristo le hizo también sentir el zarpazo de las cuestiones debatidas a consecuencia de aquel desastre doctrinal. Particularmente sintió el vaho de la doctrina fatalista de la predestinación, cuestión que resolvió conformándose con amar a Dios «sin pedirle nada a cambio y confiar en su amor independientemente de que me dé o no me dé» (Benedicto XVI; 2/3/11).

Y así podemos seguir en toda su vida, porque ¿cómo, si no es por fe, pudo dejar un joven inteligente, disciplinado, ordenado, culto, con la carrera en los dos derechos canónico y civil, la nobleza de su cuna y desestimar la dádiva y propuesta de su
padre a una forma de vida acomodada? Ordenado sacerdote siguiendo su vocación, ¿cómo si no es por la fe, obedeciendo al deber, no duda en subir a predicar al púlpito independientemente de si habría o no fieles para oírle?. Es la fe y el celo por la fe que Cristo nos dejó, la que le condujo con riesgo de su vida entre los protestantes con el deseo de convencerles de su error. Llegó a convertir, siendo sacerdote, antes de ser Obispo, más de 70.000 calvinistas. La fe le hizo su apóstol. La fe le hizo predicador. La fe le movió a escribir para defender la verdad. La fe le hizo hombre de acción y de oración; Obispo comprometido, encargado de misiones diplomáticas a nivel europeo, y de tareas sociales de mediación y reconciliación.

Para Mons. Ruiz Fuentes la vida de San Francisco de Sales fue por la fe: «fecundísima para la Iglesia. Tan fecunda fue, que Dios nos lo ha dejado en esta Iglesia que peregrina como Maestro. Por la excelencia de su doctrina la Iglesia le proclama Doctor». Y recordó entonces lo que el Santo Obispo de Ginebra enseñó sobre la FE: «En lo más íntimo del ser del hombre hay un deseo, una razón de fin, que no puede ser saciado totalmente sino por algo que, paradójicamente, excede a la misma naturaleza humana. El hombre no descansa hasta que halla a Dios y en Dios descansa. En sus palabras en el Tratado del Amor de Dios: «El hombre quiere amar, pero no sabe qué debe amar». ¿Quién le enseñará lo que debe amar?. La fe. La fe será la que enseña a amar. La fe enseña al hombre lo que debe amar y cómo lo debe amar. De esta manera la Fe responde al deseo más profundo del hombre.

La necesaria complementariedad entre fe y amor

Por eso la fe será la que conduce a Dios, pero también será un encuentro con Dios: El entendimiento, considerando cuanto la fe le representa, experimenta una extremada complacencia y concibe un ardiente deseo de Dios, bien infinito, y este deseo engendra la esperanza de poder poseerlo un día.

Mientras, la vida trascurre en un martirio del corazón por el amor, y es sostenido en la lucha por las promesas divinas, es decir por la misma fe en sentido inmediato. De aquí se entiende que el corazón, incentivado por la luz sobrenatural de la fe, está permanentemente activo, en un deseo imparable que busca a Dios y no deja de hacer nada que sea para su gloria y para la utilidad del prójimo, particularmente cuanto se refiere a su bien definitivo, a su salvación eterna. Por eso sin la fe, no hay amor. Sin la fe, lo que se llama amor, es otra cosa esencialmente distinta de aquello que nos sirve realmente para la vida eterna. Es lo que ocurre con el amor humano. Por muy limpio y digno que sea como efluvio de la misma dignidad humana; sin la fe, no se trasforma en sobrenatural y, por mucho que prepare a la fe, en sí no sirve para la vida eterna. Para la vida eterna solo cuenta el amor sobrenatural, la entrega por fe.

Ponderó no obstante Mons. Ruiz Fuentes que: «es cierto: La fe sin la caridad no es suficiente. La salvación se le da a la caridad. Pero la caridad no puede existir, no puede ser caridad sin la fe.
 
Si la fe se aletarga o se duerme, enseña el santo, la caridad queda indefensa y sucumbe ante la tentación, pues la razón práctica no puede discernir entonces entre los bienes verdaderos, que son los eternos, y los falsos que hay que rechazar, con lo cual se comete el pecado y queda vencida la caridad.

Atentar contra la fe, no es algo gratuito, afecta esencialmente a la existencia de la misma caridad en el estado en que se encuentra el hombre en el mundo. Ese atentado puede ser por la herejía, que la falsifica, o por la negación teórica o práctica. Atenta contra la fe la ignorancia y la indiferencia religiosa, los afanes de este mundo que pasa con sus riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, la actitud del hombre pecador que huye de la llamada de Dios. Atenta contra la fe, la vida cómoda que se puede llevar en cualquier lugar, lo mismo puede ser en el ámbito familiar, profesional, o incluso conventual, en la falta de compromiso y conversión.

