miércoles, 30 de noviembre de 2022
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Papa celebra la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro

Ciudad del Vaticano (Viernes, 29-03-2013, Gaudium Press) A las 17:00 horas de Roma, el Santo Padre Francisco, teniendo como Cardenales diáconos a Mons. Giovanni Lajolo y al Cardenal Kurt Koch, celebró la Liturgia de la Pasión del Señor, la Liturgia del Viernes Santo.

En la procesión de entrada, resalta el gesto del Pontífice de prosternarse por tierra delante del altar de la Confesión, lo que ocurrió por unos instantes mientras toda la asistencia a la imponente Basílica permanecía en respetuoso silencio.

Vino después la Liturgia de la Palabra, con las lecturas del Libro de Isaías, el salmo y la Carta a los Hebreos, seguida del canto del Evangelio según San Juan, que narra la Pasión de Jesucristo.

Homilía del P. Cantalamessa

La homilía estuvo a cargo del P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia.

«Hemos llegado a la cumbre del Año de la fe, y a su momento decisivo», señaló el presbítero, fe que según afirmó es la que permite acoger la gracia que ofrece Dios.

«Tenemos la capacidad de asumir, en este día, la decisión, más importante de la vida, aquella que abre las puertas de la eternidad: ¡creer! ¡Creer que ‘Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación’ (Rm 4, 25) En una homilía pascual del siglo IV, un obispo pronunció estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: ‘Para todos los hombres, el principio de la vida es aquello, a partir de lo cual Cristo se sacrificó por él. Pero Cristo es inmolado por él cuando él reconoce la gracia y se vuelve consciente de la vida adquirida por aquella inmolación’ (Homilía pascual del año 387, en SCh 36, p.59 s.)

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Foto: Gustavo Kralj / Gaudium Press

«¡Qué extraordinario! Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la fe y en presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si se quiere, el principio de una nueva existencia. El obispo Hilario de Poitiers, que se convirtió al cristianismo en edad adulta, mirando hacia atrás en su vida pasada, dijo: ‘Antes de conocerte yo no existía’.»

«Lo que se requiere es que no nos escondamos como Adán después de la culpa, que reconozcamos que tenemos necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: ‘Oh Dios, ten piedad de mí, pecador’. Y Jesús dice que aquel hombre fue a su casa ‘justificado’, es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva, creo que cantando alegremente en su corazón (Lc, 18, 14). ¿Qué había hecho de extraordinario? Nada, se había puesto del lado de la verdad delante de Dios, y es lo único que Dios necesita para actuar», continuó el P. Cantalamessa.

El mundo con Cristo ha llegado a su destino final

«En Cristo muerto y resucitado, el mundo ha llegado a su destino final. El progreso de la humanidad avanza hoy a un ritmo vertiginoso (…). Aún así, puede decirse que ya ha llegado el final de los tiempos, porque en Cristo, ascendido a la diestra del Padre, la humanidad ha llegado a su meta final. Ya han comenzado los cielos nuevos y la tierra nueva. A pesar de todas las miserias, las injusticias y la monstruosidad existentes sobre la tierra, en Él se ha abierto ya el orden definitivo del mundo. Lo que vemos con nuestros ojos puede sugerirnos otras cosa, pero el mal y la muerte son realmente derrotados para siempre, sus fuentes se han secado; la realidad es que Jesús es el Señor del mundo. El mal ha sido realmente vencido por la redención que Él trae. El mundo nuevo ya ha comenzado», expresó el fraile capuchino, quien recalcó que Cristo sí, entro en la muerte, pero que ha sido más fuerte que la muerte, pues como dice el Cantar de los Cantares, «el amor es fuerte como la muerte».

Ese amor que tiene su culminancia en Cristo y que llega a nosotros por la fe y la aceptación de la gracia, nos impulsa a la evangelización, como tanto ha recalcado el Santo Padre en sus pronunciamientos: «Anunciamos al mundo la buena nueva de que ‘ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte’ (Rm 8, 1-2)».

Resaltó el Capuchino, «‘¿Quién está a la altura de este encargo?’, se preguntaba aterrorizado el Apóstol frente a la tarea sobrehumana de ser en el mundo ‘el perfume de Cristo’, y he aquí su respuesta que vale también hoy: ‘No porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida (2 Cor 2, 16; 3, 5-6)».

Tras la homilía del P. Cantalamessa siguió la oración universal, y la adoración de la Santa Cruz, la cual ha llegado desde el fondo de la Basílica, portada por un Diácono y 2 acólitos, para ser adorada primero por el Santo Padre, y luego por algunos feligreses.

El altar que estaba desnudo, símbolo del prendimiento de Jesús, ha sido revestido con un mantel para allí colocar el Santísimo Sacramento que fue llevado desde la capilla de la reposición. La comunión es distribuida a todos los que se acercan a recibirla.

Finalizada la comunión, el Papa recita la oración post-comunión. El Pontífice se dirige al altar de la Confesión, se arrodilla delante de la Cruz junto con todos los presentes, recibe la mitra, bendice a los fieles y se dirige a la Sacristía.

Gaudium Press / S. C.

 

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