sábado, 03 de diciembre de 2022
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Las ‘iglesitas doctrineras’ en Colombia – A raíz de un atentado

Redacción (Domingo, 31-03-2013, Gaudium Press) Las iglesitas doctrineras del departamento del Cauca y de Colombia entera, fueron levantadas por manos aborígenes bajo la dirección de abnegados frailes españoles que improvisaban de arquitectos y terminaban elaborando planos y normas de construcción, más inspirada por el Espíritu Santo que por facultades y estudios. Pese a esa precariedad, ahí llevan resistiendo de pie más de tres siglos con su cruz en lo alto y las campanas al vuelo todos los días de fiestas religiosas o incluso cívicas… Así se erigió la de Inzá en el aquel departamento del sur del país, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO y que alguien decidió incendiar el Jueves Santo de este año, sin que hasta la fecha se sepa las razones de este atentado moral y cultural. Un símbolo de la nación colombiana que se reduce a escombros y cenizas en tiempos de tolerancia y comprobados esfuerzos por sana convivencia.

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Iglesita doctrinera

Adobes amasados con tierra colombiana al calor de una fe y una esperanza recién adquiridas, vigas tendidas y amarradas con cuerdas de fique y rejos de cuero, pavimento de tierra pisada que después se recubrió de tabletas de barro cocido, abrazadas este Jueves Santo por un ardor no de amor sino de odio incomprensible.

Se construían bajo la piadosa modalidad del «mandato», una forma de catequesis muy singular que comprometía la devoción de los que ponían uno o dos jornales de su semana de trabajo para ayudar a edificarlas, con lo que terminaban ganando indulgencias y bendiciones. Eran los tiempos en que los misioneros recogían los restos de religión natural, sumidos en el inconsciente aborigen, y los bautizaban con la verdadera fe revelada que nos trajo al mundo de Hijo de Dios al precio de haber sido asesinado por ese motivo. Para los «naturales» de estas tierras -como acostumbraban denominarlos algunos cronistas españoles- el «mandato» no les fue nada extraño ya que desde tiempos inmemoriales aquellos practicaban algo parecido llamado «la minga», trabajo gratuito y colectivo de interés para toda la comunidad. ¡Cuántas mingas! Bendecidas por una piedad sincera se llevaría ese incendio de la iglesita doctrinera de Inzá en nuestro Cauca señorial, cuya Semana Mayor de este año se ve ahora tiznada por este desastre sin nombre! ¡Cuántos Sacramentos recibidos por la comunidad que simbólicamente intentaron calcinar los autores del incendio!

Difícil pensar que a alguien se le ocurra en estos tiempos modernos un acto de reparación por esta injusticia, precisamente en los días en que los católicos rememoran la mayor injusticia que se ha cometido contra un hombre inocente. Claro que sería de desear con toda el alma que se hiciera algo para desagraviar a Dios, o al menos la fe y el derecho que tenemos los colombianos cuya defensa está consagrada en la Constitución Nacional.

La primitiva pero primorosa iglesita aparecía en todos los documentales, álbumes y guías turísticas de Colombia. Era la atracción para nacionales y extranjeros que llegaban hasta allá intentando entender la historia de una nación mestiza como la nuestra, y que todavía hoy cree en la libertad y en la fraternidad.

Por Antonio Borda

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