También podemos preguntar a Francisco dónde actúa la fe. La fe no es ajena al afecto. Es más, lo despierta como un anticipo del bien que nos está reservado en el cielo. En este sentido él se refiere en el Tratado al gozo sensible que puede experimentar el alma a causa de la fe, El no lo descalifica. En un primer momento la fe se sitúa como luz en la razón. El entendimiento acepta la existencia de Dios y tiene por cierta su Palabra, sabe que Dios no engaña. Esto es necesario tenerlo en cuenta por que un peligro muy actual que acecha a la fe nace de la sobrevaloración de las emociones, haciendo de «lo que siento» criterio de autenticidad y verdad. Se trata de un fuerte sentimentalismo. De mil maneras se formula en el fondo de nuestros planteamientos el falso binomio de un subrayado desequilibrio entre mente y corazón, que afecta a la compresión de la fe. Nos preguntamos ¿va a juzgarnos Dios por nuestra cabeza y no solamente por nuestro corazón?. Con palabras de Miguel de Unamuno, escritor y filósofo de la generación del 98, «hacer depender la consecución de la felicidad eterna de que se crea o no… de que Jesús fue Dios… o hasta siquiera de que haya Dios, resulta una monstruosidad. Un Dios humano – el único que podemos concebir – no rechazaría nunca al que no pudiese creer con la cabeza».

Esta postura niega realmente que, entre Dios y el hombre, pueda darse una verdadera relación de comunión y de amor. La raíz de esta postura está en subrayar el aspecto fiducial de la fe sin relación al logos, a la razón. Sin embargo para S. Francisco de Sales la fe no es irracional. «Ni el apetito sensible ni el alma según su grado sensitivo son capaces de hacer ninguna súplica o plegaria, actos de la facultad racional, ni mucho menos de hablar con Dios» Abrahán, dice el santo, ante la disponibilidad al sacrificio de su hijo «en su sentir estaba atribuladísimo, pero en su razón determinó sacrificarle valerosamente».

La fe es la gran amiga del espíritu

«Dios propone los misterios de la fe a nuestra alma entre las obscuridades y las tinieblas, de suerte que no vemos las verdades, sino que tan sólo las entrevemos, tal como ocurre cuando la tierra está cubierta de niebla. Y, sin embargo, esta obscura claridad de la fe, una vez ha penetrado en nuestro espíritu, no por la fuerza de los discursos y de los argumentos, sino por la sola suavidad de su presencia, se hace creer y obedecer con tanta autoridad, que la certeza que nos da de la verdad sobrepuja a todas las demás certezas del mundo, y de tal manera sujeta todo nuestro espíritu con todos sus razonamientos, que, comparados con ella, no merecen crédito alguno. La fe es la gran amiga de nuestro espíritu».

Ahora bien, – dice S. Francisco – «si la fe informa a la caridad, también la confesión de la fe, el proclamarla, en casos hasta el martirio, es un acto de la voluntad y del amor de Dios, no tanto del entendimiento».

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San Francisco de Sales

Esto no es una contradicción con lo anterior. Es el tercer momento del acto de fe que implica todas las fuerzas del ser: entendimiento y voluntad. Según la doctrina de la Iglesia Católica, la fe es una superación de la razón. Para creer es preciso salir fuera de la razón, ir más allá de la razón, al ser extrínseco a ella a lo que está por encima de la razón. Que esté fuera de ella no quiere decir que le sea opuesto: al contrario, quiere decir que la completa y la apoya, y precisamente por eso está fuera de ella.

Creer en alguien, o en su caso confiarse en alguien (credere in Deum), dice mucho más que el solo creer que ese alguien existe (credere Deum), y más aún que el tener por cierta la palabra de ese alguien (credere Deo): se obedece a una tracción que
procede de arriba, se lleva a término una tendencia interior que mueve a entregarse a Dios, al cual se confía uno al creer.

Hermanos: Los cristianos hemos de proclamar, en el contexto que nos toca vivir, a Dios Uno y Trino cercano a sus criaturas, especialmente al hombre, al que ha creado a su imagen para establecer con él una relación de amor y de amistad. Esta propuesta evidentemente no es ajena para vosotras queridas Hermanas pues por la cercanía en el Corazón de Cristo estáis muy cerca de la misión universal de la Iglesia, misión que ostenta el Romano Pontífice, el Papa. Con cuanto cariño y con qué convicción habla vuestro santo Fundador del Papa. «El es – escribe Francisco – el Jefe de la Iglesia… Cuando os sobrevengan fantasías contra las verdades de la fe, ciertas sutiles reticencias, imaginaciones y pensamientos de infidelidad, ¿qué haréis? Os desconcertarán y os robarán la paz; romped y destrozad contra esta piedra de la Iglesia tales imaginaciones y decid al entendimiento: Dios no te ha ordenado apacentarte a ti mismo; es a esta piedra y a sus sucesores a quien pertenece ese  cuidado … Bienaventurado el que agarre y estrelle a sus pequeños contra esta roca». Es así, nuestra fe se apoya en la Iglesia, se apoya en Pedro y sus sucesores.

Hermanos todos que nuestra fe nos lleve siempre a considerar en cada instante «con qué ardor desea Dios que seamos suyos, pues con esta intención se ha hecho todo nuestro, dándonos su muerte y su vida: su vida, para que fuésemos exentos de la muerte eterna; y su muerte, para que pudiésemos gozar de la eterna vida. Permanezcamos, pues, en paz, y sirvamos a Dios para ser suyos en esta vida mortal, y aún más en la vida eterna», concluyó Mons. Ruiz Fuentes,quien desde hace varios años trabaja en la Nunciatura Apostólica de Madrid.

Gaudium Press / José Alberto Rugeles

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